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| lunes abril 15, 2024

Merece la pena luchar por la libertad

Muchos occidentales han olvidado que la libertad de expresión y la libertad personal -lejos de amenazantes "microagresiones" que merecen ser sancionadas- son las válvulas de seguridad más seguras para mediar en las animosidades inherentes a cualquier sociedad antes de que se desate la violencia.


«Llega un momento», decía Martin Luther King Jr., «en el que uno debe adoptar una posición que no es ni segura, ni política ni popular, pero debe adoptarla porque su conciencia le dice que es correcta». En otras palabras: el imperativo moral tiene más peso que la seguridad personal, la corrección política y la comodidad psicológica que procura identificarse con la multitud. En tiempos de violencia y sufrimiento, siempre son unos pocos –bendecidos con un valor innato o forjados en una extenuante lucha interna– los que se atreven a adoptar una postura contra los males tácitamente aceptados por la mayoría. Tal es el poder del libre albedrío cuando el hombre elige los principios como guía.

Ha llegado la hora de que las voces de esos pocos se unan. Lo que está en juego es nada menos que el control del individuo sobre la propia vida, la libertad, la propiedad, la privacidad y la búsqueda de la felicidad. La libertad de expresión pende de un hilo, al igual que la libertad de credo, la de prensa y el derecho del pueblo a reunirse pacíficamente y a solicitar al Gobierno la reparación de los agravios. El hecho de que muchos de estos derechos naturales se consignaran juntos en la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos de América no es casual. Están íntimamente interrelacionados. Si se debilita a uno se debilita a todos.

Congelar las cuentas bancarias de los manifestantes del Convoy de la Libertad que exigían liberarse de unas vacunas experimentales no deseadas, como se hizo en Canadá, es amenazar la libertad de expresión y reunión, la autonomía individual, la objeción religiosa, los derechos de propiedad y la resistencia pública al daño causado por el Gobierno.

Prohibir a un entrenador de fútbol americano que rece públicamente es obligarle a sacrificar tanto su libertad religiosa como su libertad de expresión; si las cosas que más nos definen quedan relegadas al hogar, la identidad religiosa y la libertad de expresión no tienen mucho recorrido.

Aparte del empeño del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) en crear una «Junta para la Gestión de la Desinformación» para «combatir» la libertad de expresión contraria a los puntos de vista del Gobierno, se ha informado de que empleados del DHS se han reunido regularmente con Facebook y Twitter para suprimir y censurar hechos y opiniones sobre numerosos temas destacados en el debate público, como la retirada de Afganistán, el covid-19 y la justicia racial.

Otorgar a los Gobiernos occidentales el poder de decidir sobre lo que puede publicarse en las redes sociales priva a la plaza pública tanto de una libertad de expresión sin restricciones (en los límites fijados en Brandenburg vs. Ohio) como de una prensa verdaderamente libre. Otorgar a los agentes gubernamentales potestad para considerar ciertas posiciones como «desinformación», información «errónea» o «mala»; es decir, permitir a los políticos y burócratas decidir lo que es verdadero o falso, útil o perjudicial, una opinión digna de protección o un engaño malicioso, es abrogar por completo las salvaguardas de la Primera Enmienda. Servirse de los actores del sector privado como censores implícitos del Gobierno no sólo es una solución nefasta y cínica: es ilegal que actúen como agentes que permitan al Gobierno sortear las prohibiciones constitucionales, en este caso limitando quién puede participar en el equivalente moderno de la plaza pública tradicional.

Censurar las opiniones discrepantes sobre tratamientos médicos experimentales pero coercitivos, los confinamientos reforzados (durante los cuales inexplicablemente se permite funcionar a los megacomercios y no a las económicamente vulnerables tiendas de barrio), es censura masiva en nombre de la salud pública, protegiendo del escrutinio una monstruosa tiranía envuelta en el falso manto del bien «superior» o «común».

Cuando los Gobiernos censuran las opiniones discrepantes no sirven más que a sus propios intereses. Cuando los Gobiernos afirman actuar por el «propio bien» del pueblo mientras prohíben los puntos de vista discrepantes, con demasiada frecuencia aumentan su propio poder a costa de la ciudadanía. Cuando los Gobiernos camuflan sus órdenes con las «buenas intenciones», entonces pueden sobrevenir las calamidades más atroces.

Si te dejas cegar por las «buenas intenciones» de cualquier Gobierno, puede que un día te veas ante daños indecibles. El Gobierno socialista de Hugo Chávez hizo muchas promesas «por el bien» del pueblo de Venezuela, pero las innumerables traiciones de su régimen han hecho que los habitantes de ese país sufran inconmensurablemente.

Este es un momento crucial en la historia de la Humanidad, en el que siglos de progreso constante hacia la emancipación humana y la libertad individual encontrarán un nuevo y urgente impulso o sufrirán un tremendo retroceso. O la libertad significa algo, o no significa nada. O bien la acción humana es cosa de cada individuo, o bien los individuos quedan sumidos en el colectivo. O bien el autogobierno exige que cada ciudadano tenga voz, o bien la mayoría debe obedecer los edictos de un Gobierno siempre en expansión dirigido por unos pocos. O los ciudadanos tienen un poder único para controlar a sus gobernantes, o la ciudadanía y la soberanía no significan nada en absoluto. Estos son los simples pero graves desafíos a los que nos enfrentamos hoy en día. Son claros, implacables e inevitables.

La razón por la que nos encontramos en esta encrucijada en la historia de la libertad no es compleja: es consecuencia de la naturaleza humana. Para la mayoría de los occidentales de hoy, la guerra y sus dolorosas consecuencias son desconocidas o han sido desdibujadas por el tiempo. Aunque la violencia y el derramamiento de sangre prosiguen en muchos lugares del mundo, la mayoría de los occidentales se han librado durante mucho tiempo de los horrores de la guerra . La dificultad del ser humano para apreciar lo que no puede ver le ha hecho descuidar la prevención de lo que no conoce íntimamente.

Muchos políticos vuelven a abrazar el totalitarismo con descuido. Los ciudadanos, antaño conscientes de los peligros que conllevan para la paz el hecho de que las grandes corporaciones y los Gobiernos nacionales trabajen mano a mano para imponer ideas políticamente correctas a la sociedad, están aparentemente tan alejados de las vívidas lecciones del siglo XX sobre la propaganda fascista, comunista y nazi que no ven el perjuicio de que los burócratas y los funcionarios dicten al público lo que puede creer.

Muchos occidentales han olvidado que la libertad de expresión y la libertad individual –lejos de las amenazantes «microagresiones» merecedoras de sanción– son las mejores válvulas de seguridad para mediar en las animosidades inherentes a cualquier sociedad antes de que se desate la violencia. Para muchas personas, décadas de relativa paz han transformado las libertades occidentales, por las que tanto se ha luchado, en bienes de consumo desechables. Los Gobiernos y las empresas internacionales piensan poco -y probablemente ni siquiera les importa- en los riesgos para la cohesión social cuando manipulan a propósito a la gente con propaganda en los medios de comunicación para reforzar las agendas de las élites del Foro Económico Mundial, que abarca desde el uso de la energía y la producción de alimentos hasta los mandatos médicos y los pasaportes sanitarios. El afán de poder y control que alimentó las dos guerras mundiales sigue siendo demasiado tentador.

Los Gobiernos, ya acostumbrados a la vigilancia pública universal y al seguimiento en línea sin orden judicial, ven en el horizonte las monedas digitales de los bancos centrales, los implantes de seguimiento humano y la imposición de puntuaciones de crédito social, y creen que el control total sobre los ciudadanos está cerca, siempre y cuando sean ellos los que se hagan con él.

Como siempre, los beneficios liberadores de la tecnología van acompañados de su potencial para amenazar a las gentes y suprimir la información que sus dirigentes puedan aborrecer. La radio y la televisión conectaron al mundo como nunca antes, pero la comunicación de masas también alimentó rápidamente el ascenso de los dictadores y la extensión del adoctrinamiento público. La energía nuclear ha traído tanto energía abundante como el potencial de destrucción apocalíptica. Los ordenadores personales, los teléfonos inteligentes e internet han proporcionado a los individuos megáfonos a través de los cuales articular nuevas ideas, pero ese mismo ciberespacio ha abierto un nuevo espacio de batalla para la vigilancia gubernamental, la propaganda y la manipulación masiva.

En lugar de garantizar la seguridad económica de los ciudadanos y fomentar mercados más libres, algunos Gobiernos parecen considerar que la tecnología no sólo proporciona herramientas más eficaces para redistribuir la riqueza, limitar los ingresos personales y recaudar impuestos, sino los medios para crear un sistema tecnocrático de vigilancia total en el que el control burocrático sobre lo que compran y venden los consumidores y la aplicación de puntuaciones de crédito social pueden tanto premiar los comportamientos políticamente correctos como castigar los puntos de vista equivocados.

El avance tecnológico proporciona los medios tanto para una mayor libertad humana como para el sometimiento absoluto del ser humano. Cuando se permite a los Gobiernos tomar esa decisión por nosotros, suelen elegir lo segundo. Su preocupación no es nuestra libertad personal sino su poder. Para que la libertad humana florezca, sólo el pueblo es capaz de mantener el poder del Gobierno bajo control.

Por lo tanto, es imperativo que los occidentales no pierdan de vista la batalla más importante que ya se está librando: la que enfrenta la libertad individual con el control total del Estado. Todos los demás asuntos deberían ser examinados con esa lente. Nos encontramos, en efecto, en una encrucijada en la historia de la libertad humana. Aunque sólo una pequeña minoría comprenda lo que está en riesgo, esos pocos harían bien en luchar por preservar nuestras libertades individuales frente a aquellos Gobiernos y corporaciones que trabajan diligentemente para diluirlas. O se reaviva la luz de la libertad o se apagará hasta un día posterior.

 

Traducción del texto original: Liberty Is Worth the Fight
Traducido por Voz Media

 
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