Por Israel
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| viernes junio 11, 2021

La tragedia de Benjamín Netanyahu


Foto GPO

Esto no tenía que acabar así. Puede que en sólo unos días el inédito mandato de 12 años de Benjamín Netanyahu como primer ministro de Israel llegue a su fin. Aunque lleva un año añadiendo lustre a sus grandes logros, una bizarra coalición de izquierdistas, centristas y derechistas está a punto de desalojarle del poder sin la menor de las ceremonias.

A menos que Netanyahu y sus cada vez más desesperados y enfurecidos seguidores consigan de alguna manera sabotear la creación de un “Gobierno de cambio”, o que la pugna por los cargos entre los potenciales socios acaben dinamitando el proclamado acuerdo, el líder del partido Yamina, Naftalí Bennett, jurará en breve como nuevo primer ministro de Israel.

De hacerlo, encabezará una amalgama de políticos que están de acuerdo en una cosa: Netanyahu se tiene que ir. Bennett, que habría servido con gusto en otro Gobierno Netanyahu si se hubiera dado la ocasión, fue mayormente forzado a escoger entre condenar a Israel a sus quintas elecciones en dos años o formar parte de un Ejecutivo que pusiera fin ese disparate electoral. Su decisión parece estar en línea con los deseos de la mayoría de los israelíes, pero en contra de la voluntad de la mayoría de sus propios votantes derechistas.

Todo esto quiere decir que, tan pronto Bennett y Yair Lapid –jefe del segundo partido más importante del país, Yesh Atid– finiquiten los acuerdos con las formaciones más pequeñas y con el partido islamista Raam de Mansur Abás, la era Netanyahu llegará a su fin. Entonces, es probable que la Knéset apruebe una ley para limitar los mandatos del primer ministro, y también es prácticamente seguro que legisle para forzar a dimitir a todo gobernante con causas penales abiertas. Lo cual asegurará que Netanyahu no vuelva a la residencia oficial de la calle Balfour de Jerusalén.

Según las encuestas, los israelíes consideran que Netanyahu sigue siendo el más cualificado para dirigir el país. Además, Bibi sigue siendo objeto de devoción para una abrumadora mayoría de los miembros de su partido Likud, muchos de los cuales están, como él, sonando algo histéricos ante un escenario protagonizado por una coalición de la que forma parte gente con unas posiciones que no están en sintonía con el consenso nacional a cuenta del proceso de paz y de la necesidad de detener la amenaza iraní.

Pero, en vez de bramar contra Bennett y su correligionaria Ayelet Shaked, deberían culpar a su objeto de veneración. La creación del denominado “Gobierno de unidad” será posible única y exclusivamente por un solo hombre. Benjamín Netanyahu.

La razón por la que Netanyahu fracasó a la hora de conformar una coalición mayoritaria es propia de una tragedia griega.

Con su exitosa gestión de la pandemia del coronavirus y la firma de los Acuerdos de Abraham, Netanayhu está en condiciones de decir que está en lo más alto de este juego. Esos éxitos podrían haber sido razón suficiente para mantenerle en el poder, sobre todo teniendo en cuenta los desafíos que tiene planteados Israel, con Hamás, Hezbolá, Irán y los esfuerzos de la Administración Biden por alterar el equilibrio de poder en la región en detrimento del Estado judío y sus nuevos aliados árabes.

Pero esa coalición se tornó imposible no por diferencias de orden político sino por la desconfianza que suscita Netanyahu.

Cabe argüir que las cualidades de Netanyahu como gobernante prevalecen sobre las fallas de su carácter. Pero sus problemas van más allá del hecho de que la mayoría del establishment mediático, intelectual, judicial y burocrático israelí está en su contra. Los endebles cargos por corrupción que trata de impugnar pueden ser vistos como fruto de esa animadversión.

El bagaje de todos estos años en el poder podría ser un peso enorme para cualquiera en la mejor de las circunstancias. Pero es que además Netanyahu se ha pasado la última década echando del Likud a cualquier posible sucesor. También ha convencido a casi todo el que ha llegado a un acuerdo de coalición con él de que acabará siendo engañado. El líder del Partido Azul y Blanco, Benny Gantz, que firmó un acuerdo de reparto del poder el año pasado que todo el mundo predijo que Netanyahu incumpliría, es sólo un ejemplo. Así las cosas, la credibilidad de Netanyahu está por los suelos.

Es igualmente cierto que quien hundió las esperanzas de Netanyahu –que, como sus posibles sucesores, habría dependido de la buena voluntad del Raam de Abás– no fue Bennet. Aunque ha dirigido toda su potencia de fuego contra él –su antiguo ayudante y admirador–, fue Bezalel Smotrich, jefe del derechista Partido Religioso Sionista, quien, con su oposición, hizo ese escenario imposible. Smotrich es más o menos una criatura de Netanyahu, que se ha dedicado a potenciarlo para debilitar a Bennett y a Shaked, socios más creíbles. Pero, en vez de presionar a Smotrich, Netanyahu siguió demonizando a los dirigentes de Yamina por mera animadversión personal.

¿Será el nuevo Gobierno el desastre que auguran los partidarios de Netanyahu? Quizá. Pero, de nuevo, es posible que estén exagerando groseramente sus potenciales defectos. Para que funcione, y asumiendo que sobreviva bastante pese a sus contradicciones, tendrá que poner a un lado los objetivos ideológicos de sus componentes izquierdistas y derechistas y concentrarse en administrar un país que lleva años sin presupuesto, fruto del bloqueo producido por el destino de Netanyahu. Tienen multitud de razones para remar juntos, a menos que quieran condenar al país a otras elecciones, en las cuales podría prevalecer un Likud post Netanyahu (al que algunos del nuevo Gobierno querrían sumarse).

Aun así, la presencia de izquierdistas en puestos ejecutivos (si bien serán minoría en el gabinete de seguridad) provocará que a muchos de los que apoyaron a Netanyahu les preocupe que el nuevo Gobierno fracase a la hora de defender adecuadamente los intereses de Israel.

Netanyahu podría haber evitado fácilmente este estado de cosas. Con seguridad habría habido un Gobierno derechista con amplia mayoría parlamentaria si él hubiera decidido hacerse a un lado, bien mediante un retiro temporal u optando a la elección como presidente del país. De hecho, personalidades del Likud como el ministro de Finanzas, Israel Katz, le instaron a ello. Pero Netanyahu se cree indispensable y no soltó las riendas, lo cual dice mucho sobre él, que ha preferido que el Gobierno quede en manos de una coalición con presencia de izquierdistas antes que en las de un Likud comandado por alguien no apellidado Netanayhu.

Como el protagonista de un clásico griego, Netanyahu no cae tanto por las acciones de unos rivales malévolos o por factores externos como por sus propios defectos personales.

Netanyahu puede pasar a la Historia como uno de los más grandes líderes del país, así que merece un final mejor, o al menos más digno. Pero algunas de las características que le han hecho un gran líder, empezando por ese sentimiento que tiene de ser el único que puede resolver los problemas del país, explican también su caída. Su negativa a tratar a otros políticos con menos talento como colegas dignos de confianza o de ser escuchados, así como su concepción de que para él no rigen las mismas normas que para los demás, le ayudaron a llegar donde ha llegado y a mantenerse en el poder. Pero su hamartia –así denominaban los griegos a la debilidad de los héroes de sus mitos– también le ha conducido a este momento, en el que tanto los amigos como los enemigos ideológicos se han aliado contra él. Ámalo u ódialo, he aquí una tragedia. Que en buena medida se ha infligido él mismo.

© Versión original (en inglés): JNS
© Versión en español: Revista El Medio

 
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