Por Israel
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| miércoles mayo 27, 2020
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Enterrados en una arena invisible


Recordé, en estos días de confinamiento, la aventura vivida por dos de los principales personajes del Zohar  o Libro del esplendor atribuido a Moisés de León en el siglo XIII. Shimón Bar Yohai y su hijo se ocultan en una cueva durante un tiempo indeterminado hasta que el poder romano que oprime su tierra se diluya o desaparezca. Cuenta el libro que se enterraban en la arena para no gastar sus ropas y pasaban horas y horas estudiando a la luz de pequeños candiles que le acercaban las gentes de Pekiin, en la Galilea.  En ese autoconfinamiento secreto, la fe en su trabajo interior los sostenía, los versículos de la Torá nutrían doblemente su ánimo y su cuerpo. Aunque parece un poco exagerado el lapso de tiempo de reclusión que el libro santo cifra en doce años,  es casi seguro  que al padre y al hijo los días se les confundían con las noches y que sólo se tenían a sí mismos para socializar.

 

 

Entretanto, y según evoca Klausner en su libro sobre Jesús y su época, fuera crecían las enfermedades, el hambre, el desconsuelo. Los impuestos aumentaban y las cosechas eran robadas por el invasor para ser enviadas a Roma, la gran loba depredadora, el correaje de cuyos  soldados se resecaba bajo el sol de Judea Capta. Ignoramos cuánta gente estaba al tanto del sitio, la cueva en la que el maestro y su compañero se ocultaban. Real o imaginario, el caso es que sus detalles llegaron hasta la España del siglo XIII y volvieron a contarse en un arameo talmúdico.  Anécdotas parecidas volverán a repetirse muchas veces, ya que en tiempo de persecución o de plaga  una minoría del pueblo judío, que de por sí es minoría, se refugia en el estudio de sus propias fuentes y saca del pozo de los ancestros enseñanzas que siempre estuvieron ahí pero no podían verse hasta que las circunstancias históricas lo hicieran posible. No es casual que el verbo hebreo para descubrir, legalot, tenga la misma raíz que meguilot, los rollos de la Ley. La realidad es propensa a enrrollarse, a conservarse a sí misma tanto en la doble hélice espiralada del código genético como en las capas atómicas superpuestas unas a otras en las que danzan las partículas . Tanto que se diría que todo desarrollo es un desenrollar de aquello que previamente estaba oculto.

 

 

Al cabo de doce años, algo ocurre, la opresión se relaja, el gobernador ya no es el mismo y los romanos se han olvidado del maestro y de  su hijo, de modo que estos salen al aire libre y respiran la atmósfera de la Galilea con una felicidad creciente, hasta que Eliezer, el hijo, viendo a un campesino labrar la tierra, insinúa que no compartirá los secretos hallados con gente así, simple e ignorante. A lo que su padre replica que no les han sido dado, tales revelaciones, para vituperar a la gente sencilla de Israel sino para bendecir a todo el mundo con la gracia de la sabiduría.  Entonces, brotando de la nada un ángel aparece tras escuchar el diálogo y los envía un año más a la cueva, para deshacer el falso orgullo intelectual del hijo y para sorpresa del padre. La historia es tierna, didáctica, casi esquemática. Nos enseña que según la filosofía del Talmud ningún oficio, menos aún el de campesino, es despreciable. Si acaso existe una aristocracia judía es la del saber, no la de la posición económica, el linaje o la profesión.  Quien no aprende, dicen nuestras enseñanzas, se somete a la muerte. Aquel que extrae una verdad del conocimiento, por el contrario incrementa la vida.

 

 
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