Por Israel
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| martes septiembre 21, 2021

Bruce Springsteen y yo

Springsteen me ayudó a sobrellevar mis años de angustia adolescente.


«He visto el regreso de Broadway, y su nombre es Bruce Springsteen».

Así comienza la entusiasta reseña de Nick Corasatini sobre el regreso de Springsteen a Broadway, el primer espectáculo pago en 471 días, poniendo fin al cierre más largo de su historia. (La frase es un juego de palabras basada en la famosa declaración de Jon Landau en mayo de 1974: «He visto el futuro del rock and roll, y su nombre es Bruce Springsteen»).

En mi corazón, sigo teniendo un punto débil respecto a Springsteen. En mi adolescencia era un gran admirador y lo vi cuatro veces con la E Street Band en su incomparable concierto de 4 horas. La verdad es que todos mis amigos cercanos eran fanáticos de Springsteen, así como mi hermano mayor que tocaba a la batería en la banda de rock de la escuela secundaria al estilo Springsteen.

No se trataba sólo de buen rock and roll. Springsteen capturaba en palabras, imágenes y música la profunda angustia que bullía en mi interior, un confundido adolescente de 15 años tratando de entender el mundo. De sus historias sobre personas que añoraban la libertad, la independencia y la redención, hasta sus gritos guturales al final de Jungleland, nadie me hablaba más directamente que Springsteen.

Me sentía como Holden Caulfield rodeado por un mar de falsedad. Anhelaba un significado y un propósito, pero no tenía idea dónde encontrarlo. Bruce Springsteen capturó elocuentemente mi dolor y fue como si ese tipo súper genial se acercara y me dijera: «Te entiendo, chico. Todo va a estar bien».

Tomemos como ejemplo su canción Thunder Road, sobre un joven solitario que llega a salvar a una jovencita estancada en un pueblo de sueños rotos. Con su guitarra y su auto él la va a «llevar a la tierra prometida».

… la noche irrumpe con fuerza

Estos dos carriles nos llevarán a alguna parte

Tenemos una última oportunidad de hacerlo realidad

cambiar esas alas por unas ruedas

Sube atrás, el cielo nos espera en el camino…

Oye, sé que es tarde, podemos lograrlo si corremos…

Desde tu portal hasta mi asiento delantero

La puerta está abierta, pero el viaje no es gratis

Y el triunfante final de la canción:

Esta es una ciudad llena de perdedores y yo me largo de aquí para ganar.

Cuando estaba en 11° grado, decidí que era absolutamente esencial para mis compañeros de clase descubrir el increíble significado y la sabiduría de esta canción. Con gran seriedad y lamentablemente mucha ingenuidad, quería despertarlos a la realidad de que en la vida hay mucho más que la «cinta transportadora» en la que la sociedad los había colocado, y quién mejor que «El Jefe» para transmitirles esa idea.

Le pregunté a mi profesor de inglés si me podía hacer cargo de una clase para profundizar en la letra. A fin de cuentas, se trataba de poesía. Supongo que mi seriedad lo convenció (y fue demasiado amable como para señalar mi ingenuidad), y estuvo de acuerdo. Mirando hacia atrás, ese fue el comienzo de mi carrera como rabino. Todavía no creía en Dios y el judaísmo en ese momento para mí no significaba nada, pero estaba al tanto de los objetivos principales del judaísmo: la búsqueda de la verdad durante toda la vida y la responsabilidad de ayudar a la humanidad de la mejor forma que te sea posible.

Me llevó unos años más «viajar y llegar a la tierra prometida», y descubrir el poder de la antigua sabiduría judía para calmar mi angustia. Me siento agradecido con Bruce Springsteen por tomar mi mano durante ese período tan perplejo y brindarme un poco de fe y de magia en medio de la noche

 
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