Por Israel
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| jueves julio 7, 2022

Buenismo progre e islamismo


Fue lunes pasado. Una amiga afgana exiliada me acababa de pasar las últimas imposiciones violentas del Talibán contra las mujeres de su país, entre otras, la obligación de ir con burka a la Universidad y viajar en los autobuses con una mampara que las segrega de los hombres. Pueden imaginar el castigo, si osan infringir las normas… También me había pasado la foto de una maestra que llevaba una escuela de niñas, a la cual habían asesinado. Se llamaba Kathera Noorzehi y tenía 37 años. La ahogaron con su propio pañuelo. Su imagen la pueden ver en el hashtag @standwithafganwomen.

Será cuestión del azar, o que la casualidad la carga el diablo, un rato más tarde me vi justo en medio de una jarana en las redes tan patética, como delirante. Un amigo me envió el anuncio de una «Raval fashion week«, organizada con dinero público, cuyo reclamo era el dibujo de tres mujeres con hiyab y vestimenta adecuadamente islamista, que desfilaban en una pasarela de moda. Es decir, el cartel naturalizaba, y encima con aires glamurosos, el símbolo de dominio de la mujer por parte del islamismo. Mi reacción fue inmediata y, reconozco, visceral, no en balde conozco muy de cerca la lucha de las mujeres musulmanas contra la opresión. Indignada, pues, escribí: ¿»Qué puñetas es eso? La diarrea multicultural empieza a ser grave.» No hay que decir que este tuit abrió la caja de Pandora en forma de insultos de todo tipo, dirigidos a mi hereje figura, que, a día de hoy, todavía continúan. Entre otros, incluso me hizo el honor un insigne concejal de distrito, una larga lista de plumíferos progres del Twitter y el mismo diputado Ruben Wagensberg, que cayó en la excelsa originalidad de compararme con Vox. Por el camino, «racista de mierda», «fascista», «xenófoba» y la petición clamorosa de que me echen de cualquier altavoz mediático, no fuera que contaminara, con mis perversas ideas, a la ingenua ciudadanía. Ante una estima tan considerable, me ha parecido oportuno hacer dos cosas. Una, ratificarme: la diarrea multicultural empieza a ser grave. Y dos, plantear el tema con los argumentos que, personalmente, sustentan mi posición. La cuestión de los insultos la dejo para el grupo de intolerantes de la progresía que se presentan como los gurús del pensamiento correcto, felizmente acostumbrados a las listas negras, a la censura ideológica y a la estigmatización de quien no comulga con el dogma de fe de la izquierda auténtica. Para muchos de ellos, la Stasi queda pequeña.

El problema no lo tenemos con la creencia en Alá, sino en el uso perverso de la fe como instrumento de dominio

Una previa, para fijar el debate: la cuestión no es el Islam, sino el islamismo, no es la religión, sino la ideología. El problema no lo tenemos con la creencia en Alá, sino en el uso perverso de la fe como instrumento de dominio. La prueba es que son mujeres musulmanas —y homosexuales, y disidentes, y creadores, y librepensadores—, las que sufren las leyes violentas que las segregan. También era musulmana la profesora que asesinaron, y su fe no la hacía esclava, sino libre. Por mucho que quieran los inquisidores de la pijoprogresía hablar de islamofobia, no les acepto pasar gato por liebre. La islamofobia no la practica quien denuncia una ideología totalitaria que utiliza el Islam para dominar a la gente, sino toda la patulea de ulemas, imanes, ideólogos islamistas y dictadores teocráticos que esclavizan a sus ciudadanos. Eso sí que es odio al Islam. Además, quiero recordar que esta ideología es relativamente nueva y que, durante siglos, las tierras del Islam fueron más tolerantes que la vieja Europa. Los judíos pueden dar fe. Pero a partir de Al Wahhab y del salafismo wahabista del siglo XIX, y, en el siglo XX, a partir de Hassan al-Banna y del nacimiento de los Hermanos Musulmanes de Egipto, la religión se convirtió en la base fundamental de una ideología totalitaria. Como decía André Glucksman, «un totalitarismo teocrático y nihilista», lo cual tendría que ser un oxímoron, pero he aquí el «viva la muerte» en nombre de Dios. El artículo no permite demasiada extensión, sin embargo, si alguien tiene interés en conocer más a fondo como veo el tema, les remito a algunos de los libros que he publicado al respecto. Entre otros, «¡Basta!», dedicado, por cierto, a Oriana Fallaci, otra demonizada como hereje por la intolerancia progre.

Con respecto a la cuestión objeto de la polémica, la naturalización de la imagen de la mujer con hiyab, como si fuera un elemento del multiculturalismo, y no un símbolo de dominio, recomendaría a los Wagensberg y compañía la lectura de las muchas y valientes mujeres musulmanas que explican, al detalle, qué significa poner el pañuelo a las niñas, a partir de la regla. Ellas son las Simone de Beauvoir del Islam, pero toda esta pijoprogresía buenista no sabe nada y cuando ven un hiyab pierden la cabeza. Obviamente no tienen en cuenta ni la presión del imán de turno, ni la presión —a menudo violenta— de la familia y de todo el entorno (que lo pregunten en algunas tiendas halal que no venden a mujeres que no van tapadas), ni la misoginia que se esconde en la voluntad de segregarlas.

No hay que decir que, en un mundo idílico, puede haber una decisión voluntaria a la hora de ponerse el pañuelo. Pero cuando hay miles de leyes, en decenas de países musulmanes, que obligan a las mujeres a taparse, como símbolo externo del dominio a que están sometidas, y cuando hay una ideología predominante que es obsesivamente misógina, considerarlo un inocente gesto cultural es pecar de ignorancia supina, o de banalización preocupante.

Cuando hay una ideología predominante que es obsesivamente misógina, considerar el velo un inocente gesto cultural es pecar de ignorancia supina, o de banalización preocupante

Evidentemente, el problema no es la mezcla de culturas. Bienvenidas sean. Personalmente, ningún dios, ni ninguna tradición, ni ninguna cultura me preocupan. Catalunya ha sido siempre una tierra de acogida. Pero no creo que el «multiculturalismo» tal como lo plantea la progresía, sea una idea de tolerancia y respeto. Más bien, es la coartada para normalizar planteamientos que, bajo el pretendido amparo de la religión, coartan derechos fundamentales. No se trata de multiculturalismo, sino de una única cultura de derechos y libertades, bajo la cual tienen cabida todas las identidades culturales y religiosas. Pero la ideología salafista no entra en estos parámetros, sino al contrario, va en contra, de manera directa, fulminante y persistente. Y no darse cuenta del problema de radicalización que representa el salafismo en muchas de las comunidades musulmanas en Catalunya es actuar con mentalidad de avestruz. De avestruz irresponsable.

Finalmente, una cuestión que también me parece relevante: el paternalismo etnocéntrico con el cual actúa mucha de esta progresía, que, cuando ve imanes, hiyabs y Ramadanes, babea de orgasmo multicultural, sin embargo, en cambio, sufre urticaria cuando ve curas o Pascuas. Es una especie de mala conciencia de primer mundo que, a pesar de todo, olvida que hay más dinero en Kuala Lumpur o en Doha, que en Wall Street. Y sin embargo, lo que es realmente extraordinario del Islam no es una mujer con hiyab, sino una estudiante en Teherán opositora del régimen, o una abogada en Yemen que lucha contra el casamiento de niñas (legal a partir de los nueve años), o uno profesora en Afganistán que lucha para que las niñas estudien. Estas son las heroínas. Estas son las Nelson Mandela del siglo XXI.

Pero nada, vayamos haciendo fashion weeks con hiyab que quedará muy flower, muy progre y muy yupi. ¿Ayudará a la libertad y la igualdad de las mujeres musulmanas? Ni hablar, pero quedará superguay al lado de la foto del Che Guevara.

 
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