Por Israel
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| martes noviembre 17, 2020
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JAIEI SARA 5781


B’H

Sara fallece a la edad de 127 años y es enterrada en la Cueva de Majpelá en Jevrón, la cual Avraham adquiere de Efrón el Jití por 400 shekels de plata.

El sirviente de Avraham, Eliezer, es enviado, cargado de regalos, a Jarán, para buscar una esposa para Itzjak. En el pozo de agua del pueblo, Eliezer pide una señal a Di-s: cuando las doncellas vienen al pozo, él pedirá agua para beber; la mujer que ofrezca darle de beber a sus camellos también, será la mujer destinada para el hijo de su maestro.

Rivka, la hija del sobrino de Avraham, Betuel, aparece en el pozo y pasa «la prueba». Eliezer es invitado a su casa, donde repite la historia de los eventos del día. Rivka retorna con Eliezer a la tierra de Canaan, donde encuentran a Itzjak rezando en el campo. Itzjak se casa con Rivka, la ama, y es confortado por la pérdida de su madre.

Avraham toma una nueva esposa, Keturá (Hagar) y tiene seis hijos más, pero Itzjak es designado como su único heredero. Avraham muere a los 175 años y es enterrado al lado de Sara, por sus dos hijos mayores, Ishmael e Itzjak.

 

¿HABLAR POCO Y HACER MUCHO O HABLAR MUCHO Y HACER POCO?

 

 Y él dijo: Señores míos, si tan sólo he hallado gracia ante sus ojos, por favor no pasen de junto a su siervo.
4 Por favor, que tomen un poco de agua, báñese los pies y recuéstese debajo del árbol.
5 Y tomaré un bocado de pan y sostendré vuestros corazones; después [de los pabellones] pasarás, porque has pasado junto a tu siervo » (Génesis 18:3-5)

11 No, señor mío, escúchame. Te he dado el campo, y la cueva que está en él, te la he dado. A la vista de los hijos de mi pueblo, te la he dado; entierra a tus muertos «.
12 Y Abraham se postró ante el pueblo de la tierra.
13 Y habló a Efrón a oídos de la gente de la tierra, diciendo: Pero, si tan sólo me escucharas. Estoy dando el dinero para el campo; quítamelo, y enterraré mi dinero. muerto allí «.
14 Y Efrón respondió a Abraham, diciéndole:
15 «Señor mío, escúchame; una [parcela de] tierra que vale cuatrocientos siclos de plata, ¿qué hay entre tú y yo? Entierra a tu muerto» (Génesis 23:11-15).

Cuando Abraham recibió a los tres ángeles les ofreció una hogaza de pan y un poco de agua, pero les sirvió un banquete.

Cuando Abraham quiso sepultar a Sara en Mearat HaMajpelá, se dirigió al propietario del lugar, Efrón el Jití y pidió que se lo vendiera. Con palabras altisonantes Efrón proclamó a los cuatro vientos que estaba dispuesto a darle gratis a Abraham la cueva y el terreno adyacente. Abraham insistió en pagar y entonces Efrón dijo “¿Qué es un terreno de 400 shekel de plata entre tú y yo?”, insinuando en forma indirecta el precio que estaba dispuesto a aceptar por la propiedad.

Cuántos Efrón encontramos a lo largo de nuestras vidas. Individuos que hablan mucho y hacen poco (en el mejor de los casos), o directamente no hacen nada. Prometen colaborar con cuanta buena causa se les cruce, prometen ayudar, prometen, prometen, prometen… y se quedan en promesas.

Es preferible hablar poco y hacer mucho, y no ser como Efrón, que hablaba mucho y hacía poco.

 

La belleza constante de la inocencia

Todos pasamos por una etapa de inocencia. Miramos al mundo con generosidad y sencillez.

Por Tali Loewenthal

 

Una mujer noble fallece al comienzo de la parashá de esta semana (Génesis 23:1-25:18): se trata de Sará, la esposa de Abraham, ancestro del pueblo judío. Cuando murió tenía 127 años, que no es mucho si consideramos que tuvo a su primer y único hijo, Itzjak, a los 90.

La Torá nos dice su edad de una manera muy específica: su vida duró “cien años, veinte años y siete años”. Los sabios1 comentan que esto significa que, en términos de belleza e inocencia de cualquier tipo de pecado, cuando tenía cien años parecía de veinte y cuando tenía veinte parecía de siete.

Esta enseñanza sobre Sará nos dice algo sobre la belleza, la inocencia y la constancia.

Todos pasamos por una etapa de inocencia. Miramos al mundo con generosidad y sencillez. La pureza innata aún no ha sido enmascarada por el ego. Por desgracia, para la mayoría de las personas esta etapa en algún momento se termina. Comenzamos a preocuparnos demasiado por nosotros mismos, por nuestros deseos egoístas. El ego anuncia a los gritos su entrada: yo quiero, yo deseo, yo tengo… ¡y no voy a compartir nada contigo!

En el caso de Sará, esta edad de la inocencia nunca acabó. Duró toda su vida. Además, los sabios la relacionan con la belleza física. La pureza interior de Sará irradiaba cada aspecto de su ser.

Esto puede suceder como consecuencia de estar lejos del mundo, de estar apartado. Pero no fue el caso de Sará: ella estaba en el mundo, de una manera sagrada pero a la vez saludable e íntegra. No sólo su alma, su vida espiritual, expresaba su dedicación a Di-s, sino también su vida física.

Pero, ¿el cuerpo de Sará no envejecía? El Rebe de Lubavitch señala que, de hecho, la semana pasada la Torá contaba que había envejecido, tanto que no podía tener hijos. Entonces, por milagro, dio a luz a Itzjak. Esto indica con claridad que más allá de este milagro extraordinario, Sará cambió con la edad, como cualquier persona.

El Rebe explica que los altibajos y los cambios que vienen con el paso del tiempo pueden revelar la constancia interna de la persona. No es a pesar de estos cambios físicos, sino a través de ellos, que la espiritualidad interna sale a relucir, atemporal y eterna, y se expresa en el ser físico.2

En este sentido, todos tenemos la oportunidad de ser como Sará. A través de las enseñanzas de la Torá podemos recuperar y conservar la inocencia en todos los ámbitos de nuestras vidas, y así cambiar los aspectos de nuestro ego que nos separan de nosotros mismos, de quienes somos en verdad.

De este modo, alcanzamos un estado en el que nuestra interioridad pura y sagrada se expresa en nuestra vida exterior y física. Seamos hombres o mujeres, parece que cambiamos con la edad, pero el hecho es que a medida que pasan los años sólo expresamos con más profundidad la integridad y la belleza que llevamos dentro. (www.es.chabad.org)

 

 

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