Por Israel
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| domingo junio 14, 2020
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No importa la dimensión de la tragedia: Odiar es una enfermedad crónica


Esta semana, los nazis intentaron hackear la conmemoración central de Iom Hashoá en Alemania. No pudieron más que por pocos instantes. El gobierno repudió. Pero allí están.77 años después del levantamiento del ghetto de Varsovia, ocho décadas después de terminada la Shoá, allí están: en Alemania, en Francia, en Bélgica, en Estados Unidos, por citar algunos lugares del planeta.
Los nazis norteamericanos salieron públicamente a acusar a los judíos por propagar el coronavirus. Los nazis franceses igual. No importa que Estados Unidos tenga mucho más de 40 mil muertos por el Covid 19 y que Francia ,además de los más de 20 mil muertos, esté colapsada por la pandemia. Los nazis siguen, y si la pandemia nos sigue avasallando y ocupando las energías de todos – gobiernos, académicos, científicos, partidos políticos, sociedad civil – van a avanzar todo lo que puedan porque parte de su forma de pensar es que cuanto peor, mejor.

En esta semana de memoria y reflexión, en esta semana de Iom Hashoá, que antecede a más dolor y memoria cuando en unos días hagamos silencio en Iom Hazicaron, queremos compartir algunos de los pensamientos que se plasmaron en 1945 cuando el mundo empezó a ver con sus propios ojos lo que los nazis habían sido capaces de hacer. Esta semana, Matías Bauso publica en Infobae una extensa nota histórica que recuerda cuando hace 75 años Marshall Levin, periodista norteamericano, y Eric Schwab, fotógrafo francés, fueron los primeros en ingresar al campo de concentración de Ohrdruf.

El corresponsal de guerra y el fotógrafo detuvieron su vehículo en medio del camino desolado. Un espectro se acercaba a ellos. Por un momento dudaron: no sabían si se trataba de una alucinación o si la escena estaba ocurriendo de verdad. Se convencieron de que no era un espejismo. El hombre más flaco del mundo les hacía gestos para que se detuvieran. Unos harapos apenas cubrían su cuerpo. Cuando se acercaron intentaron entender qué les decía. Pero tenía demasiado para contar y casi nada de energía. Las frases se chocaban entre sí. La potencia de las primeras sílabas se perdía antes de terminar la palabra y su mensaje se convertía en un mazacote ininteligible. Lo ayudaron a subir al jeep. Le dieron agua y algún alimento. Más calmo y reconfortado por la comida, les señaló el camino a tomar. Y les prometió que si seguían sus indicaciones presenciarían algo que nunca olvidarían en su vida.

En la entrada del campo de concentración 29 cadáveres formaban un círculo irregular. Eran los últimos que habían sido acribillados antes de la fuga. Pero esa imagen sólo era un anticipo de lo que iban a encontrar los visitantes. En una barraca los cuerpos sin vida se apilaban desordenadamente. Un depósito caótico de cadáveres. El hedor era insoportable.  Alguien había amontonado a las víctimas en ese sitio. Detrás de la barraca una montaña de tierra auguraba que el desastre continuaría. Meyer y Schwab seguían el recorrido insensibilizados. Tal había sido el impacto que ya no podían pensar, ni distinguir. Schwab hasta perdió su reflejo natural. No pudo en ningún momento alzar la cámara que colgaba de su pecho. A Meyer ni siquiera se le ocurrió sacar de su bolsillo la libreta de notas. Cuerpos tirados en cualquier lado y tres enormes trincheras al fondo. 4 metros de profundidad, 4 metros de ancho y 15 metros de largo. Ahí los nazis descartaban a los muertos. Pero en un momento se percataron que ese espacio era insuficiente dado el flujo incesante de asesinatos y alguien dio la orden de remover los cuerpos lanzados a esas zanjas y quemarlos. No llegaron a completar la operación porque debieron fugar antes.
No vamos a continuar con lo que ya conocemos y que el periodista describe cruda y verazmente. Sabemos que después llegaron los soldados de Estados Unidos, se horrorizaron, filmaron, pero nunca contestaron por qué los Aliados no bombardearon los campos de exterminio dos años antes,un año antes, una vez siquiera.

El corresponsal y el fotógrafo siguieron por otros campos: Buchenwald, Dachau, Terezin. Las fotos de Schwab son históricas, únicas, testimonio permanente de sus ojos horrorizados a través de su cámara. Cuando llegaron a Terezin, narra Matías Bauso, mientras Levin interrogaba a los sobrevivientes, Schwab ingresaba a cada edificio, abría cada puerta. Hasta que entró a una sala en la que una mujer muy delgada, algo encorvada y cubierta de canas entretenía a un grupo de chicos muy pequeños. Al escuchar la puerta la señora giró y miró al visitante. Se reconocieron al instante. Eric Schwab, el fotógrafo, había, por fin, encontrado a su madre.
Ocho décadas después, Schwab hoy podría fotografiar nazis con banderas con cruces gamadas. Las llevan hoy en las manos y en el corazón los antisemitas desaforados que usan una pandemia para desaforarse más aún. No vamos ahora a volver a pedir responsabilidades a una comunidad internacional impávida y desaparecida en acción, cuando sabemos que serían reclamos en el desierto. Simplemente, vamos a enfrentarlos. Los que recordamos las barbaries del hombre todos los días. Los que creemos en la democracia y la libertad. Que a la larga somos mayoría.

 
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