La experiencia histórica nos refiere de forma palpable una estrecha conexión entre dictadores, la violación de los derechos humanos y el antisemitismo. Uno de estos casos es el del bielorruso Alexandr Lukashenko, quien ocupa el poder desde hace 26 años; hace más o menos un mes, aprovechó su discurso en homenaje a los soldados soviéticos que lucharon contra la Alemania nazi, para lanzar una insólita arremetida contra el mundo judío. El déspota bielorruso dijo: “Los judíos pudieron hacer que el mundo recordara el Holocausto, y el mundo entero se inclina ante ellos, temiendo decirles una palabra equivocada”. Su idea central fue exigir un mayor reconocimiento a los sacrificios de sus compatriotas en el combate junto a las fuerzas soviéticas. Ya en el pasado, Lukashenko hizo comentarios antisemitas; además, tiene un largo repertorio de violaciones a los derechos humanos: desapariciones, censura a la libertad de expresión, castigos a la prensa indómita, hostigamiento a activistas en favor de la democracia. Recientemente, Lukashenko defendió el desvío y aterrizaje forzoso del avión de Ryanair para detener a un joven disidente, el bloguero Roman Protasevich, quien desde ese momento se encuentra encarcelado.











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