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| domingo julio 21, 2024

El aviso del canario

«Cada vez que una comunidad se revuelve contra sí misma, los judíos están en peligro. Por eso Cecilia Denot ha titulado así su libro, ‘El canario en la mina’»


Casi todos los grupos humanos con historia acumulan también sobre sí leyendas y fábulas. Y muchas veces son esos elementos caprichosos, inventados por vecinos envidiosos o competidores sin escrúpulos, los que diseñan el retrato duradero –en realidad más caricatura que retrato- del pueblo o país en cuestión. En el siglo XVIII los españoles teníamos fama en Europa de ser adustos, fanáticamente religiosos y crueles. Así aparecen nuestros mayores en una escena muy divertida del Casanova de Fellini: un banquete internacional, a un lado de la mesa los italianos lascivos y pintureros metiendo mano a las damas muy escotadas, enfrente los españoles, vestidos de negro y discutiendo ceñudos sobre el Santísimo Sacramento. Más o menos, así recuerdo yo la cosa.

En cambio en la segunda mitad del siglo XX nos consideraban festivos y juerguistas, poco fiables laboralmente pero muy divertidos. Los europeos querían ser industriosos y pudientes como alemanes, pero después venirse a vivir alegremente en España. Y sobre cada uno de nuestros vecinos se han inventado historietas semejantes: los portugueses melancólicos y prudentes, los franceses seductores y pedantes, los ingleses con complejo de superioridad, los escandinavos aburridos pero demócratas… En fin, ya tu sabes, como decimos en Cuba. Quien desee conocer los mecanismos para alterar la identidad del prójimo y justificar nuestra enemistad –quizá incluso violenta- con él, puede consultar el muy competente volumen La construcción del enemigo (ed. Fundación Colegio Libre de Eméritos) de Enrique Baca.

«Nadie ha sufrido tanto aislamiento como los judíos (los guetos se inventaron para ellos) ni tan frecuentes persecuciones»

Pero si hay un colectivo (no sé cómo llamarlo: ¿pueblo? ¿nación? ¿religión? ¿Estado?…raza no, desde luego. Todos los nombres le vienen anchos o estrechos) que acumula el máximo de mitología sobre sí desde hace milenios son los judíos. Sea para suponerles cualidades sobrehumanas (astucia, inventiva genial…) o rasgos diabólicos (codicia, afán de poder, avaricia…) siempre se tiene a los judíos por algo excepcional, fuera de serie. De un editor judío radicado en España oí decir: «Es tan tonto que no parece judío». Y Cioran les dedicó un ensayo titulado Un pueblo de solitarios en el que los presenta como una especie de antonomasia de la humanidad: humanos al cuadrado, para lo bueno y lo malo.

Tanta excepcionalidad no siempre les ha sido favorable, ni mucho menos. Nadie ha sufrido tanto aislamiento (los guetos se inventaron para ellos y se les marginó como si fuesen portadores de una enfermedad contagiosa) ni tan frecuentes persecuciones. Son los chivos expiatorios ideales, culpables de los pecados sociales más variados y mefíticos. Cada vez que una comunidad se revuelve contra sí misma, cada vez que nos cansamos de la rutina de la fraternidad, los judíos están en peligro. Por eso Cecilia Denot ha titulado así su muy educativo libro, El canario en la mina (ed. Libros del Zorzal): lo mismo que antaño se bajaban canarios a las minas para que su muerte señalase la presencia de gases ponzoñosos antes de que fuesen letales para los mineros, el odio a los judíos se exaspera cuando una sociedad, incluso una civilización como la occidental, empieza a odiarse a sí misma envenenada por sus elementos mas arrogantes, obtusos y sectarios.

«El antisemitismo –llamado ‘antisionismo’ para disimular- consiste en creer que el Estado judío no tiene derecho a existir»

En esta obra, Denot analiza detalladamente la gran mayoría de las leyendas que corren sobre Israel y los judíos, dando armas intelectuales a quienes no quieran incurrir en la imbecilidad antisemita, sea de izquierdas o de derechas. Denot aclara muy bien que uno puede detestar el antisemitismo pero ser crítico de la política del incompetente Netanyahu, apoyar una tregua humanitaria en Gaza o creer en la solución de dos Estados a la eterna crisis de Palestina. El antisemitismo –llamado «antisionismo» para disimular- consiste en creer que el Estado judío es invasor y no tiene derecho a existir, que debe ser borrado del mapa «desde el río hasta el mar», que es el único y por tanto mayor responsable del conflicto y que está empeñado en llevar a cabo un genocidio en Palestina…como sostienen los merluzos, a veces con estudios y todo, que no saben lo que significa la palabra «genocidio».

 

Como resulta casi inevitable, la mugre intelectual es el mejor caldo de cultivo del antisemitismo: los campus universitarios estadounidenses primero y luego sus risibles imitadores europeos, o el repulsivo aquelarre de Eurovisión del que todavía algunos/as tienen el mal gusto de hablar. ¡Ah, pero también tienen ellos su canario flauta! Allí donde aparece Greta Thunberg, el anticanario moderno nos indica que hay fraude climático, antisemitismo o quién sabe qué otras plagas.

 
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