Por Israel
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| domingo enero 29, 2023

El tropiezo del cienpies


Mario Satz  

fatahUn chiste popular dice que un ciempiés tropezó, tropezó, tropezó, tropezó y tropezó. Teniendo tantos pies es natural que así sea, y varias veces además. Pero lo grave no es el desequilibrio y la eventual contusión tras el tropiezo sino la repetición infinita del desliz, la recurrencia del error, los malos pasos, las rutas sin salida, las ideas fijas y sombrías. Aunque estamos hablando del ciempiés en realidad nos referimos a Hamás, que atrapado entre la desarticulación siria y la aprehensión de Hezboláh, probablemente dejado de la mano de la suerte por Irán, intenta que sus babas de odio no sean tan evidentes y hasta acepta volver a hablar del soldado Shalit. Muerto Bin Laden y situados en el punto de mira los que lo rodearon o simpatizaron con él, desinflado un poco el integrismo islámico aquí y allá, ese ciempiés verde que es Hamás busca sus posibles asideros y cree que su acercamiento a Fatah y la Autoridad Palestina le proveerá de un paraguas temporal hasta tanto acabe de extender sus redes.

Nuestra criatura, este extraño animalito,  pertenece al phylum de los artrópodos y a la clase de los mirápodos. Son de un color apagado, mohoso, y sus tamaños varían de algo más de veinte centímetros hasta algunos casi imposibles de ver. El ciempiés es carnívoro, depredador, caza y mata cualquier animal que se arrastra-insectos, lombrices, moluscos-, y hasta se atreve con insectos alados cuando éstos se posan en el suelo, atrapándolos con sus garras venenosas. Los ciempiés son bestezuelas salvajes, siempre en pie de guerra. Si dos de ellos se encuentran cuando han salido en busca de comida, lo más probable es que se abalancen uno sobre el otro y comiencen a luchar ferozmente. Si un ciempiés acierta a a ver un huevo en el suelo, lo devora sin más. Así, y para evitar semejante desgracia a sus hijos la hembra los esconde apenas puestos. Les encanta hacer agujeros en el suelo, ocultarse bajo las piedras, detrás de las hojas semipodridas. Adoran la humedad y en épocas de escasez y sequía les gusta  enterrarse en el suelo. Aman la oscuridad y huyen de la luz. El ciempiés es agresivo y temerario. En una pelea seguro que sacará la mejor parte, ya que al morder a su rival lo paraliza con su veneno.

Decididos a estudiar esta especie, unos alumnos encontraron un ciempiés y al tratar de atraparlo lo partieron por la mitad. Su sorpresa fue enorme cuando vieron que cada mitad seguía su camino, cosa que les asustó tanto que decidieron cambiar el tema de su investigación. Lo cierto es que si ellos son unos bravos depredadores, tienen pocos enemigos por el veneno que cargan en sus glándulas delanteras. Claro que cualquier parecido con la realidad humana es mera casualidad, ya que a pesar de la metamorfosis de Kafka los hombres no son insectos. Algunos, es cierto, son más peligrosos y salvajes que otros. En cuanto a los tropiezos de nuestro ciempiés, se refieren a la torpeza de una neurosis obsesiva cuyo mayor pecado es abrir los ojos en los túneles y cerrarlos a la luz del horizonte. Esa es su naturaleza, la naturaleza de los ciempiés. Y aunque uno intente combatirlos con agujas de tuna, o busque convivir pacíficamente con ellos dejándoles la humedad y la sombra que necesitan, difícilmente se convertirán en vegetarianos o en cantores alados sobre las ramas de su serenidad.  Lo que hay que desear es que no pasen de ciempiés a milpiés, en cuyo caso aumentarían tanto sus tropiezos que oiríamos sus caídas por lejos que estuviésemos de ellos. Tal vez algún día, dentro de muchos años, se sientan menos vulnerables y cambien sus ancestrales costumbres. Entretanto, vigilemos nuestros jardines.

 
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