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| jueves septiembre 12, 2019
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Verdades inconvenientes sobre los israelíes etíopes


El mes pasado, un policía israelí fuera de servicio disparó y mató a Solomon Tekah, de 18 años. El incidente aún se está investigando, pero los primeros informes balísticos parecen corroborar la versión del agente: estaba parando una pelea entre Tekah y otros adolescentes y, luego de que Tekah empezara a lanzarle piedras, se sintió amenazó y efectuó un disparo de advertencia en dirección al suelo. Aun así, numerosos israelíes no se sintieron inclinados a esperar a que el policía presentara su informe final: Tekah era un israelí etíope, y casi inmediatamente miles de manifestantes empezaron a bloquear las principales rutas del país y a gritar que la causa de la muerte había sido el racismo. Algunos de los manifestantes eran israelíes etíopes; muchos otros eran activistas progresistas que sostienen que Israel oprime a sus ciudadanos etíopes igual que a sus vecinos palestinos. No pocos manifestantes llevaban pancartas con eslóganes de importación –Black Lives Matter–, y una miríada de analistas y políticos progresistas se apresuraron a condenar lo que dicen es una insoportable intolerancia sistémica hacia los etíopes.

Los hechos cuentan una historia muy diferente.

Dejando a un lado la trágica muerte de Tekah –tras varias semanas, las investigaciones parecen ser sólidas y transparentes–, los datos disponibles sugieren que la de los israelíes etíopes es, cada vez más, una historia exitosa. Llevados a Israel en dos complicadas misiones militares –las operaciones Moisés (1984) y Salomón (1991)–, los israelíes etíopes, como la mayoría de los protagonistas de movimientos migratorios masivos, afrontaron considerables dificultades a su llegada. En consecuencia, se vieron casi en el último peldaño socioeconómico, por lo que ganan mucho menos que los no etíopes, tienen unos niveles abandono escolar superiores y más dificultades para encajar en instituciones como las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). Además, muchos han denunciado ser objeto de discriminación. De nuevo, se trata de un fenómeno lamentable pero no extraordinario: Israel ha absorbido otras grandes oleadas migratorias, y los integrantes de todas ellas –desde los marroquíes que llegaron a finales de los años 40 y principios de los 50 hasta los rusos que hicieron lo propio en los 90– han debido superar prejuicios y barreras culturales. Esta dinámica fue objeto de uno de los gags más famosos de la comedia israelí, en el que un grupo tras otro de recién llegados (olim) alcanzan la costa para luego darse la vuelta y acusar a los que llegan justo después de ser unos salvajes que acabarán destrozando el país.

Bromas aparte, en lo que respecta a los israelíes etíopes, el Gobierno ha dado pasos concretos para cerrar las considerables brechas que los separan del resto de la población, y de hecho creó un comité para tal fin en 2016. El referido comité elaboró un exhaustivo informe con recomendaciones de todo tipo, como que hubiera una mayor representación etíope en la televisión o que se redoblaran los esfuerzos para aumentar su presencia etíope en los centros de educación superior y se crearan equipos de trabajo especiales para asegurarse de que las fuerzas del orden mostraran una mayor sensibilidad en su relación con esa comunidad.

Esas recomendaciones se tomaron en serio: según la ONG Centro de Empoderamiento de los Ciudadanos, una parte sustancial de las propuestas se incorporaron a las políticas públicas. Un informe del Ministerio de Justicia divulgado este mismo mes ha sido aún más concreto al afirmar que se ha adoptado el 84% de las mismas. Además, a raíz de algunos incidentes registrados en los últimos cinco años –incluida la muerte de Yehuda Biadga, joven con desequilibrios mentales que arremetió con un cuchillo contra un policía–, la Policía dio prioridad la mejora de sus relaciones con la comunidad etíope, y en un solo año –el pasado– llevó a cabo más de 80 talleres sobre el asunto en su academia de formación nacional. Además, su Departamento de Investigación Interna difundió unos datos en 2016 que revelaban que, por denuncias de presunta brutalidad policial contra los etíopes, se presentaron cargos contra los agentes acusados en un 22% de los casos, proporción comparable a las denuncias que atañen a otras comunidades israelíes.

Para hacerse una mejor idea del cambio en lo que respecta a la comunidad etíope, considérese lo siguiente: después de que el Consejo de Educación Superior, que engloba a todas las universidades del país, se comprometiera a destinar 22 millones de dólares a ayudar a los etíopes obtener titulaciones académicas, el número de ellos con título de bachiller se disparó. En 2000 sólo lo obtuvieron 704 etíopes; en 2018, la cifra se cuadriplicó, y el número de etíopes que están realizando sus estudios de máster se ha multiplicado por siete. Esto significa que, aunque los etíopes siguen infrarrepresentados en las universidades, la brecha educativa se ha reducido drásticamente: un grupo que supone el 1,7% de la población en edad universitaria supone ahora el 1,3% de la población universitaria. Naturalmente, con una mejor educación llegan unos empleos mejores: en las dos décadas comprendidas entre 1997 y 2016, el salario medio entre los varones etíopes aumentó nada menos que un 44%, lo que lo sitúa mucho más cerca de la media nacional. Se pueden ver estadísticas similares, indicativas de una mejora sustancial y profundamente asentada, en toda clase de empeños. Y también hay evidencia anecdótica alentadora, como la del primer etíope graduado en la prestigiosa Academia de Vuelo de las FDI. Aún queda mucho trabajo por hacer, pero si uno se fija en la realidad cotidiana observable, en vez de en los titulares más atroces, ha de sentirse muy optimista.

Lamentablemente, muchos israelíes no ponen el menor interés en la realidad observable.

El caso de Tekah es fascinante, en parte, porque expone una creciente división que aún no se ha reflejado plenamente en el discurso político, pero que está cobrando más importancia que las divisiones tradicionales, entre izquierda y derecha y entre laicos y religiosos, que durante mucho tiempo se consideró signaban la sociedad israelí. En un lado están aquellos que consideran que los problemas relacionados con la desigualdad y discriminación se tienen que abordar con políticas públicas eficaces que fijen objetivos alcanzables. En el otro, aquellos que consideran que la desigualdad y la discriminación son pecados, defectos morales insalvables que no se pueden rectificar por medio de la práctica política normal sino sólo mediante actos de contrición. El primer grupo busca soluciones aquí en la Tierra; el segundo dirige su mirada al Cielo.

Esta división tiene implicaciones de largo alcance. Lo más triste es que hace imposible el diálogo. Intente decirles a los que creen que Israel en 2019 es Alabama en 1965 que el Estado ha invertido exitosamente ingentes recursos en la erradicación de la desigualdad; es más: intente argumentar que las acusaciones de racismo intrínseco se complican un poco ante el hecho de que, para empezar, hablamos del Estado que organizó dos campañas militares enormemente complejas para llevar a Israel a los etíopes judíos: lo despacharán con cajas destempladas. Para los verdaderos creyentes, lo importante no es la realidad observable. Los verdaderos creyentes no tienen lugar en sus corazones airados para las estadísticas. El cambio que buscan es cataclísmico, sobrenatural. De ahí su decisión de recurrir a la violencia, atacar vehículos policiales y dejar atrapados a miles de israelíes en interminables atascos de tráfico. Las causas sancionadas por lo divino se las apañan para justificar los medios que emplean.

Una democracia moderna y consciente puede lidiar con la más abrumadora de las dificultades, pero sólo si mantiene el discurso firmemente ligado a la realidad. En cuanto empieza a hablar en términos absolutos, en cuanto sustituye las métricas terrenales como las antes citadas por acusaciones falsas de racismo; en definitiva, cuanto exige que el cambio llegue de repente, como un acto de Dios, y no de forma gradual, como cualquier otro constructor humano, tiene unos problemas graves, gravísimos.

Por ahora, parece que Israel resiste la llamada de los insensatos. Y lo mejor que puede hacer para seguir haciéndolo es persistir en las políticas que mejoran notablemente la vida de los etíopes.

© Versión original (en inglés): Tablet
© Versión en español: Revista El Medio

 
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