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| miércoles febrero 26, 2020
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Conflicto israelo-palestino: la ‘empatía’ como problema


Gestionar el conflicto entre Israel y los palestinos como un juego de suma cero garantiza que no se pueda alcanzar la paz. La única forma de crear un entendimiento mutuo y, con suerte, un camino hacia la coexistencia pacífica es a través de la empatía mutua.

Ese es el tipo de sermón anodino que llevamos décadas escuchando a los promotores de la paz en Oriente Medio. Aunque tiene parte de cliché, también hay algo de verdad ahí. Los pueblos que no reconocen la humanidad que comparten con el otro, así como la legitimidad de su existencia, ni van a poder alcanzar acuerdos ni aprenderán convivir.

Que Jodi Rudoren, la nueva directora del Forwarddemande más empatía hacia los palestinos no sólo es una equivocación; también ilustra lo equivocados que estaban los norteamericanos que se han volcado en dar con una resolución pacífica al conflicto.

Rudoren llegó al Forward tras una larga carrera en el New York Times, donde estuvo en puestos complicados y controvertidos. Rudoren fue la jefa de la oficina del NYT en Israel entre 2012 y 2015. Allí, y como ocurrió con todos sus predecesores y sucesores, se convirtió en foco de atención de la crítica mediática (incluida la mía). Se la consideraba integrada en la tradición del NYT de informar tendenciosamente sobre Israel y se la acusaba de mezclar sus opiniones, que parecían reflejar su afinidad con los partidos de izquierda del Estado judío, con su labor informativa, lo cual no aplica a lo que escribe ahora en su rol de columnista.

En su más reciente artículo sobre lo que considera deficiencias del plan para la paz en Oriente Medio de la Administración Trump, Rudoren resucita uno de los argumentos que invocó a menudo cuando informaba desde Israel y aseguraba que las críticas que recibía desde ambos lados del conflicto atestiguaban su ecuanimidad. Una vez fue reprendida por un funcionario palestino que se quejó de una pieza donde daba cuenta del sufrimiento del padre de un soldado israelí que había muerto defendiendo a su país. A pesar de que el soldado había muerto combatiendo a Egipto en el Canal de Suez, el palestino dijo que la pieza de Rudoren mostraba “falta de empatía hacia los palestinos”.

Rudoren dice que la queja la enfureció, sobre todo porque había recibido numerosas críticas de sus amigos de Israel por lo que muchos consideraban una desproporcionada simpatía hacia los palestinos, que afirmaban ser maltratados por los judíos. Pero los defensores de los palestinos veían la empatía como un juego de suma cero. Consideraban que cualquier preocupación por los derechos o incluso el sufrimiento de los judíos era una distracción del empeño por apoyar las exigencias palestinas y demonizar a Israel.

Rudoren ve el plan para la paz de Trump en ese mismo contexto y por esa razón afirma que su principal deficiencia es la falta de empatía hacia los palestinos. Piensa que es un error que no hubiese ningún palestino en la ceremonia de presentación del plan en la Casa Blanca. Además, considera que del propio plan se desprende una falta de interés por escuchar a los palestinos, por tener en cuenta sus necesidades y puntos de vista.

Según Rudoren, un verdadero plan para la paz empatizaría con ambas partes, y no (como señala despectivamente) un empeño por obligar a los palestinos a volver a la mesa de negociaciones. La Administración Trump dejó claro que lidiaría con la realidad del conflicto, en vez de con las ilusiones de quienes pretenden deshacer la historia del último siglo.

Rudoren no sólo ignora el terco rechazo de los palestinos a tratar con la Administración Trump, o a indagar sobre su plan para debatir sus términos.  Al igual que gran parte de la cobertura del NYT sobre el conflicto, Rudoren no considera digno de mención el largo historial de negativas palestinas a hacer concesiones y a valorar las ofertas de paz, ni que sea tan importante como obligar a los americanos a ser unos mediadores honrados cuya empatía por los palestinos esté fuera de dudas.

Aunque es fácil simpatizar con cualquier petición de que los pueblos se muestren deferentes los unos con los otros, el problema de su fórmula es que los esfuerzos de las anteriores Administraciones norteamericanas para promover la paz pecaban no de ausencia sino en el exceso de empatía para con los palestinos.

Lo que el equipo de Trump descubrió fue que cualquier proceso de paz que se centre en empatizar con los palestinos lanzará inevitablemente el mensaje de que su deseo de eliminar al único Estado judío del planeta es en cierto modo razonable o al menos negociable. Bill Clinton, Barack Obama, los dos George Bush y los diplomáticos encargados de promover la paz estaban demasiado ocupados empatizando con los palestinos y sus rencores, y consintiéndoles que incitaran al odio hacia los judíos e Israel, como para dejarles claro que en primer lugar debían renunciar a su guerra centenaria contra el sionismo.

El llamado de atención de Trump a los palestinos para que asuman que, si de verdad quieren un Estado independiente —y, tras rechazarlo tantas veces si la condición era el reconocimiento de la legitimidad de Israel, al margen de dónde se tracen las fronteras, cabe decir que en realidad no lo desean—, deben negociar puede que no luzca demasiado empático. Pero es el mejor consejo que se puede dar a los palestinos. Quienes, como Rudoren, se han centrado en empatizar con sus sentimientos heridos por la indignidad de tener que asumir la realidad de un Estado judío han perjudicado la causa de la paz al dar alas a la obcecación palestina, que ha perpetuado el conflicto.

En el conflicto entre los israelíes y los palestinos, esa clase de empatías no son agradables ni útiles.

© Versión original (en inglés): JNS
© Versión en español: Revista El Medio

 
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