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| domingo abril 14, 2024

VAIGASH 5784


B’H

Génesis 44:18-47:27

Iehudá se acerca a Iosef para pedir por la liberación de Biniamin, ofreciéndose a sí mismo como esclavo al líder Egipcio en lugar de su hermano. Luego de presenciar la lealtad de sus hermanos unos a los otros, Iosef revela su identidad diciendo «Yo soy Iosef. ¿Mi padre aún está vivo?»

Los hermanos son invadidos por la vergüenza y el remordimiento, pero Iosef los reconforta. «No fueron ustedes los que me enviaron aquí,» les dice, «sino Di-s. Todo fue ordenado desde el cielo para salvarnos, y a toda la región, de la hambruna.»

Los hermanos se apresuran a volver a Canaán con las noticias. Iaakov viaja a Egipto con sus hijos y sus familias, setenta almas en total, y es reunido con su amado hijo luego de 22 años. Camino a Egipto recibe la promesa Divina: «No temas en descender a Egipto; porque allí te haré una gran nación. Yo descenderé contigo a Egipto, y con seguridad, Yo te sacaré de allí»

Iosef reúne toda la riqueza de Egipto vendiendo comida y semillas durante los años de hambruna. El Faraón le da a la familia de Iaakov la fértil tierra de Goshen para establecerse, y los hijos de Israel prosperan en el exilio en Egipto.

 

BORRANDO EL ODIO

 

32Mandaron el largo abrigo de colores muy vivos, y fue llevado a su padre. “Hallamos esto –explicaron [los hermanos cuando retornaron] –. Trata de identificarlo. ¿Es o no el abrigo de tu hijo?” (Génesis 37:32)

 

26 Le dieron las nuevas: “Iosef todavía vive. Es el gobernante de todo Egipto”. El [corazón] de Iaakov quedó pasmado, puesto que no podía creerles. (Génesis 45:26)

 

Cuando los hermanos llevaron la túnica de Iosef manchada de sangre, Iaakov inmediatamente sospechó de ellos, porque se referían a Iosef como “tu hijo”, borrando directamente su nombre a causa de su odio por él.

Pero cuando volvieron de Egipto y le dijeron “Iosef todavía vive” Iaakov se dio cuenta que todo sentimiento de odio había desaparecido y ahora imperaba el amor fraternal. Y esto fue lo que hizo revivir el corazón de Iaakov.

 

Puertas y murallas

En este día se rodearon las murallas de Jerusalem

 

Las murallas encierran, separan, aíslan. Las murallas te cortan del mundo.

Pero una muralla rota significa peligro. Si está conteniendo un río, va a comenzar a entrar agua. Si está asegurando una frontera, enemigos o extranjeros infiltrarán sus brechas. Una muralla rota significa vulnerabilidad, exposición, pérdida de identidad.

Entonces ¿qué es lo que necesitamos? Necesitamos murallas con puertas.

Necesitamos murallas fuertes, con puertas que se abran y cierren. Puertas que estén abiertas durante el día y cerradas en la noche. Puertas que se abran para permitir a la gente entrar y salir para intercambiar ideas y mercaderías; puertas que también se cierren, para salvaguardar la ciudad y repeler fuerzas dañinas y destructivas.

Cuan bueno es si tu ciudad, tu comunidad, tu familia, tu propio cuerpo y tu propia alma, tienen murallas fuertes con puertas que funcionen apropiadamente, de forma que estés seguro en tu propia identidad, protegiendo lo que es lo mejor y más preciado dentro de ti mismo, y abierto al mundo para dar y recibir, aprender y enseñar.

El 10 de Tevet del año judío 3336 (425 AEC), los ejércitos del Rey Nabucodonosor de Babilonia sitiaron las murallas de Jerusalén, brechando eventualmente los muros que protegían la ciudad santa, destruyendo el Templo Sagrado y enviando al pueblo judío al exilio.

Cada año, observamos el 10 de Tevet como un día de ayuno, arrepentimiento y retorno, un día dedicado a salvaguardar las murallas de nuestra identidad, reparando sus brechas, y asegurándonos que sus puertas funcionen apropiadamente… (www.es.chabad.org)

 

QUE LA LUZ SIGA BRILLANDO

 

Ya Janucá quedó atrás.

Ahora el candelabro va a ser guardado hasta el próximo año.

Pero ¡cuidado! Sólo el candelabro debe ser guardado. Que esas luces que encendimos durante ocho días sigan ardiendo, que sigan iluminando nuestras vidas y las vidas de todos los que nos rodean, y aun más allá, que iluminen con toda su brillantez al mundo entero, desplazando las tinieblas que nos rodean, y trayendo la luz definitiva de los tiempos del Mesías, en los que las espadas se transformarán en arados. ¡AMEN!

La jutzpá de Iehudá

Por Rochel Holzkenner

No podía dejar de preguntarme qué pensarían mis vecinos de la menorá de seis pies que adornaba el jardín delantero de mi casa. Especialmente Dave. Nunca nos apreció demasiado, ni los autos que desbordaban de nuestra cochera y a veces llegaban a la suya (¡gran error!), o el alboroto que a veces genera nuestro hogar.

Todo se agudizó una noche cuando, a pesar de nuestras advertencias, un invitado estacionó en su cochera sin darse cuenta. Estábamos todos sentados a la mesa cuando Dave entró furioso gritando: “¡Salgan de mi propiedad! ¡Vuelvan a su país! ¡Les dimos su propia tierra en 1947 –aparentemente no tiene la historia de Israel bien sabida, váyanse a su país!”

Estábamos bastante sacudidos y, a tal explosión, siguió una guerra fría. Aunque nos veíamos todos los días, nos ignorábamos totalmente.

En los primeros días de diciembre cada uno preparaba su hogar para las fiestas. Él disponía su escena anual del nacimiento mientras que nosotros ubicábamos nuestra menorá y enroscábamos los focos que lleva encima. Una voz interna de inseguridad me murmuraba: ¿quizás si fuésemos más discretos, él sería menos hostil? ¿Será nuestro evidente orgullo judío el que alimenta su antisemitismo? Por otro lado, ¿por qué tengo que transigir en mi identidad como judía para aplacar su ira racista?

Y entonces, al atardecer de este pasado domingo entrábamos a nuestra cochera justo cuando Dave estaba parado en la suya. Nuestra menorá desencadenó la siguiente conversación:

“¡Hola!”, le dijo a mi esposo.

“¡Hola!”, respondió él.

“¿Va a ser una gran celebración?”

“¡Espero que sí!”

“Felices fiestas…”

El intenso drama del interrogatorio de Iosef a sus hermanos abarca varios capítulos del Génesis. Después de acusarlos de ser espías, y más tarde de ladrones, Iosef retiene a su hermano menor Biniamín como rehén. Los hermanos están completamente enfurecidos.

“Y Iehudá se acercó [a Iosef]”… Iehudá había intentado razonar y negociar con el virrey de Egipto, en vano. Necesitaba que le devolvieran a Biniamín y estaba listo para hacer lo necesario para asegurar su libertad.

¡Y Iehudá se acercó! Todo Egipto se sacudió por la intensidad de su convicción. Las negociaciones terminaron cuando Iehudá demandó justicia con la mayor firmeza.

“¡Quítenme a todos de aquí!”, gritó Iosef. La sala se vació y sólo quedaron Iosef y sus hermanos.

“¡Soy Iosef!”, lloró.

La máscara de Iosef se desmoronó y ya no era el villano, sino el héroe. Invitó a su padre, a sus hermanos y sus familias a vivir en Egipto, proveyéndolos de seguridad y abundancia.

Pero todo comenzó con Iehudá –“Y Iehudá se acercó a él”. Iehudá no sabía que en realidad era a Iosef a quien se dirigía; para él, era el gobernante de Egipto. Y sin embargo tenía plena confianza, no se sentía intimidado por su autoridad. ¡Qué jutzpá!

Gracias a la confianza y a la jutzpá de Iehudá, Iosef se quitó la máscara y expuso su identidad real. Al acercarse a Iosef, Iehudá de hecho rasgó una barrera espiritual que reprimía sus libertades y dominio, y desató una fuerza que crearía un ambiente cómodo para que el pueblo judío estableciera su nuevo hogar.

El Rebe compara el cambio de posición que vivieron los hermanos, de intimidados a influyentes, a la evolución natural que se ha ido desarrollando para los judíos desde que fuimos expulsados de nuestra patria, Israel, hace dos mil años. Hemos vivido dispersos por el mundo y con mucha frecuencia los países que nos hospedaron negaron nuestras libertades básicas y nos han hecho sentir que no éramos bienvenidos como judíos. Naturalmente, buscamos protegernos tratando de ser discretos y no afectar social o religiosamente a los nativos. Nuestro instinto de supervivencia adoptó una actitud de religiosidad discreta e incluso un leve complejo de inferioridad. Aun así, fuimos perseguidos.

Pero ahora, a medida que el mundo evoluciona hacia un clima más mesiánico, el pueblo judío es reconocido y hasta respetado y ya no tenemos que vivir a la defensiva. Al contrario, tenemos mucho para compartir con el mundo, tanto judío como gentil. Llevamos un mensaje importante acerca de la bondad innata de la humanidad y del íntimo amor de Di-s por su creación. Cada judío se convierte en Iehudá, quien puede acercarse al mundo que nos rodea con honestidad, convicción moral y confianza en sí mismo.

Y a veces algo de confianza en uno mismo devela que el ministro del faraón es en realidad Iosef bajo un disfraz. (www.es.chabad.org)

 

 

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