Por Israel
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| lunes abril 26, 2021
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Fronteras imaginarias


Si uno mira un mapamundi de hace poco más de un siglo, descubrirá que las fronteras de grandes zonas del mundo eran muy distintas, especialmente en el continente africano y lo que conocemos como Oriente Próximo, a partir de la desintegración del Imperio Otomano tras su derrota en la Primera Guerra Mundial, lo que dio paso a una parcelación en países sin casi ninguna referencia a la historia o unidad étnica de los mismos. Las naciones triunfantes de la contienda se repartieron el territorio, creando nuevos países en respuesta a las alianzas tribales que encontraron en la zona. A la familia Saúd se les entregó un país que no tuvieron ningún reparo en apellidar como ellos mismos: Arabia Saudita. Más recato tuvo el clan de los Hachemi cuando en 1922 los británicos les regalaron el país que bautizaron Transjordania, esquilmando el 77% del territorio de la Palestina bajo Mandato que Londres había prometido en una declaración para servir como Hogar Nacional a los judíos del mundo.  Luego repitieron el reparto de dividendos en Catar, Omán, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y Kuwait, especialmente cuando la inválida arena del desierto se descubrió como hogar del preciado oro negro.

 

Ya conocen seguramente el resto: tras la vergüenza de la inacción durante el Holocausto, el Reino Unido propició una nueva partición de lo que quedaba de Palestina para crear dos nuevos países, y nuevamente a los judíos le correspondió la parte más pequeña y de peores condiciones climáticas y económicas. Los judíos bailaron en las calles festejándolo. Los árabes se negaron y declararon la guerra. Ante tal arbitrariedad de fronteras no estaría mal redibujar el Oriente Próximo, por ejemplo, respetando las naciones históricas. Irán se volvería a llamar Persia, de la mayor parte de lo que hoy día son Irak y Siria nacería Mesopotamia o Babilonia, pero con un nuevo país ocupando el norte, incluyendo también parte de la Turquía actual: Kurdistán. En cuanto al Líbano, por fin podría independizarse del acoso de su vecino y ocupante musulmán, para convertirse en verdadera patria de los árabes cristianos, a los que no les vendría nada mal formar una confederación con Israel, que recordaría a la que hace milenios forjaron los judíos con sus vecinos, y que con toda lógica recuperaría el nombre de Fenicia. En cuanto al resto, básicamente arena y petróleo, no son más que aquella Gran Arabia que prometieron los británicos a Faysal a través del legendario T. E. Lawrence.

 

Los niños del mundo nos estarían agradecidos cuando tuvieran que calcar mapas y recordar capitales. Los árabes lograrían volver a estar unidos como sólo lo han estado bajo la fuerza de conquistadores e imperios ocupantes como los mamelucos, marcando sus propias diferencias culturales con turcos, persas, kurdos, judíos y cristianos. Está claro que muchos criticarán esta propuesta como algo meramente especulativo, pero resulta en muchos sentidos más lógico y justo que lo que se dibujó hace poco más de un siglo desde unos despachos de Londres y París. Y sin “borrar” a nadie del mapa, como muchos pretenden con Israel desde su renacimiento

 
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