Por Israel
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| sábado septiembre 25, 2021

Con Irán, todas las opciones son malas y hay que escoger una


Jordi Perez Colome

obamaworld.es

La hora de la verdad en Irán se acerca. El miércoles la Agencia Internacional de Energía Atómica publicará su informe trimestral sobre Irán. Es un documento confidencial, pero se filtra en seguida. Esta vez trae datos nuevos y se ha filtrado antes.

Todas las informaciones que han salido dicen que no hay pruebas definitivas de que Irán tenga una bomba nuclear, pero sí de que “tiene suficiente información para diseñar y producir un dispositivo nuclear capaz de explotar”, según un experto en armas nucleares. Durante más de quince años, Irán ha dicho que su programa nuclear era solo para crear energía eléctrica. Las limitadas inspecciones internacionales nunca han encontrado pruebas definitivas de que Irán mintiera. Esta vez parece que se han acercado más. Pero Irán ya ha advertido que todo son inventos.

El informe, según parece, aportará pistas nuevas sobre tres ámbitos: un científico ruso y material pakistaní y norcoreano han participado en el programa iraní; Irán estaría a punto de conseguir una cabeza nuclear lo bastante pequeña como para ponerla en un misil, y en la base militar de Parchin (en la foto) habrían construido una cámara de acero para probar el dispositivo.

La mayoría de estas pruebas provienen de fotografías de satélites, archivos de ventas de equipamiento y entrevistas con desertores y expertos extranjeros que habrían sido consultados por Irán. Ninguna prueba es concluyente. Estados Unidos, que sabe que desde Irak tiene la credibilidad manchada, deja que el peso de la acusación lo lleva una agencia internacional. Pero el gobierno americano pedirá desde el miércoles más sanciones de Naciones Unidas contra Irán. China y Rusia ya han dicho que no creen que sirvan para nada.

Así está la situación: hay más pistas -ninguna definitiva- de que Irán aspira a tener la capacidad de preparar un arma nuclear, aunque no la tenga en su arsenal. Irán puede ser sincero y querer solo mejorar su armamento convencional; puede que no.

Irán quiere la bomba sobre todo para asegurar, primero, la supervivencia del régimen y evitar los finales de Sadam o Gadafi, y segundo, para convertirse en el líder de la región y mantener su posición histórica.

No es lo mismo pensar en una bomba nuclear en manos iraníes desde Washington, Londres o Pekín que desde Tel Aviv, que está más cerca y ha recibido amenazas serias desde Teherán. Las dictaduras son más imprevisibles en la toma de decisiones y el régimen iraní tiene conexiones con grupos terroristas que rodean Israel.

Por si fuera poco, la solidez interna del gobierno iraní es relativa: se especula con que algún sector descontrolado de sus servicios secretos planeaba matar al embajador saudí en Washington. Ese mismo sector podría hacer llegar material nuclear a Hezbolá o a Jihad Islámica.

Es lógico que Israel sea el país que con más detenimiento debe valorar qué hacer con Irán. Es la decisión de una generación. Las opciones se reducen a dos: atacar las hipotéticas bases militares donde se prepara una bomba nuclear o intentar por otros medios que Irán no pueda llegar a tenerla.

Qué pasa si Israel ataca

Si hay un ataque, Irán no se detendría a pensar quién ha sido: Israel y Estados Unidos son responsables. Israel ya logró destruir con éxito las centrales donde Irak (en 1981) y Siria (2007) aspiraban a tener armamento nuclear. Todo quedó como si no hubiera pasado nada. Esta vez no será igual. Irán tiene más bases, algunas están bajo tierra y no estaría claro qué se destruiría en un ataque, que además es más complicado: desde Tel Aviv a Teherán hay 1.590 kilómetros. Sería casi como bombardear Berlín desde Madrid.

Estados Unidos podría hacerlo mejor desde sus bases y barcos en el Golfo, pero Israel tiene más prisa: el secretario de Defensa, Leon Panetta, no pudo hacer prometer a los israelíes de que no atacarían a Irán sin coordinarlo con Estados Unidos.

Según un influyente articulista israelí, Nahum Barnea, los jefes del ejército y servicios secretos (Mosad y Shin Bet) desaconsejarían un ataque a Irán. El primer ministro, en cambio, creería según Barnea que “Ahmadinejad es Hitler y que si no se le para a tiempo, habrá otro Holocausto”. No son palabras vacías. En una base aérea en Israel, hay fotos de cazas israelíes sobre Auschwitz. El sentido es claro: si Israel hubiera existido, los campos de concentración no habrían existido.

Un ataque israelí tendría dos consecuencias probables: primero, no podría destruir todo el programa nuclear iraní y por tanto no acabaría con la presunta idea de Irán de conseguir la bomba; al contrario, la aceleraría. Segundo, empezarían ataques contra Israel desde Líbano y Gaza y Irán bloquearía el tráfico marítimo el Golfo Pérsico. Por el estrecho de Ormuz pasa entre el 40 y el 50 por ciento del petróleo mundial. La economía caería en picado.

Qué pasa si Israel no ataca?

Israel ha dejado ver estos días que entrena misiones para atacar lejos: probaron misiles de largo alcance, sus cazas entrenaron en Cerdeña la semana pasada, como se ve en el vídeo,

y practicaron cómo reaccionar ante ataques químicos (en la foto; más imágenes aquí):

Tanta casualidad en pocos días es demasiada publicidad para un ataque real. Si la misión fuera inminente, los preparativos serían más secretos. Es más probable que sea un modo de hacer sentir la amenaza al mundo para que aumente las sanciones contra Irán cuando se publique el informe. Pero la opción militar está ahí. Hay alternativas. En Irán atacaron hace unos meses a dos científicos nucleares cuando iban al trabajo -uno murió. Les pusieron en la puerta del coche una bomba lapa desde una moto, que estalló al cabo de unos segundos. Todo indica que fue el Mossad, el servicio secreto israelí.

Un virus informático, Stuxnet, logró frenar el progreso nuclear iraní uno o dos años. Nadie ha confirmado nada, pero el origen del virus pudo ser una colaboración israelí y americana. Ahora se prepararía Stuxnet 2.0. “Hubo muchos errores la primera vez. Era un producto de primera generación”, según un funcionario americano.

También están las sanciones. Está por ver si la enésima amenaza tiene ese efecto. Ninguna de estas medidas logrará poner el punto y final definitivo al programa iraní. Aunque puede conseguir hacerlo tan complicado que al final lo retrasen tanto que sea inviable.

El mejor modo de acabar con esa intención iraní -y tampoco sería seguro- sería un cambio de régimen. Aunque las disensiones internas entre el ayatolá Jamenei y el presidente Ahmadinejad sean innegables, un cambio de régimen parece una hipótesis remota.

¿Cuál es la solución menos mala?

Como en todas las grandes decisiones en política exterior, no hay solución fácil. Israel teme con razón por su futuro: no solo físico, la amenaza iraní puede hacer que miles de israelíes preparados prefieran la calma de San Francisco, París o Buenos Aires al temor continuo en Tel Aviv. Pero una guerra contra Irán podría causar daños irreparables en la región y provocar la misma huida de israelíes de su país.

Si en cambio Irán logra la bomba, Israel ya no podría amenazar y atacar con la libertad que lo hace ahora a Hezbolá o Gaza. La respuesta podría ser terrorífica. Su superioridad estratégica habría terminado y las amenazas de sus vecinos serían más serias: no podría firmar la paz que quisiera porque de repente sus enemigos se habrían puesto a su nivel.

Una bomba iraní desataría una carrera de armas en la región. Arabia Saudí querría en seguida la suya y los saudíes no tienen mala relación con algunos grupos de terrorismo islámico.

El argumento para el ataque es la comparación con Hitler en 1938. El argumento para la espera es la estrategia de la contención ante la Unión Soviética durante la guerra fría. Aquí imaginan qué debería decir el presidente americano el día en que Irán probara una bomba nuclear: si alguien utiliza material nuclear en un ataque terrorista, Estados Unidos creerá que Irán es el responsable; el régimen debe saber que la respuesta ante un incidente así sería brutal.

Quizá queden aún meses o algún año para ese momento y aparezcan nuevas alternativas. Hasta entonces, las consecuencias de una posible arma nuclear iraní o de una respuesta israelí son la mayor amenaza para el mundo.

 
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