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| viernes enero 30, 2026

Todavía no es guerra… pero hace mucho dejó de ser paz

Mtro. Ilan Eichner W. para Porisrael.org


En los conflictos internacionales de alta intensidad, las crisis no suelen comenzar con un anuncio formal ni con una declaración inequívoca de guerra, sino con una sucesión de hechos aparentemente dispersos que, una vez puestos en contexto, revelan una lógica común. La tesis central que conviene tener presente es sencilla pero incómoda: las escaladas no se producen por un gesto aislado ni por un error puntual, sino cuando distintos planos de poder comienzan a alinearse, y el mayor peligro para la opinión pública no es la amenaza en sí, sino interpretar ese proceso de forma errática. Movimientos diplomáticos, declaraciones públicas, decisiones jurídicas y despliegues militares dejan de actuar como compartimentos estancos y empiezan a superponerse hasta formar un patrón reconocible. Comprender ese patrón exige método, porque confundir señales con decisiones consumadas conduce tanto al pánico infundado como a la negación irresponsable.

En los últimos días, varios acontecimientos han vuelto a colocar a Irán en el centro del tablero geopolítico. Distintos medios internacionales han informado que en Estados Unidos se están evaluando escenarios de presión más severa sobre Teherán, incluidos cursos de acción militares, en un contexto marcado por el estancamiento diplomático y la persistencia del programa nuclear iraní. Al mismo tiempo, Rusia ha expresado públicamente su rechazo al uso de la fuerza y ha insistido en privilegiar la negociación, una postura que no responde a consideraciones morales abstractas, sino al cálculo de quien percibe que el riesgo de escalada es real y potencialmente desestabilizador.

A ese cuadro se suma una decisión europea que, aunque presentada en términos técnicos, tiene consecuencias políticas profundas: la inclusión del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica en la lista de organizaciones terroristas. Este paso no constituye por sí mismo un acto bélico, pero redefine el marco jurídico y simbólico desde el cual se evaluarán los acontecimientos posteriores. Cuando una estructura central del régimen iraní es catalogada formalmente como terrorista, se reduce el margen para exigir que sea tratada como un actor estatal convencional y se eleva el umbral de tolerancia internacional frente a eventuales acciones de fuerza dirigidas contra ella.

Desde Washington, además, se ha subrayado un dato concreto que no es menor: decenas de miles de soldados estadounidenses se encuentran desplegados en bases de Medio Oriente dentro del alcance de misiles y drones iraníes. Esta afirmación cumple una función estratégica precisa, porque traslada la amenaza del plano abstracto al interés directo. Cuando un Estado sostiene públicamente que sus propias fuerzas están en riesgo inmediato, la frontera entre defensa preventiva, disuasión activa y preparación ofensiva se vuelve deliberadamente ambigua, y esa ambigüedad es, históricamente, el espacio donde se toman las decisiones irreversibles.

Frente a este contexto, la tentación habitual es reducir el análisis a un inventario de capacidades militares, sistemas de armas o plataformas desplegadas, como si el conflicto pudiera explicarse por acumulación técnica. Esa aproximación ofrece una falsa sensación de control. La tecnología importa, pero no como fetiche, sino porque revela cómo se imagina la guerra. La creciente centralidad de sistemas de coordinación, enlace y guerra en red indica que ya no se piensa en enfrentamientos aislados, sino en operaciones integradas donde la información, el tiempo real y la sincronización pesan tanto como la fuerza bruta.

El núcleo del problema, sin embargo, no reside únicamente en la capacidad militar iraní, sino en su potencial para desestabilizar el entorno global incluso sin imponerse en el campo de batalla. El Estrecho de Ormuz, por donde transita una parte sustancial del comercio energético mundial, convierte cualquier tensión regional en un riesgo económico planetario. La sola amenaza de interferir en ese paso marítimo eleva precios, altera mercados y presiona a gobiernos geográficamente lejanos al conflicto. Esa palanca explica por qué Irán, aun desde una posición militar inferior, conserva capacidad de disuasión efectiva.

En ese marco, la propaganda y la desinformación dejan de ser accesorios retóricos y se integran al dispositivo estratégico. Exagerar daños, anunciar destrucciones totales o construir escenarios apocalípticos busca generar pánico interno en el adversario y desgaste político en sus aliados. Por esa razón, la distinción entre información confirmada, hipótesis plausibles y afirmaciones especulativas no es un ejercicio académico, sino una necesidad estratégica para las sociedades que observan el conflicto desde fuera.

La historia ofrece referencias útiles, pero exige prudencia. Existen precedentes de ataques preventivos contra instalaciones estratégicas que fueron considerados necesarios por quienes los ejecutaron y duramente condenados por buena parte de la comunidad internacional en su momento. La lección no es que tales acciones sean inevitables ni que estén exentas de consecuencias, sino que incluso cuando se actúa desde una lógica de supervivencia, el costo diplomático y político puede ser elevado y persistente.

La pregunta central, por tanto, no es si algún actor “se animará” a dar el primer paso, sino cuál es el nivel de amenaza que cada uno está dispuesto a tolerar antes de asumir ese costo. Las declaraciones que mantienen formalmente abierta la puerta del diálogo conviven con hechos que la estrechan en la práctica, porque cada día de confrontación pública reduce el margen para que cualquier concesión sea políticamente aceptable en el plano interno.

Aquí es donde la tesis inicial adquiere su sentido pleno. La conversación pública no es un elemento neutro del conflicto. El alarmismo convierte cualquier desenlace en catástrofe inevitable; el triunfalismo reduce escenarios complejos a relatos simplistas de victoria asegurada. Ambos extremos erosionan el juicio colectivo. La sobriedad no es una renuncia ni una posición tibia, sino una forma de defensa intelectual. Reconocer que existe una amenaza real, que hay riesgos civiles, económicos y regionales, y que no todo puede predecirse ni confirmarse, es la única manera responsable de enfrentar este tipo de coyunturas.

La conclusión es clara y deliberadamente incómoda: las escaladas no se anuncian con un solo hecho ni se entienden con un solo titular. Surgen cuando marcos jurídicos, despliegues militares, discursos políticos y apuestas internas empiezan a alinearse. Ignorar esa estructura para quedarse con la estridencia equivale a mirar el conflicto como espectáculo. Y en materia estratégica, un público confundido, intoxicado por el ruido o atrapado en narrativas simplistas, es siempre el más vulnerable antes de que ocurra el primer impacto.

 
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