Por Israel
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| miércoles julio 6, 2022

Breve historia del antisemitismo, 3ra. parte


Israel Winicki


Con la Edad Media comienza una época singular en la historia del judaísmo en la que se van forjando las acusaciones que, con el correr del tiempo, se transformaron en la muletilla de todos los antisemitas.

A comienzos de este período, como ya dijimos antes, mientras el Imperio Romano de Occidente desaparecía del mapa bajo los golpes de las espadas de los pueblos germánicos y el Imperio Romano de Oriente trataba de mantener unidos los jirones de territorio que le quedaban y de defenderse del embate de los partos, en los desiertos de Arabia comenzaba a gestarse una nueva fuerza que aun hoy sigue siendo un factor de poder: EL ISLAM.

No voy a entrar a profundizar en los orígenes de esta religión, no es el objeto de estos artículos, pero si voy a hablar de los hechos históricos relacionados con nuestro tema: el antisemitismo.

La Península Arábiga estaba habitada en los tiempos de Mahoma por tribus nómadas de beduinos. Pueblos belicosos y muy celosos de su libertad. Entre estas tribus o clanes había varias de origen judío que se contaban entre las más poderosas. En un comienzo, para congraciarse con ellos, Mahoma intentó demostrar su buena voluntad prometiendo la reconstrucción de Jerusalén y la independencia para los judíos si aceptaban la nueva religión por él creada. Pero los judíos se negaron, por lo que el mensaje de Mahoma se hizo furibundamente antijudío. Esas tribus beduinas que se negaron a aceptar la nueva fe fueron masacradas sin piedad y borradas definitivamente del mapa, al tiempo que en el Corán (libro santo del Islam) comienzan a aparecer ataques contra los judíos.

Los seguidores de Mahoma se lanzan a una guerra de conquista: La Península Arábiga, el Norte de África, los territorios bizantinos del Medio Oriente (incluida la Tierra de Israel, que desde el Siglo II era conocida como Filistia, cuya forma europeizada es Palestina). El Califa Omar, para simbolizar su desprecio hacia los judíos, ordena construir una mezquita en el sitio donde en una época se encontrara el Sanctasanctorum del Templo de Salomón.

Mientras el Islam se expandía por todo Oriente por un lado, y por el otro llegaba a España, vía África, la suerte de los judíos en Europa dependía de la buena o mala voluntad de los gobernantes bárbaros y de la menor o mayor influencia de la Iglesia en las nuevas naciones.

En el Imperio de Carlomagno las actividades comerciales del los judíos fueron fomentadas y estos contaron con la protección imperial, al igual que en los reinos germánicos posteriores. Al mismo tiempo los judíos se dedicaban a la agricultura y las artesanías, mientras que desarrollaban una cultura que perduraría a través de los siglos.

Esto duró hasta el siglo XI. Es entonces cuando se desata una tormenta que marcará para siempre la existencia del pueblo judío en Europa. Instigados por el Papa Urbano II en el Concilio de Clermont, los príncipes y nobles de Europa se lanzan a la conquista de Jerusalén, en esa época en manos musulmanas. Pero en su trayecto hacia Israel los Cruzados (llamados así por las cruces rojas pegadas a sus ropas), alentados por las prédicas de clérigos fanáticos comenzaron a masacrar a las comunidades judías que hallaban a su paso. Se calcula que en todo el período de las Cruzadas desaparecieron más de 250 comunidades y los muertos sumaron más de 100.000.

Es a partir de ese momento que la situación de los judíos va empeorando y comienzan a surgir las primeras acusaciones de crimen ritual. La primera vez fue en Inglaterra en 1144. Un grupo de monjes acusó a los judíos de la ciudad de Norwich de haber torturado y asesinado a un niño cristiano, William, para usar su sangre en la elaboración de matzot. Los judíos de la ciudad fueron asesinados.

Poco a poco toda Europa dio crédito a esta patraña, y, a pesar de una Bula Papal que desvirtuaba esta acusación, miles de judíos pagaron con su vida su fidelidad a la fe de sus mayores. Así que acá encontramos un nuevo motivo de odio hacia el judío, la acusación de Crimen Ritual.

Poco a poco la situación de los judíos en Europa fue empeorando. Ya no se les permitía ejercer como artesanos, se les cobraban impuestos especiales exorbitantes y estaban sometidos a las furias desatadas de las masas.

El golpe de gracia contra los judíos europeos les fue asestado por los Concilio Letranenses que fueron aplicando toda una serie de leyes antijudías que estrangularían a este pueblo y, eventualmente los forzaría a la conversión. El peor de estos Concilios fue el cuarto, convocado por el Papa Inocencio III en 1215. Se prohibió a los judíos poseer tierras, se los obligó a ganarse la vida como prestamistas, cobrando el interés… ¡Que les fijaba la Iglesia y del cual tenían que pagar un diezmo a la misma! (aquí surge la imagen del judío usurero, tan difundida). Los judíos se ven obligados a vivir en barrios especiales (ghettos) y deben llevar una señal sobre sus ropas (no hay nada nuevo bajo el sol). En varias ciudades se aplican leyes especiales que, en algunos casos son absurdas. Por ejemplo en algunas de ellas se establece un impuesto a los entierros judíos o, si el cementerio está al otro lado del río, se debe pagar un derecho de paso por cada integrante del cortejo… ¡incluido el muerto! En otras ciudades se establecía una cantidad máxima de judíos que podían vivir en el lugar, por lo que si una pareja quería tener hijos tenía que esperar la muerte de alguien.

Muchos nobles, empobrecidos por sus numerosas guerras, estaban endeudados con los prestamistas judíos (entre ellos se encontraban grandes personajes del clero) y, para deshacerse de esas deudas no encontraban mejor forma que incitar al populacho contra los «infieles asesinos de Cristo», y, mientras las turbas pillaban y asesinaban, los nobles hacían desaparecer los comprobantes de sus deudas.

 
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