Por Israel
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| jueves julio 7, 2022

¿Se trata de un chantaje?


Al leer una nota en español, traducida de una publicada en The Times of Israel, bajo el título “Los judíos de Catia” de Óscar Reyes-Matute, me sentí molesta por varios motivos, comenzando porque su autor afirma que “sabemos muy bien que no es fácil ser judío”, es decir, está consciente de todos los problemas que como judíos enfrentamos y a pesar de ello, no tiene ningún remordimiento en causarnos uno adicional a través de mentiras y de manipulaciones perversas.

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Entre las más serias tergiversaciones de la nota de Reyes-Matute vemos que plantea determinada situación como si se tratara de una lucha de clases entre los judíos de Caracas, en un intento de confundir a quienes no conocen la ciudad y la idiosincrasia del pueblo judío, y dio inicio a ese punto diciendo: “Es lo habitual entre los judíos del este de Caracas, las zonas clase media y clase media alta de la ciudad, pese a que se trata de una población de mayoría liberal, pro capitalista, fuertemente anticomunista, que no odia a los iraníes y a Nicolás Maduro. Allí están ubicadas las 4 sinagogas más importantes de la ciudad. Catia, por otra parte, es el segundo barrio más grande de Caracas…”. Aclaramos: Cuando habla de sinagogas en el Este, está lejos de la verdad, pues son sucursales de las verdaderamente más grandes e importantes sinagogas de Caracas: la más antigua, la sinagoga Tiferet Israel, conocida como la sinagoga de Maripérez, por su ubicación en esa zona colindante con el centro de nuestra capital, una zona de clase media. Y, la otra, la sinagoga de la Unión Israelita de Caracas, asentada en la parroquia San Bernardino, populosa y clase media venida a menos, sobre todo en estos terribles tiempos.

 

Como en toda sociedad, la población judía de Caracas no es ajena a las clasificaciones sociales, especialmente por su poder adquisitivo y por su visión cultural. Sin embargo, en esa lucha de clases que engañosamente describe Reyes-Matute sobre la comunidad judía, en la práctica afirma que en nuestra comunidad “únicamente” hay judíos ricos, lo cual no es cierto, pues en la comunidad judía caraqueña como en la mayoría de sitios, hay de todo y, en esta época de dificultades, enfrenta una serie de contratiempos para poder ofrecer servicios básicos a sus miembros, entre ellos salud, alimentación y educación. Señalar que “todos los judíos son ricos” es uno de los prejuicios antisemitas clásicos con el que suelen agredirnos; desde niña he escuchado: “los judíos son banqueros”, “controlan el mundo”, “son dueños de todos los medios”, “eligen presidentes” y un larguísimo etc. El utilizarlo como excusa para determinados logros parece un chantaje, sobre todo viniendo de quien dice saber que no es fácil ser judío.

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Por otra parte, cabe aclarar el valor del trabajo serio y honesto que ha marcado las pautas de los judíos caraqueños que se destacaron en sus áreas. La mayoría son nietos de inmigrantes, llegados a nuestra tierra de gracia sin posibilidades económicas y araron en un terreno fértil, logrando con sus conocimientos y tesón, una posición en la sociedad. No vayamos a caer en la trampa populista de que “ser rico es malo”, sobre todo si con el producto de un trabajo digno se contribuye al bienestar de sus correligionarios y del país.

Pese a la exacerbación del antisemitismo por parte del gobierno chavista, especialmente en su disfraz de antisionismo, no es cierto que en Venezuela sea un motivo de acoso llevar una kipá. Lo que dice este autor defensor de un sector de los bautistas de Catia es imaginario.

Por supuesto que me alegra que haya personas que por propia convicción quieran ser judíos, en un mundo lleno de prejuicios, incomprensión e intolerancia; no obstante, pertenecer a una comunidad es aceptar sus normas, no procurar saltarlas o peor, cambiarlas. Las conversiones tienen reglas estrictas y sus motivos para ello son muy legítimos. A fin de efectuar conversiones reales tienen que contactarse con el rabinato en Israel, que guiara a los aspirantes en un proceso laborioso que lleva su tiempo. No es como Reyes-Matute quiere hacernos creer en una especie de acusación: “Alguna vez quise ponerlos en contacto con los otros judíos de las ricas sinagogas del este de Caracas y con sus rabinos, para que se formara un comité rabínico y les hicieran el examen de conversión. La respuesta fue contundente y negativa: si quieren, que vayan a Israel y se conviertan allá. Aquí en Caracas no…”. Otra vez aplicando el inexistente dilema de diferencias sociales y sus luchas.

Pertenecer a una comunidad es aceptar con responsabilidad sus normas y obligaciones, entre las que se cuenta la probidad en cuanto al deseo. La crítica de Reyes-Matute es injusta, además de activar viejos estereotipos antisemitas, para señalar a la comunidad judía de Caracas por exigir, con todo derecho, el cumplimiento de los pasos inherentes a las conversiones. En caso de no aceptar esas condiciones, lógicamente no pueden pertenecer a esa comunidad y los chantajes no son válidos.

 

No intento iniciar un debate de conocimientos cabalísticos, allá Reyes-Matute con el empleo histriónico de su sapiencia que, en definitiva, no tiene derecho a juzgar ni a fomentar una errónea imagen de una comunidad que es y ha sido ejemplar.

 

ESTE ES EL ARTICULO AL QUE SARA WOLF RESPONDE :

Catia: Janucá desde la sinagoga más humilde del Hemisferio Occidental

Óscar Reyes-Matute

Óscar Reyes-Matute
The Times of Israel

https://blogs.timesofisrael.com/catia-hanukkah-from-the-most-humble-synagogue-in-the-western-hemisphere/

 

Los que coincidimos en este periódico sabemos muy bien que no es fácil ser judío. Nunca lo ha sido y menos en estos días.

Usar una kippá es poner en riesgo la vida. Nunca sabes en qué momento puedes ser víctima de un atentado antisemita.

Por eso, algunos rabinos en USA han recomendado el uso de la kippá exclusivamente para la sinagoga.

Hay una tradición sefardí que me ha sido transmitida por el rabino Manny Viñas, de Yonkers, NY, según la cual los judíos descendientes de sefardíes no usan la kippá en la calle, la llevan en el bolsillo, y la usan sólo cuando entran a su casa, a su oficina o a la sinagoga.

Es lo habitual entre los judíos del este de Caracas, las zonas clase media y clase media alta de la ciudad, pese a que se trata de una población de mayoría liberal, pro capitalista, fuertemente anticomunista, que no odia a los iraníes y a Nicolás Maduro. Allí están ubicadas las 4 sinagogas más importantes de la ciudad.

Catia, por otra parte, es el segundo barrio más grande de Caracas, después de Petare, la favela más grande de la ciudad, y una de las mayores de América Latina.

Catia es una zona llena de comercios árabes, comenzando por la franquicia DA+CO (Damasco & Company), restaurantes, pequeños locales, tiendas de comida como El Arabito, donde consigues productos importados de Siria e Irán.

Tradicionalmente, ha sido un bastión del chavismo, y de los grupos que apoyan a Nicolás Maduro. Aquí la oposición nunca ha ganado una elección. La zona no la controla la policía, ni el ejército, sino los grupos armados, Los Colectivos, que tienen el monopolio de la violencia y las armas.

Sin embargo, aquí me siento más seguro que en mi antigua casa en Sebucán, el exclusivo barrio del este de Caracas donde antes vivía, y donde me asaltaron 4 veces.

Claro, los delincuentes de Petare se iban al este de la ciudad a asaltar a los ciudadanos clase media y clase media alta, no tenía sentido asaltar a la gente de su propio barrio, son muy pobres.

El barrio pobre, la favela, queda entonces para el tráfico de drogas y armas. Pero eso genera sangrientas guerra de bandas, por el control y la supremacía de esos mercados ilícitos.

En Petare, la vida no vale nada.

En Catia hay paz, pero es el peor sitio para llevar puesta una kippá.

Sin embargo, los sábados, a una cuadra de la estación del metro Plaza Sucre, desde las 8 y media de la mañana, puedes escuchar cánticos en hebreo.

No lo puedes creer: ¿de dónde vienen esas oraciones?

Hay una sinagoga en Catia, yo diría que la más humilde del hemisferio occidental.

No son sefardíes ni asquenazis, ni siquiera son Bnei Anusim como yo, que soy probable descendiente de los Matute de Guadalajara: ellos son judíos por elección.

Se han circundidado, y tienen un anciano nazir que guía el servicio de shabbat, con rezos, meditaciones, y encuentro familiar.

Viven una vida kosher en silencio, son casi invisibles.

Una interpretación cabalística, también del rabino Viñas, entiende que ellos encarnan el significado profundo de la categoría «las tribus perdidas de Israel.»

¿Cómo es que esas almas judías han reencarnado en esos humildes cuerpos de trabajadores de uno de los barrios más duros de Caracas, en un país llamado Venezuela, con todas las miserias asociadas a esta nación que antaño fue tan rica?

El propio Viñas señala que se trata del advenimiento de una era más cerca de la categoría del Mesías, a saber, una era en que hasta los niños van a tencer acceso al conocimiento del Creador.

Mi maestro Michal Laitman, señala que Israel no es sólo un estado nacional, que se trata más bien de un estado espiritual de conexión con el universo, con el Creador: Yasar-El, directo a él.

Viñas, citando fuentes cabalísticas y rabínicas muy sólidas, señala que a los ojos del Creador, tiene más mérito llegar por pasos propios al judaísmo, llegar a Israel por elección, por un despertar espiritual. Tal y como han hecho estos hombres justos de Catia, en Venezuela.

Entiendo que les han ofrecido viajar a Israel, y tal vez hacer una aliya, pero ellos siguen aquí, es su elección: ser judíos en Catia.

Alguna vez quise ponerlos en contacto con los otros judíos de las ricas sinagogas del este de Caracas y con sus rabinos, para que se formara un comité rabínico y les hicieran el examen de conversión.

La respuesta fue contundente y negativa: si quieren, que vayan a Israel y se conviertan allá. Aquí en Caracas no…

Enseguida me acordé de las lecciones de mi maestro Laitman, incluso en este diario, donde tiene su blog, que yo traduzco al español como parte de mi trabajo en el gupo Bnei Baruch: la responsabilidad por todos los males del pueblo judío empieza por ellos mismos, por su falta de unidad, por las infinitas divisiones internas, miserias y egoísmos que los han plagado durante miles de años. Y no habrá paz ni cesará el antisemitismo hasta que los propios judíos no se comporten entre ellos como dice la Torá.

En Venezuela había 30.000 judíos, quedan 5.000.

Y si desprecias a los que te quieren, como a estos judíos de Catia, ese número seguirá descendiendo, mientras que los islamistas se reproducen de manera exponencial en Europa, que va a terminar siendo islámica si continúa este ritmo.

Hay que ser valiente para ponerse una kippá hoy en día en cualquier lugar del mundo, imagínate en Caracas, y más aún en Catia. Y ellos lo hacen.

Yo entiendo que no existe una tradición de proselitismo en el judaísmo. Los judíos no salen a buscar nuevos fieles, no salen a buscar a gente que se convierta, como hacen los evangélicos.

El judaísmo se hereda, y aún no estamos claros de si se trata de una bendición o de una especie de tara. ¿Quién querría ser judío? Son tantos los mandamientos, son tantos los riesgos…

Bueno, pues estos judíos de Catia, por elección propia, y para toda la vida.

Así que sepan todos que hay una veintena de hombres que se juntan todos los sábados, en la sinagoga más humilde del Hemisferio occidental, a rezar por Israel, a rezar por el mundo, por la paz, por la redención.

Han oído el llamado, han tenido un despertar espiritual, y han emprendido el camino de regreso a Israel, .

A los ojos del Creador, tal vez valen más que 10 rabinos juntos.

 

 
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