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| lunes agosto 3, 2020
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Atenas y Jerusalén. Sobre la necesidad del valor


El pasado jueves estaba Atenas paralizada por los manifestantes que protestaban por el programa de austeridad del gobierno, necesario para que la nación griega siga siendo solvente. Los manifestantes cantaban «Ningún sacrificio» y «Un mayor sueldo». Ese mismo día, cerca a Jerusalén, la Autoridad Palestina homenajeaba a Dalal Mughrabi en el día que habría cumplido 50 años de edad. Hay una plaza en Ramala que lleva su nombre. En 1998, ella y 11 terroristas más secuestraron un autobús en Israel y mataron a 37 israelíes y a un americano.Los retos que estos eventos plantean son representativos de aquellos a los que todas las naciones civilizadas se enfrentan. No son tan complicados. Para abordarlos no hace falta una extraordinaria delicadeza de pensamiento o la exquisita elevación del alma. Basta con el sentido común y el valor.

¿Tenemos que contener nuestro derroche hoy para que podamos ser prósperos mañana? El sentido común dice que sí. ¿Qué hace falta para lograrlo? Básicamente, valor político y cívico.

Bueno, cómo conseguirlo… por ejemplo: cómo recortar presupuestos y vivir de lo que tenemos, cómo controlar la tendencia natural de crecer que tiene el Estado del bienestar, cómo hacer para que poblaciones orientadas a vivir el presente inviertan para el futuro, cómo pasar de una política pública que reparte derechos a una que establezca un marco de éxito y autosuficiencia. Es un desafío complejo de acción estatal y estrategia política. Pero el desafío en sí es simple. No será fácil pero es simple.

De manera similar, es obvia la necesidad de condenar en lugar de tolerar (y hasta glorificar) el terrorismo y la necesidad de derrotarlo en lugar de apaciguarlo. Hacerlo de forma decidida y resuelta exige valor. Cuál es la mejor manera de debilitar y derrotar a las fuerzas del terrorismo yihadista, cómo lidiar con las naciones y culturas que son su caldo de cultivo, cómo combinar en nuestra política el poder duro, el suave, el inteligente y el tonto – eso es complicado. Pero el desafío básico es simple. No será fácil pero es simple.

Hace falta que nos resistamos a la indulgencia dentro del país y al apaciguamiento en el exterior. No será necesario que esa labor nos suma en vacilaciones sin fin y conspicuas cavilaciones. Pero sí requiere, por usar una frase pasada de moda, virtud moral. En particular, requiere valor.

Hace falta valor para que una sociedad le diga no a las tentaciones de la política del Estado del bienestar. Hace falta valor para alejarse del pesebre público y negarnos a pensar en nosotros mismos como víctimas y beneficiarios de derechos. Hace falta valor para convertirnos, otra vez, en ciudadanos autónomos. Y hace falta valor para animarnos – y anticiparnos – en la lucha contra las fuerzas del terrorismo y las naciones que les dan refugio y financiación.

La Biblia y los filósofos griegos discrepan sobre muchas cosas importantes, pero parecen estar de acuerdo en el papel crucial del valor en la vida de las personas y las naciones. El valor es la primera de las virtudes morales para Aristóteles – quizás porque es importante en sí misma y porque, de forma particular, hace que las otras virtudes sean posibles. Cuando el Señor habla con Josué después de la muerte de Moisés, Él le dice tres veces que «sea fuerte y valeroso» al asumir el liderazgo de la nación de Israel.

En junio de 1978, Alexander Solzhenitsin, digno heredero de las tradiciones de Atenas y Jerusalén, dio un discurso en la Universidad de Harvard. Entre otras cosas, dijo:

Puede que la carácterística más llamativa de Occidente que un observador extranjero nota en estos días es el declive del valor. El mundo occidental ha perdido su valor civil, en conjunto y por separado, en cada país, en cada gobierno, en cada partido político y por supuesto en las Naciones Unidas. Ese declive se nota muy especialmente entre los grupos del poder y en la élite intelectual, causando una impresión de pérdida de valor de toda la sociedad.Por supuesto que hay mucha gente valiente pero sin influencia decisiva alguna en el ámbito público. Los burócratas políticos e intelectuales exhiben depresión, pasividad y perplejidad en sus actos y en sus declaraciones e incluso más, si se quiere, en reflexiones teóricas para explicar lo realista, razonable e intelectual – y hasta moralmente justificado – que resulta fundamentar políticas de Estado en la debilidad y la cobardía.Y el declive del valor se ve irónicamente acentuado por las ocasionales explosiones de rabia e inflexibilidad de esos mismos burócratas al tratar con gobiernos débiles y países débiles, a los que nadie apoya, o con corrientes que no pueden ofrecer ninguna resistencia. Pero se les traba la lengua y se quedan mudos cuando tienen que lidiar con gobiernos poderosos y con fuerzas amenazadoras, con agresores y con terroristas internacionales.

¿Deberíamos quizá precisar que desde tiempos inmemoriales el declive del valor se ha considerado como el principio del fin? A finales de los años 80, parecía que Solzhenitsin había sido demasiado pesimista. En una impresionante demostración de valor moral y fortaleza cívica, las sociedades occidentales se enfrentaron en esa década a las amenazas de la decadencia doméstica y de la debilidad en el exterior. Líderes como Reagan y Thatcher, Juan Pablo II y Lech Walesa descubrieron reservas de virtud moral en su gente y la animaron a sumarse a la acción.

Las amenazas de 2010 son tan grandes como las de 1980. Claro que son intelectualmente diferentes – y quizá aún más complicadas. Pero, al igual que con las amenazas de la Guerra Fría, éstas no pueden superarse si carecemos de la sencilla, y a menudo prosaica, virtud del valor. ¿Podremos, en nuestra brillante y sofisticada era, apelar nuevamente a esta virtud tan pasada de moda?

©2010 Traducido por Miryam Lindberg

Reenvia: www.porisrael.org

 
Comentarios

¡Totalmente de acuerdo! Vivimos en una sociedad bastante adormecida, incluso los del 15-M lo están; no falta energía y valor. No se trata de autoritarismos, sino de convicción en superar las situaciones negativs y ¡todos a una! Sin mirar los intereses particulares, sino el tan olvidado bien común.

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