Por Israel
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| sábado octubre 16, 2021

Hamás debe ser contundentemente derrotado


Desde la violenta toma del poder por parte de Hamás en Gaza (2007), Israel ha tratado de adaptarse de la mejor manera a una situación mala. La reconquista militar estaba fuera de discusión, dada la retirada del Ejército de la Franja (2005) y la reluctancia israelí a reasumir el control sobre el millón y medio de gazatíes. En esas circunstancias, permitir que Hamás se hiciera cargo de los asuntos cotidianos de la población local y constreñir a un tiempo su desarrollo militar era visto como el menor de los males. Sobre todo teniendo en cuenta que el control de la Franja por parte de Hamás creó una entidad política rival de la Autoridad Palestina de la OLP, lo que reduciría la capacidad palestina de causar daño estratégico a Israel.

En la práctica, esto condujo a una situación compleja e incierta. Por un lado, redujo el potencial explosivo de la Franja y reforzó la capacidad de las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel) para proceder contra la implicación de Irán en Siria y el envío de armas de Teherán a Hezbolá. Por el otro, produjo una inestabilidad crónica, manifiesta no sólo en el continuo desarrollo de las capacidades de Hamás sino en las tres guerras con la referida organización terrorista (2008-9, 2012 y 2014). Estos enfrentamientos, junto con otras manifestaciones de la violencia de Hamás (como los choques fronterizos y la campaña de globos incendiarios) expusieron los fallos de una estrategia que apostaba por las soluciones temporales en vez de por lograr una victoria clara.

Tampoco los acuerdos de alto el fuego o el flujo de dinero catarí a Gaza consiguieron sus objetivos, pues no consiguieron romper la lógica subyacente del juego del gato y el ratón entre Hamás e Israel. Hamás vio esos acuerdos como una carta blanca para las acciones terroristas limitadas que no socavaran el marco general de la calma, mientras que Israel no podía acometer un alivio del cerco sobre Gaza para que Hamás no se tornara demasiado poderosa.

Así, las partes se fueron dejando llevar hasta la guerra actual, que estalló no por Jerusalén (un mero pretexto) sino por la premeditada decisión de Hamás de efectuar un despliegue masivo de fuerza en un contexto marcado por dos elementos distintos:

– La tendencia pragmático-utilitaria de la última década en la región, que culminó en la relegación del problema palestino y la firma de acuerdos de normalización entre Israel y cuatro Estados árabes.

– Un cambio en el panorama geoestratégico perjudicial para Israel (y los Estados árabes suníes), debido sobre todo a la política de la Administración Biden de apaciguamiento frente a Irán y de abandono de los aliados tradicionales de EEUU en la región, especialmente de los socios de Israel en los Acuerdos de Abraham.

Así pues, la conflagración presente coloca a Israel frente a un dilema: persistir en una estrategia que ha producido largos periodos de relativa calma en el marco de un conflicto crónico o, por el contrario, adoptar una nueva que busque una victoria decisiva. Este último enfoque ha estado ausente del discurso estratégico-militar de Israel en las últimas décadas (por no decir desde la guerra de octubre de 1973), reemplazado por una estrategia de no victoria que sustituye las incursiones terrestres por las campañas aéreas, asumiendo las limitaciones operativas de estas últimas. Este enfoque se vio reforzado por la efectividad del sistema antimisiles Cúpula de Hierro para reducir la capacidad de Hamás de infligir daño masivo, lo cual redujo la presión pública para una incursión a gran escala sobre Gaza. Como consecuencia, las tres guerras entre Israel y Hamás han acabado de manera no concluyente.

Israel no puede permitirse el lujo de perseverar en una estrategia de quedarse a mitad de camino, pues no se corresponde con el espíritu de los tiempos ni los cambios de aires en la región. En su lugar, debe adoptar otra que vea la guerra en curso como una oportunidad para recomponer las reglas del juego: en lo relacionado no sólo con Hamás sino con otros enemigos regionales (Irán, Hezbolá, la Autoridad Palestina y los elementos extremistas de la comunidad árabe-israelí) y con los aparentes amigos, como la UE y la Administración Biden, que ya apuestan por un enfoque equilibrado.

El actual enfrentamiento en Gaza no ha de acabar con otro cierre en falso, sino producir una victoria apabullante que incluya el desmantelamiento de las capacidades de combate de Hamás y la creación de una dura realidad en la Franja. Lo cual requerirá una gran incursión terrestre que podría acarrear un gran coste humano a Israel, algo que el Estado judío trata de evitar desde hace décadas. Pero así enviará un mensaje claro e inequívoco, tanto a los amigos como a los enemigos, sobre los límites de su tolerancia, y el precio que se paga por cruzar sus líneas rojas.

 
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