Por Israel
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| viernes junio 12, 2020
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Dos sueños palestinos (y uno impide la materialización del otro)


Hay unos palestinos que llevan mucho tiempo soñando con tener, por primera vez en la historia, su propio Estado. Y otros que llevan mucho tiempo también soñando con exterminar Israel, el recreado Estado-nación del pueblo judío. Este segundo sueño ha impedido la materialización del primero.

La semana pasada, el presidente Trump desveló lo que viene siendo denominado (por ejemplo, por el New York Times) su “plan de paz para Oriente Medio”. Se trata de una expresión inadecuada. Las guerras que se están librando en la región –en Siria, el Yemen, el Sinaí…– no se verán afectadas por lo que sea que ocurra entre los palestinos y los israelíes.

También se está hablando del Acuerdo del Siglo. Pero Jared Kushner, su autor principal, dice que debería ser visto más bien como la Oportunidad del Siglo. Lo que permite evocar la observación del diplomático israelí Aba Eban, hace medio siglo, de que los palestinos “nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad”.

Eban asumía que los palestinos anhelaban la paz, la prosperidad y la libertad, pero que siempre acababan por perder pie antes de alcanzar la meta. Hamás, que tomó el poder en Gaza luego de la retirada israelí del territorio (2005), tiene otras prioridades. Su carta fundacional dice claramente: “Israel existirá hasta que lo arrase el Islam”. Y añade:

No hay solución para la cuestión palestina que no pase por la Yihad. Las iniciativas, propuestas y conferencias internacionales son todas empresas vanas y una pérdida de tiempo.

Mahmud Abás, presidente de la Autoridad Palestina (AP), que gobierna en la Margen Occidental, es más nacionalista que islamista, pero también rechaza el plan: “Decimos mil veces no, no y no”.

Esto también tiene resonancias históricas: en 1967, los Estados árabes que rodean a Israel se preparaban para ir a la guerra contra él. El presidente de Egipto, Gamal Abdel Naser, proclamó que el objetivo sería “la destrucción de israel”. El sirio Hafez el Asad prometió que se trataría de una guerra de “aniquilación”, mientras que el iraquí Abdul Rahmán hablaba de “borrar a Israel del mapa”. A Ahmed Shukairy, de una Organización para la Liberación de Palestina (OLP) que por entonces sólo tenía tres años, le preguntaron qué pasaría con los israelíes una vez acabada la guerra. “Preveo que no sobreviva ninguno”, replicó.

Sin embargo, en lo que acabó conociéndose como Guerra de los Seis Días, Israel prevaleció, tomando Gaza de Egipto y la Margen Occidental (incluida la zona oriental de Jerusalén) de Jordania.

Los israelíes se plantearon devolver esos territorios a cambio de un tratado de paz. Pero la Liga Árabe proclamó de inmediato sus Tres Noes:

No a la paz con Israel, no al reconocimiento de Israel, no a las negociaciones con Israel.

Durante los años en que Egipto ocupó Gaza y Jordania la Margen Occidental –tras conquistar ambos dichos territorios en la guerra árabe-israelí de 1948–, ninguno de esos dos países árabes consideró el establecimiento de un Estado palestino.

Pero tras 1967 emergió una nueva idea: si los israelíes dieran esas tierras a los palestinos, ¿obtendrían a cambio la paz?

Se han puesto sobre la mesa propuestas específicas para una solución de dos Estados en numerosas ocasiones, por ejemplo en 1948, 2000, 2001, 2008 y 2014. Las más generosas daban a los palestinos más del 90% de la Margen Occidental, toda Gaza y Jerusalén como capital. Pero en cada ocasión los palestinos –o, más precisamente, quienes toman las decisiones por ellos– dijeron no. Y no plantearon contraofertas.

El plan de Trump ofrece a los palestinos un Estado-nación reconocido con el doble del territorio que actualmente ocupan, una capital en el este de Jerusalén con embajada norteamericana, 50.000 millones de dólares en inversiones y otros beneficios. Pero, de nuevo, se les exige una concesión especial: que acepten el Estado judío.

Para Hamás, ya lo hemos visto, eso no es ni planteable. ¿Quizá el señor Abás haga una reconsideración, no ahora sino en unos meses? Tiene 84 años y lleva 16 en el poder, aunque su mandato era sólo para cuatro. No me lo imagino poniendo fin a su carrera estrechando la mano a un judío israelí en los jardines de la Casa Blanca en presencia de un Donald Trump con una sonrisa de oreja a oreja.

Dicho esto, el plan no deja de tener mérito. En los últimos años, la campaña para deslegitimar y demonizar a Israel, para someterse a un rasero excepcional y discriminatorio, ha ganado posiciones.

A los líderes palestinos se les brindó una gran e inesperada victoria a finales de 2016, cuando el presidente Barack Obama facilitó la aprobación de la Resolución 2334 en el Consejo de Seguridad de la ONU, que estipula que “no hay base legal” para los reclamos de Israel sobre la Margen Occidental –conocida durante siglos como Judea y Samaria–, ni siquiera sobre el bimilenario Barrio Judío de la Ciudad Vieja de Jerusalén y los lugares sagrados del judaísmo en el Monte del Templo.

Así las cosas, ¿Sobre qué bases tendrían los israelíes derecho a nada? Si ese fuera el veredicto no sólo de los enemigos de Israel sino de la comunidad internacional, empezando por EEUU, ¿Para qué iban a comprometerse a nada los líderes palestinos? ¿Por qué iban a aceptar algo que no fuera la rendición de Israel y un nuevo exilio judío, es decir, el “fin de la ocupación”, como se dice por razones de relaciones públicas?

Al presentar un plan que, en vista de la intransigencia palestina, da licencia a los israelíes para alterar los hechos sobre el terreno anexiones mediante, el presidente Trump ha cambiado la dinámica, al menos por el momento.

Quizá el próximo líder de la AP sea lo suficientemente pragmático para reconocer que, en el actual Oriente Medio, donde los imperialistas iraníes chiíes representan una amenaza existencial para sus vecinos, ha llegado la hora de abandonar el sueño de una Palestina libre de judíos que se extienda desde el río [Jordán] hasta el mar [Mediterráneo].

Eso no quiere decir que deba estar de acuerdo con todo lo que han metido el presidente Trump y el señor Kushner en su plan de 180 páginas. Quiere decir que ha de retomar las negociaciones con los israelíes, quizá poniendo una contraoferta sobre la mesa y, por primera vez, hacer la transición desde la resistencia ante el Estado judío hasta la construcción del Estado palestino, un Estado auténtico, con instituciones, no uno fallido que sólo pueda mantenerse a flote gracias a la comunidad de donantes.

Eso alumbraría algo que durante generaciones sólo ha existido en nuestra imaginación: un proceso de paz.

© Versión original (en inglés): FDD
© Versión en español: Revista El Medio

 
Comentarios

Los palestinos siguen atrapados en sus própias contradiciones, y permanecen esclávos de sus ódios y prejuicios, lo cual anúla toda opcion de futuro para ellos, y toda hipotética via de desarollo politico, social y económico …desconozco si en verdad son conscientes de ello, ó incluso si les impórta, me limito a constatar el hecho en si , y a deplorárlo …

Israel debe imponer como condición «sine qua non» a la AP es que deje de estar controlada x los terroristas y mafiosos de la fataj/olp u grupos afines,

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