Por Israel
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| miércoles julio 6, 2022

El test kurdo


En un mundo justo, los kurdos tendrían su propio Estado. Tienen una cultura ancestral, un idioma propio y un hogar nacional, el Kurdistán, que ha sido gobernado durante siglos por árabes, turcos y persas, extranjeros y opresores todos ellos.

Tras la derrota del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial, sus rivales victoriosos británicos y franceses crearon nuevos Estados nacionales árabes y pusieron en marcha un proceso que conduciría a la reinstauración de un Estado-nación judío. En cambio, los kurdos se quedaron sin nada.

En 1992, tras la Guerra del Golfo, Estados Unidos –junto con Gran Bretaña y Francia– estableció una zona de exclusión aérea sobre la región kurda del norte de Irak. El objetivo era proteger a los kurdos de Sadam Husein, cuya guerra genocida contra ellos incluyó un ataque con armas químicas sobre la ciudad de Halabya cuatro años antes.

Cuando los estadounidenses invadieron Irak en 2003, los kurdos los recibieron como libertadores. El Gobierno Regional del Kurdistán (GRK) empezó diligentemente a construir la nación, a establecer las instituciones y la infraestructura necesarias para la estadidad.

No pretendo adornarlo más de la cuenta: el GRK no se ha convertido en una democracia. Se ha informado de que la corrupción campa a sus anchas, no deja de ser Oriente Medio. Los líderes kurdos, divididos, han cometido errores.

Más recientemente, celebraron un referéndum de independencia. Los resultados fueron los esperados. Nueve de cada diez kurdos quieren la autodeterminación. El Gobierno de Bagdad no les dejará marcharse sin luchar. Y EEUU, que apuesta por un Irak unido, no quiere que se marchen. Como era previsible, el referéndum excitó a los dirigentes de Turquía e Irán, empeñados en que sus súbditos kurdos no se hagan ilusiones al respecto.

Aun así, la sociedad kurda es abierta y tolerante. Las escuelas proporcionan una verdadera educación a los jóvenes. En ninguna parte del llamado mundo musulmán encontrarás a gente más proamericana. El ejército kurdo, la Peshmerga, ha sido durante mucho tiempo un socio fiable de EEUU. A menudo ha tomado la iniciativa en la lucha contra el Estado Islámico.

Ahora los kurdos están en peligro. Esto es lo que ha pasado: el 13 de octubre, el presidente Trump anunció su estrategia para Irán. Rehusó recertificar el acuerdo nuclear suscrito por su predecesor porque –entre otras razones esgrimidas– el cumplimiento de Irán no se puede verificar mientras se impida a los inspectores internacionales acceder a sus instalaciones militares.

El presidente tampoco está dispuesto a hacer la vista gorda ante el continuo desarrollo iraní de misiles diseñados para portar cabezas nucleares, ante las cláusulas de revisión que con el tiempo legitiman el programa de armas nucleares de los mulás y ante el terrorismo patrocinado por Bagdad. Notablemente, declaró organización terrorista a los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI).

La respuesta iraní ha sido algo más que retórica. El 16 de octubre, las fuerzas iraquíes, sobre las cuales Teherán ejerce ahora una considerable influencia, y las milicias chiíes, muchas de ellas respaldadas por Irán, expulsaron a las tropas kurdas de Kirkurk, rica en petróleo. Según informaciones solventes, el general Qasem Soleimani, comandante de las operaciones en el exterior de los CGRI, estuvo presente para coordinar personalmente la operación.

Aunque Kirkurk está más allá de las fronteras de facto del GRK, los kurdos la han considerado desde hace mucho tiempo la Jerusalén de su patria. Era una ciudad de mayoría kurda hasta que el régimen de Sadam decidió arabizarla mediante transferencias de población.

En 2014, ante el avance del Estado Islámico, las fuerzas del Gobierno iraquí abandonaron Kirkurk. Los peshmergas ocuparon rápidamente el vacío defendiendo la ciudad y manteniéndola en su poder.

Al orquestar la toma de Kirkurk, los líderes iraníes están poniendo a prueba a Trump. Confían en que, a pesar de su lenguaje duro, no tendrá arrestos para hacer lo necesario para frustrar sus ambiciones neoimperialistas. Piensan que al final intentará apaciguarlos y adaptarse a ellos como hizo el presidente Obama. Trump reforzó esa convicción cuando, en respuesta a lucha por Kirkurk, declaró: “[Mi Administración] no toma partido, pero no le gusta el hecho de que se estén enfrentando”.

Hosein Amir-Abdolahian, director general del Parlamento iraní para los asuntos internacionales, tuiteó que las tropas del Gobierno iraquí devolverían Erbil a “un Irak unido” con más “facilidad” de lo que les llevó tomar Kirkurk, “en cuestión de minutos”. Erbil es la capital del GRK. Enseguida, milicias chiíes lanzaron una ofensiva contra las tropas kurdas cerca de la frontera turca.

Es esencial que Trump deje claro que no se tolerarán nuevas amenazas a la seguridad y la integridad de la región kurda, que cualquier avance sobre Erbil tendrá como respuesta duras sanciones y, si es necesario, la fuerza. EEUU debería insistir en el cese inmediato de todas las operaciones militares y en que las negociaciones entre Bagdad y los líderes kurdos comiencen bajo sus auspicios.

Cualquier cosa por debajo de eso se interpretará como connivencia con el empeño de la República Islámica de imponer su impronta yihadista e islamista a sus vecinos y, con el tiempo, más allá.

Para hacer que América vuelva a ser grande hay que demostrar que América es el mejor amigo y el peor enemigo que pueda tener cualquier país. Durante los años de Obama, parecía ser justo lo contrario. Si alinearse con EEUU se considera de tontos, al margen de quién esté en la Casa Blanca, EEUU acabará quedándose sin amigos. Tendrá en su lugar una creciente lista de enemigos envalentonados.

En un mundo justo, los teócratas de Irán apreciarían el hecho de que el presidente Obama se aproximara a ellos con un espíritu de respeto y reconciliación. En un mundo justo, talentosos diplomáticos diseñarían elegantes fórmulas para compartir el poder que todas las partes asumirían en aras de la paz y la estabilidad. En un mundo justo, los kurdos tendrían derecho a la autodeterminación.

Pero no vivimos en un mundo justo, como debería estar meridianamente claro ya.

© Versión original (en inglés): Foundation for Defense of Democracies (FDD)
© Versión en español: Revista El Medio

 
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