Por Israel
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| lunes mayo 16, 2022

Alberto Nisman (1963-2015) Diario de la búsqueda de justicia en la Argentina

Silvia Plager hilvana recuerdos de intolerancia en su infancia, los atentados a la embajada de Israel, a la AMIA y la lentitud de los procesos judiciales. Como corolario suma la desazón que sintió el 18 de enero de 2015, cuando Alberto Nisman, el fiscal que estaba investigando la causa AMIA, fue hallado muerto en las más extrañas circunstancias


Un encadenamiento de circunstancias actuales me trae, por oposición, el goce adolescente de bailar lentos y el de escuchar una y otra vez los discos de larga duración que, como las matinés de los cines de barrio, permitían prolongar el hechizo de mirar de nuevo la primera película de una serie de tres: nada era suficiente cuando se trataba de imaginar que las guerras solo sucedían en un pasado ficcional que se replicaba en fotos sepias guardadas en el tope del ropero. En aquel entonces mamá era la única que aplicaba el toque de queda para sus cuatro hijas, y quien comandaba el pasaje de vestuario de la mayor a la menor. El papel de calcar no se usaba solo en el colegio y la moda, aunque con variaciones, se respetaba por años: los hombres, traje, camisa y corbata, las mujeres, vestidos y tacones. Aclaro que, cuando se produjeron cambios, los celebramos, el que hoy destaco fue la derogación de la enseñanza religiosa obligatoria que me permitió quedarme en clase con mi mejor compañera de grado que profesaba el catolicismo, minoría absoluta en la escuela Presidente Quintana de la calle Lavalle entre Pasteur y Uriburu. Después vendría el descubrimiento de pintadas con anuncios incomprensibles: “Haga patria, mate a un judío”, más allá de la Avenida Callao, yendo hacia Avenida Santa Fe.

Cercanías

Atentado a la Embajda de Israel. Hubo 22 muertos y 242 heridos.
Foto: Eduardo Navone/TelamAtentado a la Embajda de Israel. Hubo 22 muertos y 242 heridos. Foto: Eduardo Navone/Telam

En los primeros días de enero de 2022, eslabones sueltos de una misma cadena de infortunios provocan en mí un salto que utilizo de plataforma para el despegue de mi nave existencial. Voy directo al aterrizaje del vuelo de las 14:47 en los números 910/916 de la calle Arroyo en la ciudad de Buenos Aires, capital de la República Argentina. Corría el año 1992, era un transparente 17 de marzo y el humo televisivo sobre el edificio conocido como el rulero me remitió a otros, en los campos de exterminio. Desde la pantalla me asomé al horror y al alivio ya que solíamos ir a los consultorios de los doctores Padilla que atendían a mi madre y demorar el regreso en una confitería de la zona. Por el atentado murieron 29 personas y muchas sufrieron heridas de gravedad. En la proximidad del treinta aniversario de aquel estallido, los miembros de Hezbollah, principales responsables, siguen yendo y viniendo por los aeropuertos a pesar de las alertas rojas que pesan sobre sus nombres. El grupo terrorista sigue exportando muerte y gracias a la amistad con gobiernos dictatoriales ha puesto sucursales en occidente. De justicia justa, ni hablar.

Malas juntas de ayer y de hoy “Dime con quién andas y te diré quién eres”, decían los adultos aunque muchos de ellos no predicaran con el ejemplo. De adolescente me molestaba ese latiguillo y otros similares. Se estudia o se trabaja. Se da la palabra de honor. Se jura por la patria. Se cumplen las promesas. Se lacran los documentos. Pero fuimos creciendo hasta darnos cuenta de que era lo mismo ser un burro que un gran profesor. El bullying no existía aunque te dijeran “rusa de mierda”, “cabecita negra”, “gallego bruto”, “muerto de hambre”, “pata sucia”. Ya sabíamos que los orejudos tenían que aguantar que les gritaran “Dumbo” o soportar el mote de enano si eras de corta estatura. Los chicos nacidos en Argentina nos burlábamos de los gringos que no pronunciaban bien el castellano, sin tomar en cuenta que en nuestra familia se utilizaba una lengua que mezclaba un idish rudimentario con el castellano del barrio de Once, que no era el de la escuela. De ahí que odiara a mamá cuando hablaba alemán con sus hermanas y la abuela Mutti: todos los alemanes eran nazis. Mi guerra era la de una nena que deseaba enseñar a sus padres lo que ellos habían sentido en carne propia. Hoy veo los pilotes en los frentes de edificios de la colectividad y me cachetea el Preámbulo de la Constitución Argentina, estudiado con unción patriótica en la primaria y del que me volví a enamorar durante el gobierno de Alfonsín.

El ministro iraní Mohsen Rezai, uno de los acusados del atentado a la AMIA, entre Nicolás Maduro y Daniel Ortega en la asunción de este último del quinto mandato al frente del régimen de Nicaragua. Los observa Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba.El ministro iraní Mohsen Rezai, uno de los acusados del atentado a la AMIA, entre Nicolás Maduro y Daniel Ortega en la asunción de este último del quinto mandato al frente del régimen de Nicaragua. Los observa Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba.

Cuando me enseñaron a manejar me dijeron que lo más difícil es dar marcha atrás sin chocar. Claro que no existían los cambios automáticos ni visores de advertencia en el panel de los autos. Pasadas décadas de aquel aprendizaje me pregunto por qué el gobierno argentino, que utiliza automóviles de alta gama, retrocede y aprieta simultáneamente el acelerador. ¿Busca el desastre o lo provoca? En Managua, disfrutaban de la pésima maniobra del presidente del Celac, el embajador argentino, Daniel Capitanich, aplaudidor “for export” y hábil en mirar sin ver, quien se topó de casualidad con Moshen Rezai, quien en 1994 se desempeñaba como Comandante de la Guardia Revolucionaria de Irán y es uno de los acusados por el atentado a la Mutual Israelita Argentina. Cómo iba a faltar Maduro, voluminoso dictador venezolano cuyo consultor estratégico es un pájaro y el presidente Díaz Canel, muy de elegancia british a pesar de las carencias cubanas, no así Daniel Ortega que no se quita el gorrito ni para su quinta asunción. La ausente en mi foto es Rosario Murillo, vicepresidenta adicta a ornamentos y bien dispuesta, como su marido, a mandar al muere a sus opositores. Quizás la cancillería argentina, que ignoraba el nombre de los invitados a la múltiple asunción se termine enterando que desde la presidencia de Nicaragua se atenta contra los derechos humanos y la mazmorra es el destino del disidente. ¿Dónde nuestro Nunca Más? ¿Dónde?

El tapadito negro

El 18 de julio de 1994 me dieron el alta después de una cirugía y mi marido quiso hacerme un regalo. Gobernaba Carlos Menem y el uno a uno facilitaba la compra de ropa importada. Cubierta por paño francés, tuve una epifanía: lo malo quedaba definitivamente atrás. Duró pocos minutos esa convicción. Otra vez el televisor derramando esquirlas de sangre en la mesa del comedor de diario. La primera reacción: llamar a familiares y amigos que viven o trabajan cerca de Pasteur 633. A poco más de dos años del atentado a la embajada de Israel, los perpetradores sin condena, volvían a atacar. Fue sencillo deducir que la impunidad les había indicado que Argentina es terreno fértil para ataques terroristas. El antiguo edificio de mármol negro que yo acostumbraba mirar de reojo- ahí se iba también para trámites funerarios- dejó de existir y con él la posibilidad de sentirme tan argentina como cualquier hijo de vecino. Escombros. Sirenas de ambulancias. Gente desencajada. Rescatistas. Pasaron 27 años. Ni un solo detenido. Moshen Rezai, el asesino que tenían al alcance de la mano, puf, se fue de lo más campante mientras discutían a quién le corresponde detenerlo. Propiciar la libertad de terroristas significa alentar nuevos crímenes, ¿quién no lo sabe? El tapadito negro que estrené con ingenua alegría resiste el paso del tiempo. Desprenderme de él sería aceptar el olvido. Eso, jamás.

Frente de la AMIA, 27 años después del atentado. . Foto: Luciano ThiebergerFrente de la AMIA, 27 años después del atentado. . Foto: Luciano Thieberger

El corazón delator

Edgard Allan Poe creó un personaje que desmiembra y entierra a un hombre debajo del piso de su cuarto. Al poco tiempo, el victimario comienza a escuchar latidos que vienen desde abajo, latidos ensordecedores que lo hacen ir en busca de la policía para que finalmente levanten las tablas del suelo y su pesadilla acabe.

Un 18 de enero de 2015 me despierta una noticia paralizante: “El fiscal Natalio Alberto Nisman apareció muerto en su departamento con un tiro en la cabeza”. Era lunes y Nisman debía presentarse ante la Comisión de Legislación Penal de la Cámara de Diputados. Iba a denunciar a Cristina Kirchner y a su gobierno por otorgar impunidad a los sospechosos de volar la AMIA. Nadie lo ignora: se protege el área donde aparece un cadáver cuya muerte es dudosa. Tampoco se ignora que funcionarios o dirigentes de poca relevancia no eligen como lugar turístico la República Islámica de Irán. Tampoco ningún mandatario con sentido común aprobaría compartir la investigación de un atentado con los terroristas que lo perpetraron.

La lanzadera de recuerdos fue tejiendo una trama cuyos hilos son anteriores a mi nacimiento. Los rescaté del ropero de mi infancia, al igual que las fotos de mis antepasados muertos en la Shoá. En la primera quincena del primer mes del 2022 y dadas las novedades, que no son las consabidas imágenes veraniegas de las olas y el mar, sucundún, pregunto: ¿Hasta cuándo los pilotes delante de las instituciones judías? Y como es costumbre en mi familia, termino respondiendo mi pregunta con otra pregunta: ¿Creen que existe voluntad de hacer justicia?

 
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