Por Israel
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| viernes noviembre 8, 2019
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Baghdadi, un delirio recurrente


Pese  al palabrerío a veces torpe y hasta mediocre de Trump, es cierto que el líder salafista que hizo estallar su cinturón explosivo arrastrando en su huida a sus hijos, murió como un perro rabioso dejando detrás las huellas siniestras de un califato cuya crueldad resucitó los peores días de Tamerlán, el cortador de cabezas. Ignoro si Trump sabe hasta qué punto el perro es una criatura despreciable para los musulmanes, en cuyo caso la ofensa que recibirán los creyentes será aún  mayor: ha muerto uno de sus líderes más carismáticos, y no luchando a capa y espada sino huyendo como un perro con el rabo entre las piernas. No obstante ese pequeño triunfo, digamos que occidental y judeocristiano, la lucha contra el terror continuará, tal vez durante décadas. El  Islam carece, más  que ninguna otra civilización, de ideas que lo proyecten hacia el futuro como un imán de seducción para otros pueblos. Lo escribí más de una vez: mientras el modelo sea Saladino, el arma simbólica la espada, y el ideal de lo femenino una tapia negra, como el cangrejo dará dos pasos adelante y cuatro para atrás.

 

No se conquista con el odio sino con la seducción, no se defiende una causa noble asesinando a mansalva a minorías, mujeres, ancianos y niños.  El modelo sirio de guerra fraterna, tribal, y que contagia en estos momentos a Irak y al Yemen, tal vez pronto al Líbano entero, es un pozo  sin fondo que lleva el nombre de Islam y el subtítulo de agujero negro. Lo curioso es que un fracaso  cultural de esa magnitud, que aún no ha visto sus horas más desesperadas, continúe  fascinando a ciertos grupos de jóvenes-por lo demás incultos y procedentes de los bajos fondos- en Europa, América o Africa. Tampoco, es cierto, el desencanto occidental, la baja calidad de su cultura actual, tiene mucho que ofrecerles a quienes viven o malviven en Amsterdam, Londres o París. Y sin embargo, no se sale del marasmo de la desgracia por la fuerza de las armas y la intolerancia radical. Hay que tener pensamientos creativos, nobles, elevados, como los tuvo en su momento la Reforma, el Renacimiento o la Enciclopedia, de cuyos logros culturales, para bien en casi todos los casos, aún vivimos.

 

Eso supone amor al trabajo, respeto por la anatomía humana y sobre todo una curiosidad tan grande como para mirar la planta más pequeña y la estrella más lejana como maravillas que comparten el universo con nosotros, diversos y distintos en un mismo planeta. El resentimiento constante, la furia asesina, la culpabilización continua del otro tienen las patas cortas y crían miopes morales en lugar de seres clarividentes. No sorprende a nadie que Baghdadi, como los ayatolás iraníes, no fuera otra cosa que un clérigo, un teólogo de la muerte. Muchas pequeñas miserias se ocultan detrás del pensamiento religioso de cualquier latitud. Y no sólo aquella neurosis obsesiva de la que en su momento hablara Freud. Un talibán no es un estudiante cualquiera: es un mero repetidor de heroicidades arcaicas y prejuicios milenarios, y lo mismo un salafista como Baghdadi. ¡A cuántos no habrá ordenado hacerse volar antes de volarse él, triste miserable!  ´´Yo dormía, dice el Cantar de los cantares, pero mi corazón velaba.´´ .Velemos, pues, hoy, mañana y pasado, no bajemos la guardia ni un sólo instante. Las hienas humanas siguen al acecho

 
Comentarios

Delírio, huida hacia adelante, ausencia de escrúpulos, igmominiá y fanatismo por bandera, y carencia absoluta de humanidad, respeto o lucidez «espiritual» …asi se escribe la historia de una ideologia convertida en «religion»de másas, intrigante como ninguna otra, posesiva y dominante, que cuenta por actos de barbarie y aridez desoladora, su páso alli donde vá …

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