Por Israel
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| sábado octubre 12, 2019
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Año nuevo y seguimos igual


Cuando se entra en un nuevo año (da igual si es según el calendario gregoriano, el hebreo, el musulmán o al cumplirse el aniversario de nuestro nacimiento), parece que se inicia un nuevo ciclo, una página en blanco sobre nuestro destino. Pero, si hay algo inescrutable (más que los caminos divinos o mágicos) es el futuro. No es por asustar, pero a cualquiera puede darle un ictus fatal antes de terminar de leer esta columna, mientras que alguien diagnosticado con una enfermedad incurable con fecha de caducidad cercana, se asombrará de volver a la papelería a por una nueva agenda, una y otra vez.

Cuando la ilusión de una nueva cifra es colectiva, se disparan las estadísticas de personas que asumen nuevos proyectos y cambios: el más habitual, apuntarse al gimnasio para finalmente ponerse en forma y mejorar nuestra imagen de cara a la sociedad. El caso de los judíos, sin embargo, es particular, porque apenas comienza el año en Rosh Hashaná nos metemos de lleno en los llamados Días Terribles (por su nombre supondréis acertadamente que no es la mejor época para una campaña de márketing). Aunque oficialmente lo peor del arrepentimiento por los pecados (juzgados en el conjunto del año a diferencia de las confesiones en el catolicismo) se acaba en Yom Kipúr (más que “día del perdón” es el de depurar responsabilidades personales), el año normal y corriente tiene que esperar realmente hasta Simjat Torá (a las tres semanas del Año Nuevo) para resetearse, reiniciando un nuevo ciclo de lecturas del Pentateuco con su íncipit “Bereshit”: “En el principio…”.

Si bien en algunas comunidades (como la mía de origen, argentina) eran éstos tiempos de reunión familiar (siendo niño siempre tocaba ir muy bien vestido a la sinagoga en la que rezaba mi abuelo, y después a la que solía cantar mi padre, que era jazán; después, cena con mantelería y cubertería especial), hoy día, en Israel, decenas de miles de jasídicos peregrinan a la tumba del rabino Najman de Breslav en Umán (Ucrania), y varias centenas de miles más de israelíes laicos aprovechan los días de asueto para hacer turismo internacional. Lo de la familia ha quedado más para Pésaj, en torno a la cena sin levadura.

En estos días, los israelíes (y gran parte de la comunidad sionista internacional) siguen la entrega por fascículos de la política israelí, discutiendo si habrá o no una nueva secuela de la saga “Netanyahu, Primer Ministro” o un spin-off (como se denomina en el mundo audiovisual a una serie que nace a partir de personajes de otra precedente). De momento, lo que queda claro es que quienes pensaban que el cargo de Presidente en Israel era simplemente representativo y ceremonial (y, por tanto, que podría eliminarse y ahorrarle unos “shajim” al contribuyente) se han equivocado, al menos con Rivlin, que, de momento, es el único baluarte de la gobernabilidad es un país tan segmentado de opiniones. Los judíos (e israelíes) puede que cambiemos de numeración, pero seguimos siendo los mismos de siempre: indómitos para los demás, inamovibles con los nuestros.

Shabat shalom y Shaná Tová (feliz 5780)

 
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