Por Israel
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| miércoles julio 6, 2022

Las Guerras Que Ganó La Alemania Nazi Y Su Legado De Odio


En mis años de adolescencia solía aprovechar el tiempo muerto del viaje en ómnibus hacia el liceo, estudiando o tratando de resolver las últimas tareas domiciliarias «olvidadas» del día anterior. Esa manía de leer, la mantenía incluso cuando viajaba de pie.

En cierta ocasión, transitando en bus por la caótica Tel Aviv de los años 80 -en donde las frenadas del chofer, hacían volar por los aires a los pasajeros más distraídos-, fui duramente increpado por algunas personas por estar leyendo en pleno Estado de Israel una biografía de Adolph Hitler. Quizás por la edad pequé de incauto y no tuve en cuenta el sufrimiento que ese personaje nefasto le ocasionó a mi pueblo, pero me defendí con el argumento que la única manera de entender la tragedia por la que pasó mi pueblo era leyendo e instruyéndome. A partir de ese incómodo episodio, continué con mi costumbre de leer en espacios públicos, pero con la sana innovación de tapar con una hoja de cuaderno la portada del libro, para evitar susceptibilidades.

Todo este preámbulo, viene a colación de unas fotos y un texto de mi hermano Ariel, quien vivió hace unos años una experiencia novedosa en la exótica India. Le resultó curioso que en el mismo templo convivieran pacíficamente esvásticas con estrellas de David.

Lo cierto es que no es una cosa ni la otra, pues tanto nazis como judíos se apropiaron de esos símbolos para hacerlos suyos definitivamente. La realidad indica que tales emblemas existen hace cinco mil años, pero la historia contemporánea y futura del Mundo Occidental los emparentará en el eterno antagonismo.

El vocablo “esvástica” tiene su origen en el idioma sánscrito y su significado va de la mano con el «bienestar». Sin embargo, a raíz de un trabajo de un arqueólogo alemán, el siglo XX amaneció relacionando a esa añeja cruz gamada con la “identidad aria” y el orgullo nacionalista alemán.

Sin duda alguna, esa circunstancia motivó que, en la década del veinte del siglo pasado, el partido nazi adoptará la «Hakenkruez» (en alemán, cruz en forma de gancho) como su emblema oficial. El 15 de septiembre de 1935 el pabellón con fondo rojo, un círculo central blanco y dentro de este, una esvástica negra, pasó a ser la bandera oficial de Alemania. Cabe destacar que la bandera fue ideada en su totalidad por Hitler y se mantuvo vigente hasta la rendición, acaecida el 8 de mayo de 1945.

Inversamente proporcional al auge del Nacionalsocialismo y a la altivez del estandarte de la esvástica -en la cual la Alemania se jactaba de estar por encima de todo, tal cual rezan las primeras estrofas de aquel himno: «Deutschland über alles»-, la estrella de David pasó a ser el emblema con el que los judíos se vieron segregados de la vida social alemana. Las leyes de Núremberg fueron el punto de partida oficial para dar rienda suelta al odio, para pasar en forma veloz y dinámica a la limpieza étnica que se consumó en los crematorios de los campos de exterminio.

A partir de allí -y quizás para siempre-, esa esvástica pasó a ser tema tabú y desde entonces se la relaciona con intolerancia, violencia y muerte, situándose en las antípodas de su verdadero y original sentido. En cualquier régimen democrático que se precie de tal, toda persona que porte una esvástica -sin importar hacia qué punto cardinal apunten sus aristas- irá directamente a la cárcel por instigación al racismo y el odio; después ya habrá tiempo para que las autoridades comiencen la indagatoria de rigor.

Recuerdo que allá, por el año 1987, un ciudadano uruguayo de 30 años de edad, solía desplegar una bandera nazi de generosas dimensiones sobre la ventana de su casa de la calle Gonzalo Ramírez, de la ciudad de Montevideo. Ese mismo ciudadano, Héctor Paladino Rubira, en diciembre de 1987, mató a varias personas, incluido un industrial judío, Simón Lasowsky. Quiso el destino que en mi desempeño como traductor hebreo-español conociera (por teléfono) a la hija de este señor, que ante mi pregunta me respondió lacónicamente: «era mi papá». No solo me contó el triste episodio, sino que la tragedia fue más allá, porque cuando se cometió el vil asesinato de su padre, restaba solamente un mes para que esta hija contrajera nupcias en Israel.

Cuando la vida me trasladó a Panamá, hace dieciséis años, me sorprendió ver a mujeres nativas luciendo con orgullo la estrella de David con la cual nos identificamos los judíos. No eran una o dos, eran centenares y nunca recibí una explicación coherente sobre el porqué de su uso. De todas maneras, como judío nacido en el Uruguay -en donde por razones «estratégicas» es sano no andar mostrando demasiado la fe de uno- la circunstancia de ver ese símbolo por doquier no deja de llenarme de regocijo.

Pero la vida vuelve a sorprenderme, cuando descubrí hace algunos años que una reserva indígena de Panamá adoptó esa misma esvástica como emblema de su nación. La comunidad Kuna, ubicada en el archipiélago de San Blas, en el Caribe panameño, la estableció en la década del 20 del siglo anterior y supuestamente representa al pulpo creador del mundo. De lo que no quedan dudas es que nunca pudieron copiar el emblema de los nazis, pues la adopción de ambos símbolos es contemporánea y era harto difícil que una incipiente fracción política del «erudito» pueblo alemán encontrara apropiado establecer vínculos con una aislada etnia indígena del Caribe.

Lo cierto es que los integrantes de la comunidad Kuna no tuvieron otra alternativa que modificar su bandera comenzada la década del 40, para evitar suspicacias y dejar en claro que los orígenes y los cometidos de nazis y propios iban por caminos separados por un océano, tanto desde el punto de vista geográfico como intelectual.

Hace algunos años escribí que el régimen nazi tiene el triste privilegio de ser el asesino por antonomasia de la historia de la humanidad, además de ser los más grandes ladrones. Cabe recordar que toda esa «fastuosa compensación» mensual -como se vanaglorian los gobiernos alemanes- que se le entrega a los judíos supérstites de aquel macabro plan de exterminio, no es otra cosa que la devolución de una ínfima parte de lo robado a mi pueblo. Tampoco vayan a creerse que esas compensaciones remedian mucho, porque a pesar de que algunas víctimas con ese dinero ven asegurado su bienestar económico, las pesadillas y los recuerdos de aquellos años aciagos continúan indelebles y grabados a fuego en sus memorias -además de sus brazos-, a pesar del inexorable paso del tiempo.

De dos victorias inconmensurables se pueden jactar los nazis, la primera es la perpetuidad de la esvástica como connotación macabra y sinónimo del mal a pesar de sus cinco mil años de existencia y la segunda, del golpe tremendo a la fastuosa y colosal cultura yiddish, que busca recuperarse por todos los medios posibles. Estudiar la lengua de mis abuelos pasó a ser una excentricidad, casi como estudiar esperanto o latín. Hoy los niños que estudian en las escuelas judías se gradúan sabiendo casi a la perfección el idioma inglés y con un pésimo nivel de hebreo -a pesar de que estudiaron la lengua de Moisés ininterrumpidamente durante doce años-. Sería interesante averiguar las razones de esta dura realidad. La pregunta surge de forma lógica: ¿si no les interesa aprender hebreo van a estudiar yiddish? El mundo frenético en el que vivimos va a ver con cierta ridiculez en volver a aquellas fuentes; como que no tiene mucho sentido. Por lo menos el hebreo se habla en el Estado de Israel, sin embargo, el yiddish se circunscribe a algunas comunidades ortodoxas askenazíes de Israel y Estados Unidos.

Todo aquel sudamericano que pasó por Israel conoce la canción de Shlomo Idov, «Ani jolem od ve sfaradit» (todavía sueño en español). Dicha melodía trata de los judíos del Río de la Plata radicados en Israel, que no pueden (ni quieren) despojarse de su castellano. Si nos centramos en el catastrófico saldo de víctimas que dejó la Segunda Guerra Mundial para los judíos, con una enorme y pujante comunidad europea casi diezmada, resulta evidente que en ese plano la victoria de la Alemania nazi fue casi total.

En mi caso particular -y el de millones de judíos diseminados por el mundo- debí haber soñado en yiddish. Ese era mi destino, pero la Alemania nazi lo cambió de un plumazo. Al igual que Shomlo Idov, «continúo soñando en español», pues lamentablemente los que hoy sueñan en yiddish son muy poco

 
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