Por Israel
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| martes octubre 15, 2019
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La Viena Judía

De la Viena idealizada y mitificada por el gran escritor judío Stefan Zweig en su libro El mundo de ayer apenas queda nada, pero todavía quedan algunos lugares que recuerdan el pasado judío de esta ciudad y que conviene visitar para preservar la memoria.


En 1857 un censo mostraba que apenas el 1,3% de la población de Viena era judía, concretamente el 0.5% de sus 476.000 habitantes, aunque la presencia de los judíos en Austria está documentada desde la época romana e incluso algunas fuentes hablan de un origen y una presencia anteriores. El gran desarrollo de la comunidad judía austriaca se da entre 1869, en que ya había 40.000 judíos sobre una población de 607.000 habitantes, y 1934, en que la comunidad ya pasaba de los 201.000 sobre 1.865.000. En 1934, la población judía bajó en el censo hasta los 176.000, pero es mas que seguro que en 1938, año de la ocupación alemana de Austria, el número podría ser mayor debido a que miles de judíos alemanes estaban huyendo hacia países democráticos en busca de seguridad, tales como Austria, Francia, Suiza y el Reino Unido. Austria dejó de ser democrática a partir de 1938, una vez los nazis se la anexionan sin más miramientos e instalan una administración dócil a sus intereses.

 

”Antes de la Segunda Guerra Mundial, los judíos desempeñaban un papel importante en la vida económica y cultural de Austria. En 1938, Austria tenía aproximadamente 192.000 habitantes judíos, lo cual representaba casi el 4 por ciento de la población total. La abrumadora mayoría de judíos austriacos vivían en Viena, la capital, un importante centro de la cultura, el sionismo y la educación judíos. Los judíos constituían cerca del 9 por ciento de la población de la ciudad. Sin embargo, en diciembre de 1939, esta cantidad se había reducido a solo 57.000, principalmente debido a la emigración”, informaban las páginas Web del Museo Memorial del Holocausto de Washington en su enciclopedia sobre estos luctuosos hechos.

La llegada de los nazis al gobierno en Alemania, en 1933, tuvo funestas consecuencias para Austria y el país llegó a desaparecer en 1938, tal como siguen relatando las páginas reseñadas anteriormente: “Después de un período prolongado de estancamiento económico, dictadura política e intensa propaganda nazi dentro de Austria, las tropas alemanas ingresaron al país el 12 de marzo de 1938, recibieron el apoyo entusiasta de la mayor parte de la población, y Austria fue incorporada a Alemania al día siguiente».

 

El 15 de marzo de 1938 entraba en Austria un triunfante Adolfo Hitler al frente de sus tropas y hordas, siendo recibido, en un ambiente eufórico y henchido de patriotismo, por el populacho vienés en todos los lugares por donde pasaba. El cardenal de Viena, Theodor Innitzer, llevado por éxtasis que le produjo la triunfante entrada de los SS, con sus uniformes negros y sus escudos con la calavera, hizo repicar las campanas de todas las iglesias de la ciudad a modo de saludo al nuevo orden en él que ya no cabían ni los judíos ni lo demás “subhumanos”, se supone que “gracias a Dios”.

 

“Los ensordecedores acordes de una plegaria nacional”, fue lo que escuchó Joseph Goebbels cuando comentaba en directo por la radio alemana la entrada triunfal del austriaco Adolf Hitler en Viena. Y agregaba para darle solemnidad:”De este modo, ha llegado la redención a los interminables tormentos del pueblo alemán en Austria”. Más tarde, después de aquella romántica descripción cargada de falso victimismo, el Führer y canciller del Reich alemán ascendió al balcón ornado de columnas del palacio de Neue Hofburg. Y en la gigantesca plaza de los Héroes, en un momento de gran emoción y candor nacionalista, 300.000 vieneses se agolpaban para gritar juntos el frenético aullido de “¡Sieg Heil!”. Comenzaba una nueva era y Hitler había cumplido con su secreta misión de sumar a Austria a su delirante proyecto de sangre, muerte y dolor compartido a partir de ese momento.

 

“Hitler siguió inmediatamente a sus soldados. Empezando por su ciudad natal de Braunau, la via triumhalis de su viaje a casa fue a través de Linz, donde había ido al instituto, hasta Viena, la ciudad en la que había obtenido el equipamiento intelectual para su posterior carrera política (…) Ya no recordaba lo hermosa que era su patria, confesó Hitler en una conversación telefónica a su paladín Hermann Goering, que había impulsado enérgicamente la anexión y ahora montaba guardia en Berlín”, escribiría el periodista Joachim Riedl al referirse a la entrada de Hitler en Austria. Se cumplía la venganza esperada por el fundador del nacionalsocialismo, que años atrás se había sentido ofendido y humillado por una sociedad que supuestamente le dio la espalda.

Un entusiasmo casi histérico se apoderó de toda Austria y en Viena, llevados por la emoción de la triunfante entrada de su Führer, miles de vieneses, con porras y palos, obligarían a los judíos a limpiar las calles de la ciudad en unas imágenes que todavía insultan a la humanidad y al alma austriaca.”Agradecemos al Führer que por fin haya dado trabajo a los judíos”, gritaba la chusma envalentonada que actuaba ayudada por la Gestapo y los camisas pardas. El 23 de marzo de 1938, el corresponsal del New York Times en Viena escribía: “En las primeras dos semanas, los nacionalsocialistas han conseguido aquí someter a los judíos a un trato de mayor dureza de lo que habría sido posible en Alemania en el curso de varios años”.

 

El 10 de abril de 1938, y una vez que ya se han llevado a cabo las primeras redadas, persecuciones y asesinatos de judíos y disidentes, los nazis llevan a cabo un referéndum con la pretensión de legitimar su anexión. El resultado, como era de esperar, es rotundo, arrojando un 99,73% de votos a favor de las tesis nazis, un resultado “que, en lo esencial, no estuvo en absoluto falseado”, tal como aseguraba el historiador salzburgués Gerhard Botz. En el plebiscito, no se les permitió votar ni a los judíos ni a los romaníes (gitanos). Después de la Anschluss (Anexión), los alemanes extendieron rápidamente la legislación antisemita a Austria.

 

Una vez instalados en el poder, comenzó el latrocinio organizado de los bienes judíos, los saqueos de las viviendas, las ventas forzadas de negocios y propiedades a precios irrisorios a los nazis y también las huidas. Y los suicidios. Cada día se suicidaban en la nueva Viena más de diez judíos y la cifra fue aumentando hasta el medio centenar antes de la Segunda Guerra Mundial. Los artistas, escritores y propietarios judíos eran apaleados hasta la muerte por grupos de nazis organizados en comandos “móviles”. En apenas unas semanas, la vida judía se había apagado para siempre y la nueva Austria se rendía al nuevo orden ante el silencio generalizado de la sociedad y la complacencia de la Iglesia católica.

 

Un escritor austriaco de entonces, Carl Zuckmayer, escribiría en su diario, escrito en 1938, las siguientes reflexiones: “El submundo había abierto sus puertas, y dejado en libertad a sus espíritus más bajos, repugnantes e impuros (…) lemúres y semidemonios parecían salir de huevos de inmundicia y subir encenegados agujeros en la tierra. El aire estaba lleno de un incesante griterío chillón, confuso, histérico, que salía de gargantas masculinas y femeninas y seguía sonando estridente día y noche. Y todos los seres humanos perdieron su rostro, se asemejaron a deformes caricaturas: la una de miedo, la otra de mentira, la otras de triunfo salvaje y lleno de odio (…) Fue un aquelarre del populacho y el entierro de toda dignidad humana”. Más tarde, con destino a Suiza, Zuckmayer abandonaría su Austria natal, sumida ya en la catástrofe y al borde la tragedia sobre la que precipitaba sin tener siquiera conciencia de la misma.

 

Muy mala suerte corrió en esta ciudad infernal el historiador Egon Friedell, incapaz de soportar la pesadilla en que se habría de convertir su amada Viena, tal como relata Joachim Riedl: “El 16 de marzo, hacia las 22.00 horas, dos hombres de las SA aporrean la puerta un domicilio en el edificio de Gentzgasse 7. Insultan al ama de llaves que les abre llamándola “puta judía”. Se produce un intercambio de palabras. Entre tanto, el historiador de cultura y ensayista Egon Friedell, que en los últimos años raras veces ha dejado su domicilio, atrincherado entre sus libros, huye hacia el interior de la vivienda. Va cerrando las puertas tras de sí. En el dormitorio, abre una ventana y se tira a la calle. “Totalmente ileso salvo un arañazo en la sien”, indica el médico de urgencias; el corazón del suicida había fallado durante la caída”.

 

LA HISTORIA VIENESA DE SIGMUND FREUD

Una historia parecida, aunque con final feliz, padecería la hija de Sigmund Freud, Anna, quien tendría que soportar en su domicilio de la la calle Berggasse, 19, la presencia las veinticuatro horas del día de un puesto de guardia de miembros del partido nazi con su brazalete con la cruz gamada. “¿No sería mejor que nos matáramos todos?”, pregunta Anna a su padre. “¿Por qué?”, parece que le respondió el físico. “Porque es exactamente lo que esperan de nosotros”, respondió Anna. Después es citada al cuartel general de la Gestapo y lograría escapar de milagro de Austria. Fue a merced de una campaña internacional liderada por el gobierno norteamericano por la que Anna pudo viajar fuera de una vez por todas y dejar atrás para siempre su amada Viena, esa ciudad en la que había albergado la esperanza de que los vieneses “no degenerarían en el nazismo”. Pero no fue así, se impuso la brutalidad y la bestialidad en su estado más puro

 

Pero a la ocupación por los nazis del país, le sucedió la persecución a los judíos y después el exterminio en masa de los miles que no emigraron, es decir, la entrada en Austria fue el preludio del Holocausto. El mismo guión se repitió en todos los países ocupados por la Alemania de Hitler. Se abrieron los campos de concentración, se organizaron las primeras deportaciones y, en apenas unos años, la vida judía se esfumó de estas tierras de Europa a través de las fábricas de la muerte.  “El campo de concentración de Mauthausen se creó en el verano de 1938, después de la incorporación alemana de Austria. Mauthausen se convirtió en el principal campo nazi de Austria. Se construyó cerca de una cantera de piedra abandonada, a lo largo del río Danubio, a unos 20 kilómetros al sudeste de Linz, y los alemanes le asignaron categoría III, para indicar que era un campo penal especial con un régimen severo. A los prisioneros castigados, por ejemplo, se los obligaba a cargar desde la cantera del campo pesados bloques de piedra y a subirlos 186 escalones, conocidos como “Escalera de la muerte”, sigue relatando la Web del Museo del Holocausto de Washington ya citada.

 

En total, hay que reseñar que unos 65.000 judíos austríacos perecieron en el Holocausto, otros 100.000 podrían haber salido del país antes de la llamada “solución final” y otros 4.000 quedaban con vida cuando los soviéticos y los aliados liberaron el territorio austríaco, allá por el año 1945. En el año 1951, cuando ya había retornado algunos judíos supervivientes de los campos y del exterior, había en la ciudad de Viena una comunidad de 9.000 judíos.

 

1.Los dos cementerios judíos

  1. a) El Cementerio central de Viena o Zentralfriedhof

Es un lugar impresionante, muy extenso e interesante, plagado de lugares, tumbas, rincones, esculturas y lápidas realmente valiosas en todos los sentidos. Es señorial, muy cuidado, seguro, organizado y, por cierto, muy turístico y visitado. Está lejos del centro de Viena pero si te informas y asesoras hay transporte público -tranvía- hasta allá, tanto para la ida como para la vuelta.

 

El cementerio central de Viena (Zentralfriedhof) fue inaugurado en 1874 y es el más extenso de la capital austriaca. Se encuentra situado en la zona sur de la ciudad, barrio de Simmering, calle Simmeringer Hauptstraße, números 230-244 al 1110. Según se puede leer en Wikipedia, “el cementerio tiene una superficie de unos 2,5 km², con 3,3 millones de personas enterradas, y es el tercero más grande Europa tras el de la Almudena de Madrid y el de Hamburgo. Tiene un cierto atractivo turístico por la cantidad de personajes ilustres sepultados en él, especialmente músicos”.

 

La secciones judías del cementerio son muy extensas y también hay bastantes “huéspedes” ilustres enterrados en ellas. Te recomendamos encarecidamente que cuando llegues solicites un mapa en la oficina de información con la que cuenta el lugar y te organices el paseo con el fin de conocer en profundidad tan extenso camposanto.

 

Como curiosidad, hay que reseñar que  el 22 de junio de 1888, los restos de Ludwig van Beethoven y el Franz Schubert fueron trasladados a la sección de los músicos, donde también se encuentran los restos de Antonio Salieri, Johannes Brams y los Strauss, así como el monumento a Mozart, cuya tumba no se encuentra allí sino en el cementerio de San Marx, más concretamente en un osario común, pues murió en la pobreza y olvidado y abandonado por todos. Es decir, lo más florido de la música austríaca se encuentra en este lugar junto al mayor cementerio judío de la urbe, aunque en Viena hay otros menos conocidos y más difíciles de visitar (están cerrados por lo general).

 

Además de la sección católica, hay también una protestante, otra ortodoxa, otra islámica y dos secciones judías, como ya hemos dicho antes. Como verás en el mapa del cementerio, que te adjunto, hay dos partes judías: la nueva (neuer) y la vieja (alter), no muy distantes la una de la otra y ambas con gran profusión de tumbas para tomarse con algo de tiempo en la visita.

 

Finalmente, quiero reseñar como curiosidad de este cementerio que al salir hay un monumento conmemorativo a uno de los alcaldes de Viena más conocidos, Karl Lueger, entre los años 1897 y 1910. Antisemita confeso, católico de ideas radicales y reaccionario de la peor especie, Adolfo Hitler llegó  a escribir en el  Mein Kampf sobre Lueger recordando su estancia en Viena:  “Hoy veo en el hombre al alcalde alemán más grande de todos los tiempos”. Ver el monolito dedicado a Lueger junto con las tumbas judías resulta chocante en uno de los países más comprometidos con el nazismo durante el período más tenebroso de la historia  de Europa.

 

  1. b) El cementerio de la calle Seegasse número, 9. Es un lugar muy reseñado y señalizado y se accede al mismo a través de una residencia de ancianos llamada «Haus Rossau». Conviene consultar horarios y días de cierre. Es el cementerio judío más antiguo de la ciudad de Viena, habiendo sido fundado en el siglo XVI, y hay lapidas en su interior que datan de esa fecha -la más antigua es del año 1540- hasta 1783. Cubre un área de 2.000 metros y algunas de sus tumbas son muy bellas y decoradas profusamente. Todavía se está excavando y cuando lo visité estaban sacando del susbuelo algunas lápidas al parecer escondidas por miembros de la comunidad judía durante la ocupación nazi de Austria.

 

2.La Sinagoga. Es conocida como la sinagoga de la calle Seitenstettengasse, número, 4, o Stadttempel, algo así como el «templo de la ciudad» en castellano. Es una de las más antiguas de la ciudad, habiendo sobrevivido al terrible período nazi (1938-1945) y se puede visitar, siendo conveniente consultar horarios y días de apertura. El templo judío de la ciudad fue inaugurado en 1826 y lo diseñó el conocido arquitecto Josef Kornhäusel. Hay otras dos sinagoga más en Viena, una de ellas en uso todavía, pero no se pueden visitar excepto para el culto mosaico.

 

3.El Museo Judío de Viena. Hemos encontrado sobre este lugar esta breve reseña en una página Web de turismo de Viena, que reproducimos por su concisión y descriptiva información: «Desde su reapertura en octubre de 2011, el Museo Judío del Palacio Eskeles da la bienvenida a sus visitantes con una instalación lumínica sobre la fachada, obra de la artista Brigitte Kowanz, y una enorme zona de entrada que ha sido reconstruida fielmente, exacta a la entrada original. Las exposiciones permanentes del Museo Judío se dividen en tres zonas: El depósito, que también se ha renovado, presenta colecciones y también a los coleccionistas que hay detrás, como Max Berger. El estudio es el taller y, al mismo tiempo, un espacio de exposición para los objetos rituales de la vida cotidiana».

Y concluye así dicha reseña: «Desde noviembre de 2013, hay una nueva exposición permanente, Unsere Stadt! («nuestra ciudad»), una profunda mirada al interior de la vida judía, la historia de los judíos de Viena y nos lleva desde el presente hacia el pasado. El viaje comienza en la planta baja, desde los años posteriores a 1945 hasta hoy. En el segundo piso del Palacio Eskeles los visitantes contemplan la historia judía desde sus inicios hasta los años 1938-1945. Una animación en 3D permite acceder de forma virtual a las sinagogas de Viena destruidas en 1938″. (Fuente consultada y citada: https://www.wien.info/es/vienna-for/jewish-vienna/jewish-museum). Importante: guardar el billete entrada porque nos servirá para visitar el complejo de Judenplatz y así nos ahorramos pagar doblemente.

 

4.El Museo Sigmund Freud. La Casa Museo Freud es una antigua casa ubicada en Berggasse 19, en el barrio de Alsergrund, en Viena, donde estaba el apartamento en el que entre 1891 y 1938 vivió Sigmund Freud y su familia. En este lugar también estaba el consultorio de tratamiento piscoanalítico de Freud -y más tarde también el de su hija Ana Freud, que fue detenida por la Gestapo unas horas- y que ocupaba otro apartamento en esta misma casa. En la actualidad se encuentra en este museo (Sigmund Freud Museum – Wien), una biblioteca especializada en la obra de Freud y en el psicoanálisis (Sigmund-Freud-Haus-Bibliothek), el archivo Freud, con una apreciable colección de documentos históricos, cartas y certificados (Sigmund-Freud-Archiv), así como dependencias de la secretaría de la Sociedad Sigmund Freud (Sigmund Freud Gesellschaft). Debemos tener en cuenta que Sigmund Freud abandonó Viena in extremis tras la entrada de los nazis en Viena, la ocupación de todo el país por Alemania y el comienzo de las persecuciones a los judíos. De hecho, cuatro hermanas de Freud perecieron en los campos de la muerte y dos de sus hijos fueron detenidos momentáneamente por los nazis. Freud se negó hasta el último momento a abandonar su amada Viena, ciudad que adoraba en lo más íntimo de su ser, y un año después de su partida, en 1939, consumido por el cáncer y la tristeza, moriría en Londres. Conviene consultar horarios y si está abierta, pues cuando fui me encontré con las puertas en las narices debido a obras de restauración.

 

5.La Judenplatz y su museo. Esta zona es un complejo que contiene el monumento conmemorativo levantado por el arquitecto británico Rachel Whiteread, las excavaciones de la sinagoga medieval y un museo sobre el judaísmo de la Edad Media. El Museo es conocido como de Jundeplatz y contiene en su interior salas de exposiciones del judaísmo medieval en Viena, una retrospectiva virtual por la Viena del S. XIV y por las excavaciones de la sinagoga medieval. Aquí, en esta plaza, estaba situado el epicentro de la vida judía en la Edad Media. El lugar central de la conmemoración en Judenplatz es el Monumento a la Shoá de Rachel Whiteread. Los nombres de los lugares en los que se asesinaron a los judíos austriacos durante el dominio nacionalsocialista están grabados en los azulejos colocados alrededor el mausoleo.

 
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