Por Israel
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| domingo noviembre 27, 2022

Jerusalén en mi Sangre


Puedo describir un cuadro, un paisaje, un libro. Puedo describir muchas cosas, pero hay algo que nunca voy a poder describir: a Jerusalén.

Podría decir: es una ciudad con tantos y tantos habitantes. Pero.. ¿es eso Jerusalén?

Podría decir: hay tantos y tantos sitios históricos. Pero eso tampoco es Jerusalén.

Podría decir: es santa para tales y tales religiones. Pero tampoco describo a Jerusalén.

Es que la ciudad va más allá de las descripciones.

Jerusalén es historia, mi historia. Jerusalén es fe, mi fe.

Es David cantando sus Salmos en las murallas.

Es Salomón consagrando el Templo.

Son los Profetas recorriendo sus calles

Son los Macabeos entrando triunfantes.

Son cientos de generaciones gritando “¡EL AÑO PROXIMO EN JERUSALEN!”

Son cientos de generaciones llorando “Si te olvidare OH Jerusalén”

Son aquellos quemados en las hogueras de la Inquisición por soñar con el retorno a ella.

Son los caídos bajo el sable cosaco cuyas almas se elevaron a la Jerusalén Celestial.

Son aquellos que entraron a las cámaras de gas cantando “Vamos a Jerusalén”.

Son los que durante 19 años trataban de ver más allá de las murallas que la dividían el Muro.

Son los que, galvanizados, escucharon a Motta Gur exclamar “Har HaBait Veyadeinu” (“El Monte del Templo en nuestras manos”).

Son aquellos judíos etíopes que no venían a Israel, sino a Jerusalén.

No, no puedo describir a Jerusalén, porque sería tratar de describir mi sangre, mi carne, mi alma.

No puedo describir a Jerusalén, porque un sentimiento de “Tú me perteneces, yo te pertenezco” no puede ser descrito.

Es que Jerusalén es simplemente eso, Jerusalén

 
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