Por Israel
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| jueves enero 27, 2022

Viendo volar las hojas del otoño


Foto: National Geography

Cada año, para esta época, veo volar las hojas doradas y rojas del otoño con la sensación de que la belleza no se nos enseña ni señala como debería. La preeminencia de lo artificial, del mundo de los objetos que se parten y disminuyen su tamaño, el reino del plástico y de los chips, la abundancia gris de las ciudades, ocupa casi todos nuestros pensamientos. Tal vez el desprendimiento vegetal, no exento de cierta melancolía, alude con su adiós foliar a una despedida inexorable. Sin embargo, nos basta caminar sobre un lecho de hojas secas, de plátano por ejemplo, o de arces rojos, para oír en el crujido una alegría impar. Frescas y en el árbol, cuando las hojas se rozan o tocan entre sí, lo hacen con suspiros casi inaudibles, pero una vez en el suelo crujen la dicha de su inminente conversión en humus, hay un chisporroteo fonético tan tranquilizador que sólo cuando una brisa inesperada o un viento súbito alza las hojas y las pone a danzar en remolinos, sentimos que esa caída es coral. Les gusta juntarse, a las hojas, cuando están en el suelo, mientras que en sus ramas parecen unas celosas individualistas que compiten por captar luz.

               La palabra hebrea para hoja, aléh, se convierte al cambiarle las vocales en iléh, alabar, exaltar. Por su valor numérico, ciento cinco, equivale a nimáh que significa eco, acorde. Pero lo más significativo de la hoja o aléh, es que por sus mismas letras da la palabra oléh, ascenso ¡y es por la hoja que el árbol sube! Claro que no en otoño, cuando todo el trabajo lo llevan a cabo, en el subsuelo, las raíces. El sabio chino Confucio amaba entre todas las estaciones el otoño porque decía que era la mejor época para pensar, para reflexionar, incluso para cantar. Veía en la palabra que la nombra, , cuyo sentido es también el de cabeza, la tendencia  a cavilar  adscrita al otoño. Entre el invierno introvertido y el verano extrovertido el otoño eleva la convencida certidumbre de que hay mucha belleza en las separaciones y los alejamientos, las caídas y las danzas  de violetas y ocres. Y  es esa la belleza  que no se nos enseña. Ni siquiera se nos habla con elocuencia de tal, el rocío, que al revés da lat, magia, sortilegio. Silencio y tranquilidad.  Y es extraño, porque la Biblia nos habla de un ´´rocío de luces´´, tal orot.

                En el famoso tríptico del Bosco, nacido en 1450,  consagrado a la bella  multiplicidad de las especies, en su Jardín de las delicias la parte derecha la ocupa el Infierno musical, el único panel en el que hay objetos, incendios y humos. Villas y poblados en medio de catástrofes.  Es por lo tanto en el mundo excesivo de los objetos-ropas inservibles en el desierto de Atacama, móviles en desuso en Africa-, en donde mejor se expone la falta de piedad y compasión en el mundo actual, que no sólo oculta las bellezas naturales sino que las destruye. Una comprensión total de lo que la belleza supone exigiría una desaceleración de nuestro ritmo de vida. O sea un shabat sociológico y planetario. Las hojas, que absorben luz por la cara que mira al sol, respiran por su reverso. Todo en ellas es esfuerzo y sacrificio pendiendo, como penden, a veces, de tallos insignificantes. Caen cuando están maduras para hacerlo y siempre están dispuestas a que las levantemos y las acariciemos con una mezcla de ternura y asombro. Exactamente lo que fecunda en nosotros la belleza.

 
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