Por Israel
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| domingo julio 3, 2022

Esperanza


Pilar Rahola

Es la causa de libertad universal, que se repite con la misma voz; Malala es Mandela y es Anna Frank.

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Tres noticias al unísono, sarcásticamente emparejadas. Por un lado, un clérigo saudí, jeque Abdulah Daud, ha pedido que se ponga burka a las niñas recién nacidas, porque, según declaró en Al Majd TV «esta vestimenta impediría que las bebés fueran víctimas de ataques sexuales». Ello parte de la sana idea de que las bebés pueden despertar algún tipo de apetito sexual en los hombres, como si todos fueran unos tarados mentales. Por suerte lo han criticado otros clérigos y han pedido «moderación», pero el tipo no ha sido sancionado, ni repudiado y continúa con sus horrorosas prédicas en las mezquitas de su país. Claro que tampoco resulta tan extraño en una ideología que justifica la mutilación genital de niñas de días, para asegurar que no lo impidan de mayores. Al mismo tiempo, Hamas acaba de imponer el velo islámico en la Universidad de Gaza, como culminación de su imparable proceso de islamización de los palestinos de la franja. Y si abro el abanico, la cantidad de noticias de esta naturaleza por toda la piel del islam, todas ellas confluyendo en un mayor dominio de la mujer y en un vuelco hacia el fanatismo medieval, resulta muy desalentador.

Pero mientras los totalitarios de Hamas imponen su extremismo y este cafre saudí usa la religión para perpetrar su machismo perverso y pervertido, en una cama de un hospital inglés una joven extraordinaria alza su voz para defender la libertad. He podido escuchar en la CNN sus primeras palabras después de su última operación, y estoy conmocionada. Es la joven pakistaní Malala Yusufzai, y a pesar de haber sido perseguida desde que reclamó su derecho a estudiar con sólo nueve años, después de esconderse los libros bajo la ropa, y zafarse de las balas, y después de haber sido tiroteada y gravemente herida, a pesar de todos los miedos y riesgos, vuelve a pedir el derecho a la educación de las niñas musulmanas.

La fuerza de su convicción resulta poderosa en su frágil cuerpo y resulta esperanzadora su constancia. Escuchándola me ratifico en una idea expresada otras veces: el futuro del islam pasa por sus mujeres, auténticas heroínas de nuestro tiempo. Las mujeres musulmanas que se rebelan, jugándose la vida, y muchas de ellas muriendo, son la voz de la conciencia del siglo XXI, como lo fueron los negros en las luchas contra el racismo, o los judíos luchando contra el antisemitismo. Son la causa de libertad universal, la que se repite con diferentes acentos y diferentes pieles, pero siempre con la misma voz. Malala es Nelson Mandela y es Anna Frank. 

Y el cafre saudí o los líderes de Hamas o el resto de fanáticos son los verdugos que los encarcelaron y los mataron. Pensar en ello me recuerda que, al final del túnel, los fascistas nunca vencen. Tampoco pasará aquí, porque el único islam posible es el que palpita en el corazón de Malala. El otro sólo puede conducir a la autodestrucción.

 
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