Por Israel
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| martes septiembre 27, 2022

Tracción a sangre


Mario Satz

Porisrael.org

En una época se denominaba tracción a sangre a los carros tirados por caballos o por burros, nobles bestias que han ido desapareciendo gradualmente de las ciudades hasta refugiarse, en no pocas ocasiones, en las plazas de las villas de provincia tirando de coches de ruedas altas y emperifollados para la foto del recuerdo. Los vemos en Sevilla y en Córdoba, pueblos amantes de los animales. Las calles adoquinadas quedaban entonces sembradas de excrementos y el lento barrendero, ¡también a pie vivo!, recogía un buen abono para las plantas. Era otra época. Entonces la velocidad no era una virtud tan apreciada como hoy. Innecesario es decir que aquellos establos y esos transportes volverán a florecer a la luz de la nueva crisis ocasionada por el precio del crudo o la escasez de gas. El petróleo no es infinito, no se puede tener en el patio de casa, o en las afueras del pueblo, pero los burros y caballos sí. Esto, que parece un chiste, y mientras ni la energía solar ni los coches eléctricos sean económicamente viables, es en realidad un proyecto a corto plazo que muchos ayuntamientos tienen en cartera. Precisamente cerca de la ampliación de los trazados del carril para bicicletas.

            Que la gasolina sea denominada sangre del motor es un mal eufemismo porque, bien guardada en nuestras venas y en las de los animales,  nuestro precioso líquido vital no contamina ni emponzoña el aire. Estamos ante el umbral de una crisis, la energética, que parece repetirse cada pocas décadas; una crisis que hace tambalear gobiernos y partidos y enardece a miles de usuarios. El pueblo llano no protesta por falta de circo, que eso hay, y de sobras, sino porque no puede trabajar o circular libremente. Por una parte es comprensible que, al igual que en los años sesenta del siglo XX, los productores de petróleo, la mayoría de los cuales pertenece al área del Tercer Mundo, por rabia y resentimiento económico hagan padecer al primero y desarrollado; pero por la otra es una vergüenza que no tengamos, aún, alternativas más sanas y ecológicas para poner en marcha nuestros vehículos. Abundancia de gas, por ejemplo,  o de baterías solares. Depender tanto de una sola cosa monopoliza toda nuestra atención y esfuerzos y nos convierte a todos en víctimas de los jeques  y los dictadores africanos, trititicum non pulcro. Malas hierbas surgidas por el descuido de los campos.

            Volverán, pues, junto a las oscuras golondrinas del poeta, los caballos y los burros, tal vez  hasta los mulos y  los asnos, y todo será forzosamente más lento pero también más independiente y más sano. Personalmente, me gustaría vivir para verlo. No es la primera vez que el progreso retrocede y la Historia retoma lo que parecía haber abandonado. El precio que los ignorantes pagan por su ignorancia se llama repetición. El don que los sabios adquieren con su sabiduría, previsión.

 
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