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| domingo junio 14, 2020
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Pobres palestinos, qué pavoroso proyecto de sociedad tienen sus líderes


Qué sociedad es la que pretende construir el liderazgo palestino, y la Autoridad Palestina (AP) en particular, si en cuanto surge algún problema presupuestario la prioridad es pagar a aquellos que han atentado (o intentado hacerlo) contra israelíes y han sido condenados a prisión en Israel. Qué sociedad se construye anteponiendo la violencia –como ejemplo remunerable– a la educación, la asistencia social.

La AP ha dado preferencia al pago de salarios a los terroristas presos antes que a los maestros y a los beneficiarios de la asistencia social, anticipando una caída en los ingresos como resultado de la crisis del coronavirus.

Algo que forma parte de un patrón. A principios de 2019, y debido a la crisis surgida entre Israel y la AP de Mahmud Abás a consecuencia justamente de los pagos a palestinos presos en cárceles israelíes (por crímenes vinculados al terrorismo; muchos de ellos condenados por delitos de sangre) –el Estado judío descontaría la parte proporcional de impuestos (unos 11 millones de dólares al mes) destinada a tal fin–, y de acuerdo al diario oficial de la propia AP, Al Hayat Al Yadida (22 de febrero de 2019), el Ministerio de Finanzas palestino anuncia que “se pagarán los salarios de los empleados públicos a tiempo, pero es probable que sean parciales; aparte de los estipendios de pensión y los subsidios de las familias de los mártires, los heridos y los presos, que se pagarán en su totalidad”.

El privilegio para los que atentan contra israelíes o judíos no termina ahí. En 2016, el salario de un maestro en la AP era de unos 640 dólares mensuales. En tanto que en 2017 el de un terrorista palestino era de 400 para penas de hasta tres años de cárcel y de hasta 3.438 para penas de treinta años o más.

El mensaje –que se suma a la incitación institucionalizada y sistemática– es claro: la violencia paga, la violencia es un ejemplo y el violento es un modelo de comportamiento, un paradigma moral. No en vano, en noviembre de 2017 el director del Accountability Program de la ONG Defence for Children International – Palestine, de la que no puede sospecharse un sesgo proisraelí precisamente, llegó a decir en una entrevista en la televisión oficial de la AP que los menores palestinos cometen atentados terroristas, y que lo hacen no necesariamente porque quieran atacar a israelíes, sino para aumentar o mantener su estatus en la sociedad palestina.

La recompensa pecuniaria y la glorificación de la violencia (contra israelíes o judíos) y la incitación al odio (contra estos mismos) ya no son un medio, sino un fin: es la sustancia cementante que permite al liderazgo palestino cerrar filas a su alrededor, silenciando el disenso y garantizando la impunidad (o, dicho de otra manera: les permite perpetuarse en el poder y evitar dar cuentas de su gestión política, económica –corrupción mediante– y social).

Este liderazgo, pues, quiere a sus ciudadanos mirando hacia un solo lugar, temerosos de sus dirigentes y bañados en un odio y un resentimiento dirigidos, manipulados; mientras dicha cúpula sigue, intransigente, haciendo lo de siempre: huyendo sin moverse, toda vez que, en definitiva, dicen una y otra vez no a un Estado propio para, en su lugar, instalarse en una situación en la que nadie les exige explicaciones ni responsabilidades. De hecho, acaso el único dirigente que realmente trabajó para construir las instituciones necesarias para fundar un Estado propio haya sido Salam Fayad, que llegó a ser primer ministro de la AP pero que renunció luego de chocar con la directiva de Fatah y el propio Abás.

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“El Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial de las Naciones Unidas expresó un raro criticismo por el discurso de odio de la Autoridad Palestina en los libros de texto escolares y en sus medios de comunicación, y manifestó su preocupación por el uso de lenguaje racista por parte de los funcionarios del Estado”, de acuerdo al Jerusalem Post el 1 de septiembre de 2019.

Ese mismo discurso de odio, esa sistemática e institucional incitación a la violencia que los medios en español invariablemente ocultan.

Según el citado medio, el informe indicaba que dicho discurso “alimenta el odio y puede incitar a la violencia, en particular la incitación al odio contra los israelíes, que a veces también alimenta el antisemitismo”.

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Y en Gaza, claro, aún peor, pobres palestinos…

La vida no vale nada

¿Qué significa –o implica– que una activista palestina por los derechos de la mujer diga en televisión que Palestina es más preciada que sus hijos?

Que la abstracción, el concepto, el ideal, está por sobre la vida de aquellos a los que, supuestamente, incluye. Cuanto menos, contradictorio…

Eso es justamente lo que Abás llevaba a la práctica brutal cuando en 2013 rechazaba un acuerdo de las Naciones Unidas negociado con Israel para permitir que los refugiados palestinos residentes en Siria se asentaran en Cisjordania y Gaza. Abás dijo entonces que Israel había aceptado condicionalmente, siempre y cuando los refugiados renunciaran a los reclamos de un (ilusorio) retorno a Israel; algo que el líder palestino rechazó:

“Rechazamos eso y dijimos que es mejor que mueran en Siria a que renuncien a su derecho de retorno”, declaró Abás a la prensa egipcia, según informó Associated Press.

Para Abás, esos niños, mujeres y hombres valían más como herramienta abominable y perpetua. Y como tal, valían más muertos.

La vida es, así, una moneda ideológica (término generoso para con quienes la usufructúan) que sirve a los líderes palestinos –en Cisjordania o en Gaza– para mantenerse en el poder (inimputables, absolutos). La vida sin distinción de edad ni sexo. Aunque para su propaganda tétrica, cuanto más pequeños sean, mejor. Así lo explicaba Yahia Sinwar, uno de los líderes de la organización terrorista palestina Hamás en Gaza, en mayo de 2018, durante una entrevista televisiva a raíz de las llamadas Marchas del Retorno:

Cuando decidimos embarcarnos en estas marchas, decidimos convertir lo que nos es más querido –los cuerpos de nuestras mujeres y niños– en un muro de contención que impida la deriva muchos árabes hacia la normalización de los lazos con [Israel].

Exigen a sus ciudadanos jugarse (entregar) la vida en la macabra apuesta (con las probabilidades siempre en contra) de, matando al enemigo, conseguir o acercar un poco más una desquiciada utopía. Lo exigen con el tenebroso orgullo de sacrificar la sangre de los suyos en el altar del beneficio propio; porque los líderes son los únicos que ganan en esta suerte de infame apuesta en la que, si no ganan todo (es decir, si no eliminan a Israel, a los israelíes), les conviene perder muchas de esas vidas que ponen en juego.

El obsceno y aberrante entusiasmo por la muerte que exhiben estos líderes es pura postura, porque no son ellos los que ponen la vida en juego; porque el inútil sacrificio arroja a otros a la indignidad más absoluta, al proyecto más vil y, a la vez, más vacío.

Pero quizás lo más abyecto, lo más bajo de todo esto, sea ofrendar los hijos a la truculenta causa (ya perdida, puesto que ha devaluado la vida de los suyos) de matar judíos o israelíes para erradicar su Estado. Vale la pena repetir el concepto: la construcción propia implica necesariamente la destrucción del otro; y la destrucción de aquel precisa la inmolación de muchos de los propios…

La causa (abstracta utopía tan redituable a los líderes), entonces, por sobre los hijos, hermanos, padres; sobre uno mismo. ¿Qué causa es, entonces, aquella que precisa anular el valor de la vida de quienes la defienden?

El padre de Ahed Tamimi señalaba en un documental:

La comunidad de Nabi Saleh pensó desde un principio que la participación de niños en las actividades del movimiento nacional es crucial.

¿Qué causa es aquella que se sirve de sus hijos, de sus menores, como meros instrumentos?

El trágico patetismo de todo esto, apenas disfrazado de patrioterismo victimista, de épica y mito fraudulentos, no puede ocultar el verdadero carácter de su horrorosa vulgaridad –ni siquiera para quien haga el esfuerzo de no verlo–, el odio transparente, las pulsiones supremacistas y el ritual repetido de la muerte suplantando la responsabilidad de construir un Estado, de preparar a la población para ese momento, el de la paz.

Lo que hay no es otra cosa que una promovida y premiada cultura del fracaso que se resigna a la corrupción de sus líderes –obedeciendo sus excusas y evasiones–, una cultura en permanente huida de sí misma y de las responsabilidades que la vida exige. Una cultura que sucumbe al encanto fatuo del mito autocomplaciente que termina por ser trágico y brutal: la sangre derramada, siempre condición necesaria para la consecución de la utopía que narra el propio mito.

Atrapados 

Atrapados están los palestinos, en la dinámica de sus obscenos e impunes líderes que juegan con sus destinos y con la financiación internacional. Atrapados en la maquinaria del dominio absoluto que ejercen sus líderes. Atrapados con redes de rencor y odio. Porque nada hay más manipulable que la rabia y el sentimiento colectivo de ofensa. Nada más fácil que masajear y satisfacer la mediocridad criada en base a la responsabilización del otro (en parte, una renuncia a construir su realidad alrededor de sí mismos, desde sí mismos, centrífugamente, si se quiere). Es decir, la reducción del ser a la condición de instrumento.

Atrapados en la aberrante carga de mentiroso honor, orgullo e identidad fundada en un valor que es, en realidad, un desprecio por la vida: la ajena, claro está; pero acaso más conspicuamente la propia.

Ser propalestino no debería tener como condición (casi esencial, cómplice) permitir que esos líderes utilicen a los palestinos como si fuesen soldaditos de plomo –con la diferencia de que éstos no mueren ni padecen las decisiones de quien con ellos juega–. Pero, al parecer, para algunos sólo se trata de una etiqueta –la de ‘propalestino’– que les sirve para ser exclusivamente antiisraelíes: un poco como los líderes palestinos, también anteponen lo destructivo a lo constructivo; el rencor al entendimiento.

 
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