Por Israel
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| miércoles diciembre 1, 2021

VAIERÁ 5782


B’H

Génesis 18:1-22:24

Di-s se revela a Abraham tres días después de la circuncisión del primer judío a la edad de 99 años; pero Abraham se retira rápidamente del encuentro para preparar una comida para tres invitados que aparecen en el calor del desierto. Uno de los tres, que son ángeles disfrazados de hombres, anuncia que, exactamente en un año, la infértil Sara dará a luz a un hijo. Sara se ríe.

Abraham suplica a Di-s que perdone a la perversa ciudad de Sdom. Dos de los tres ángeles disfrazados arriban a la ciudad perdida, donde el sobrino de Abraham, Lot, les extiende su hospitalidad y los protege de las malvadas intenciones de la multitud. Los dos huéspedes revelan que vinieron a destruir el lugar y para salvar a Lot y su familia. La esposa de Lot se convierte en una estatua de sal cuando transgrede el mandato de no mirar hacia atrás a la ciudad en llamas mientras escapan.

Mientras se refugiaban en una caverna, las dos hijas de Lot (creyendo que ellas y su padre eran los únicos vivos en todo el mundo) embriagan a su padre, se acuestan con él y quedan embarazadas. Los dos hijos nacidos de este incidente son los padres de las naciones de Amón y Moab.

Abraham se muda a Grar, donde el rey filisteo Avimelej lleva a Sara, que es presentada como la hermana de Abraham, a su palacio. En un sueño, Di-s advierte a Avimelej que morirá a menos que devuelva la mujer a su marido. Abraham explica que temía ser asesinado por la hermosa Sara.

Di-s recuerda Su promesa a Sara y le da, junto con Abraham, un hijo, que es llamado Itzjak («se reirá»). Itzjak es circuncidado a los ocho días; Abraham tiene 100 años y Sara 90 en el momento del nacimiento.

Hagar e Ishmael son expulsados de la casa de Abraham y deambulan por el desierto; Di-s oye el llanto del muchacho agonizante y le salva la vida mostrándole a su madre un pozo de agua. Avimelej hace un pacto con Abraham en Beer Sheva, donde Abraham le entrega siete ovejas como símbolo del pacto.

Di-s prueba la devoción de Abraham ordenándole sacrificar a su hijo Itzjak en el Monte Moriá (el Monte del Templo) en Jerusalén. Itzjak es atado y colocado en el altar, y Abraham levanta el cuchillo para degollar a su hijo. Una voz del cielo le ordena detenerse; un carnero, atrapado en los arbustos por sus cuernos, es ofrecido en lugar de Itzjak. Abraham recibe la noticia del nacimiento de una hija a su sobrino Betuel.

 

CONTRA SU PROPIA NATURALEZA

Al relatar el sacrificio de Itzjak, cuando Abraham toma el cuchillo, la Torá utiliza una frase un tanto extraña: “Envió Abraham su brazo y tomó el cuchillo”, en lugar de decir directamente “Y Abraham tomó el cuchillo”. ¿A qué se debe el uso de las palabras “y envió su brazo”? Abraham era el epítome de la bondad, es más, todo él era bondad, hasta la última de sus células era bondad. Por ende el simple hecho de causar daño a un ser vivo, independientemente de que se tratara de su hijo, iba contra su propia naturaleza. Pero había de por medio un mandato Divino, y para cumplirlo debió “obligar” a su cuerpo a llevarlo a cabo, por ello “envió su brazo” a tomar el cuchillo para realizar el sacrificio.

De aquí debemos aprender a dejar de lado nuestras propias inclinaciones, nuestra propia naturaleza cuando se trata de cumplir la voluntad del Creador.

 

 

Creyendo nuevamente

Por Yosef Lewis

Caminando por los senderos de un Auschwitz esterilizado por el tiempo pasado desde los horrores perpetrados aquí, comencé a dudar de la humanidad y de su Creador. Miré el exuberante verde de un árbol reflejado en un charco, combatiendo el hecho obvio de que los árboles no pueden ser verdes aquí, y que el agua no puede reflejarlos. Este es el infierno en la tierra. Sin embargo, aunque soy conciente de esto, no siento pena por el asesinato sin sentido de millones de mis hermanos. Sólo un vacío, la nada de una cabeza que no está pensando. Me siento suspendido en un mundo que no puedo comprender.

Primero arribé a Auschwitz-Birkenau, donde al menos 1.100.000 judíos fueron muertos durante el Holocausto. Un extenso campo con chimeneas rojas desnudas. Sólo quedan restos de las barracas, porque los prisioneros las desmontaron como leña, desesperados por calentarse en el invierno después de la liberación. Un grupo de visitantes camina indiferente a la santidad de este suelo, y escucho risas y conversaciones casuales cuando pasan. Otra joven pareja está parada abrazándose apasionadamente, aparentemente desconociendo el millón de últimos adioses pronunciados sólo unos metros más adelante.

Llegué a Auschwitz propiamente dicho. La entrada a Auschwitz: la vi mil veces, en mil fotos y videos. Arroja una pesada, amenazadora sombra, sobre las vías del tren, vías que se dirigen derecho hacia la boca de la bestia. Camino a lo largo de la vía del tren, mi cabeza resonando con la descripción de Elie Wiesel describiendo a los malvados y babeantes perros mordiendo a un tembloroso niño que acaba de desembarcar tras un viaje infernal.

Entro a un edificio bajo, de apariencia inocua, como lo son la mayoría de las construcciones en Auschwitz. Casi parece invitador en este caluroso día. El piso está cubierto con una plataforma de vidrio que evita que toquen el piso desnudo. Aquí los prisioneros eran despiojados y afeitados. Sus uniformes rayados azules y blancos eran ubicados en un enorme horno de aire caliente para matar a los piojos ocultos en las costuras. Un cartel afuera del edificio dice «Desinfección». Frente a la cámara de gas, un lento video en blanco y negro de mi bisabuelo —Iaakov Shimon Leibowitz —comienza a rodar en mi cabeza. Él se vuelve para una última mirada hacia un cielo que nunca más será luminoso. Las aberturas del Zyklon B en los techos de las cámaras de gas se burlan de mí, permitiendo que la luz del sol brille en paredes que han sido rascadas y arañadas por manos que trataban de seguir vivas.

Aun después de dejar Auschwitz, la destrucción permaneció en mi mente, arrojando una sombra de duda que me dejó congelado. Meses después estaba estudiando el Capítulo 18 de Génesis y se me ocurrió un pensamiento. Encontramos a Abraham sentado afuera de su tienda, recuperándose de su reciente circuncisión. A pesar del ardiente sol, tres figuras se aproximaron a su tienda. Dolorido por la operación, pero indomable como siempre, Abraham corre a darles la bienvenida. Un banquete de asombrosas proporciones comienza —un toro por huésped es degollado. Desenmascarándose como ángeles cumpliendo una misión, uno bendice a Sara, la esposa de Abraham. El ángel dice «En esta época, el próximo año darás a luz un niño». Sara, comprensiblemente descreída, se ríe ante la perspectiva de dar alguna vez a luz, dudando de que un cuerpo arruinado por el tiempo y la edad pueda concebir.

Sin embargo, a pesar de no estar dispuesta a creer lo increíble, Sara finalmente da a luz un hermoso niño, Isaac.

Ahora, mirando hacia atrás, recuerdo el momento, un momento, de prístina claridad en Auschwitz que me permitió, nuevamente, creer. Estaba parado ante un enorme libro de visitantes, sus amarillentas páginas llamándome a escribir un pensamiento. Escribí: «Ustedes son recordados. Ustedes han sobrevivido. Sus muertes fueron en vano, pero sus vidas no. He vuelto a este lugar para declarar que nosotros, la Familia Lezerowitz, estamos vivos». Fue el momento en que finalmente derramé una lágrima, ya no dubitativo o indiferente. El milagro del nacimiento de Isaac, el milagro de mi existencia. A simple vista, nada es tan imposible como parece. (www.es.chabad.org)

 

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