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| martes febrero 3, 2026

ITRO 5786

Israel Winicki Z.L/Porisrael.org


B’H

Éxodo 18:1-20:23

 

El suegro de Moshé, Itró, oye sobre los grandes milagros que Di-s hizo por el pueblo de Israel, y viene desde Midián hasta el campamento Israelita, trayendo consigo a la mujer de Moshé y sus dos hijos. Itró aconseja a Moshé nombrar una jerarquía de magistrados y jueces para ayudarlo en la tarea de gobernar y administrar justicia a la gente.

Los Hijos de Israel acampan frente al Monte Sinaí, donde se les informa que Di-s los ha elegido como su “nación de sacerdotes” y “nación santa”. Las personas responden proclamando “Todo los que Di-s dijo, lo haremos”.

En el sexto día del tercer mes (Sivan), siete semanas luego del Éxodo, toda la nación de Israel se reúne al pie del Monte Sinaí. Di-s desciende sobre la montaña en medio de truenos, rayos, humo y los sonidos del shofar, y ordena a Moshé ascender.

Di-s proclama los Diez Mandamientos, ordenando al pueblo de Israel creer en Di-s, no adorar ídolos o mencionar el nombre de Di-s en vano, observar el Shabat, honrar padre y madre, no matar, no cometer adulterio, no robar, no dar falso testimonio ni desear la propiedad del prójimo. La gente dice a Moshé que la revelación es demasiado fuerte para soportarla, rogándole que reciba la Torá de Di-s y luego la transmita a ellos.

PRIMERO LA ACCIÓN

 

Generalmente cuando se nos encomienda una tarea lo primero que hacemos es tratar de averiguar de qué se trata y luego, si consideramos que está dentro de nuestras posibilidades, la realizamos. Pero ¿qué ocurre cuando esa tarea forma parte de nuestro servicio a Di-s? La respuesta la tenemos en la parashá de esta semana. Cuando los judíos estaban ante el Monte Sinaí para recibir la Torá no vacilaron en decir al unísono: “Haremos y escucharemos”. No importaba lo que estaba escrito en la Torá, era la voluntad del Creador y eso era suficiente.

Sabemos que los hechos narrados en la Torá  no son solo narraciones históricas, sino que son instrucciones para todas las épocas.

Cuando de cumplir la voluntad de Di-s también nosotros debemos exclamar con todas nuestras fuerzas: “¡¡¡HAREMOS Y ESCUCHAREMOS!!!”

 

Los Diez Mandamientos y la Terapia

Por Eli Hecht

 

Una señora de un muy buen nivel profesional y cultural vino a mi oficina para solicitarme un consejo. Su conflicto era relativo al matrimonio, su familia y sus responsabilidades. Me comentó sobre su imposibilidad para estabilizar su vida…

Sospeché que había algo más allí. Le pregunté si había pedido ayuda a un terapeuta o psiquiatra. Me contestó afirmativamente. Ella visitaba a un psiquiatra todas las semanas durante los últimos dos años. Ahora su vida necesitaba un cambio rotundo, y como último recurso acudía a la religión.

Le formulé las tres preguntas que habitualmente hago a quienes están bajo tratamiento psiquiátrico u otra terapia relacionada con la salud mental.

1)¿ Su terapeuta es casado o separado?

2) ¿Él cree en Di-s y profesa una religión organizada?

3) ¿Su terapeuta ama a los chicos?

Después de pensar por unos instantes, me dijo lentamente que la respuesta era un NO en los tres casos. Su psiquiatra se había casado ya dos veces y ahora estaba divorciándose de la tercera mujer. No profesaba ninguna religión aludiendo que es represiva y provoca culpabilidad. Por último me explicó que no tenía especial aprecio por los niños porque «ellos necesitan especial atención no tiene suficiente paciencia como para estar atrás de ellos todo el tiempo».

A continuación le pregunté si deseaba seguir casada, a lo que me respondió: «Si, y además amo a mis hijos con toda mi alma».

Entonces le expliqué que quizás había elegido el tratamiento opuesto a su necesidad.

Me vinieron a la mente los Diez Mandamientos. En ellos Di-s nos enseña conceptos muy simples pero muy importantes. Ellos nos enseñan a no codiciar, pero sí a amar, compartir, respetar y honrar.

Estos ingredientes nos ayudan a querer a nuestros hijos, preocuparnos por nuestro cónyuge y tener confianza e intimidad en nuestra pareja. Esto es todo por lo que nosotros luchamos.

Los Diez Mandamientos son la mejor terapia para alcanzar nuestro objetivo.

Aunque los Diez Mandamientos son conocidos por haber sido entregados por Di-s al Pueblo Judío en el Monte Sinaí -en la Festividad de Shavuot que se aproxima- no existe monopolio alguno con respecto a las buenas acciones. El mundo tiene la libertad de tomar prestado y obedecer estos mandamientos.

Terapeutas, científicos, doctores, trabajadores sociales e incluso líderes espirituales son quienes ayudan a los necesitados, mas ellos cargan con la responsabilidad de cumplir los mandamientos y marcar las normas.

Debemos ser conscientes de que la sociedad aprende y recibe inspiración, tomando ejemplos prácticos de sus líderes. (www.es,chabad.org)

Una nación de líderes

Rav Jonathan Sacks

 

La parashá de esta semana consta de dos episodios que aparentemente constituyen un estudio de contrastes. El primero está en el capítulo 18. Itró, el suegro de Moshé, un sacerdote midianita, le da a Moshé su primera lección sobre liderazgo. En el segundo episodio, el principal protagonista es Dios mismo, Quien en el Monte Sinaí hace un pacto con los israelitas en un evento sin precedentes y nunca repetido. Por primera y única vez en la historia, Dios se presenta ante todo un pueblo, y hace con ellos un pacto entregándoles el más famoso código de ética del mundo: los Diez Mandamientos.

¿Qué pueden tener en común el consejo práctico de un midianita con las palabras eternas de la Revelación? De hecho, aquí hay un contraste intencional y muy importante. Las formas y estructuras de gobierno no son específicamente judías. Forman parte de la jojmá, la sabiduría universal de la humanidad. Los judíos tuvieron muchas formas de liderazgo: profetas, los ancianos, jueces y reyes; el nasí en Israel bajo el dominio romano, y el Resh Galuta en Babilonia; ayuntamientos (shiva tuvei hair) y diversas formas de oligarquía, así como muchas otras estructuras, incluyendo la Kneset elegida democráticamente. Las formas de gobierno no son verdades eternas, ni son exclusivas de Israel. De hecho, la Torá dice respecto a la monarquía que llegaría un momento en el cual el pueblo diría: «Pongamos un rey sobre nosotros como todas las naciones que nos rodean». El único caso en toda la Torá en donde se le ordena (o se le permite) a Israel imitar a otras naciones. No hay nada específicamente judío en las estructuras políticas.

Sin embargo, lo que es específicamente judío es el principio del pacto en el Sinaí, que Israel es el pueblo elegido, la única nación cuyo máximo Rey y legislador es Dios mismo. «Él ha revelado Su palabra a Iaakov, Sus leyes y decretos a Israel. No ha obrado así con ninguna otra nación; ellos no conocen Sus leyes, Haleluiá» (Salmo 147:19-20). Lo que el Pacto del Sinaí estableció por primera vez fueron los límites morales del poder.(1) Toda autoridad humana es una autoridad delegada, sujeta a los imperativos morales generales de la Torá misma. De este lado del cielo no hay poder absoluto. Eso es lo que siempre ha diferenciado al judaísmo de los imperios del mundo antiguo y de los nacionalismos seculares del Occidente. Por lo tanto, Israel puede aprender política práctica de un midianita, pero los límites de la política debe aprenderlos de Dios mismo.

Sin embargo, a pesar del contraste, hay un tema en común en ambos episodios, al de Itró y al de la revelación en el Sinaí: la delegación, distribución y democratización del liderazgo. Únicamente Dios puede gobernar solo.

El tema es introducido por Itró. Él llega a visitar a su yerno y lo encuentra liderando solo a todo el pueblo. Le dice: «Lo que tú haces no es bueno» (Éxodo 18:17). Esta es una de las únicas dos instancias en toda la Torá en la que aparecen las palabras lo tov, «no bueno». La otra es en Génesis (2:18), cuando Dios dijo: «No es bueno (lo tov) que el hombre esté solo». No podemos liderar solos. No podemos vivir solos. Estar solos no es bueno.

Itró propone delegar el poder:

Ahora escucha mi voz, te aconsejaré y que Dios esté conmigo: sé tú para el pueblo un representante ante Dios y lleva sus asuntos ante Él. Enséñales Sus decretos e instrucciones, y muéstrales la forma en que deben vivir y cómo deben comportarse. Pero elige entre todo el pueblo hombres capaces, temerosos de Dios, hombres de la verdad, que aborrezcan las ganancias deshonestas, y nómbralos como oficiales sobre millares, centenas, cincuentenas y decenas. Ellos juzgarán al pueblo en todo momento; todo asunto mayor lo presentarán ante ti y todo asunto menor lo juzgarán ellos. Así se aliviará tu carga, porque ellos la compartirán contigo. (Éxodo 18:19-22)

Esta es una significativa evolución. Implica que entre mil israelitas, hay 131 líderes (un jefe de mil, diez de cien, veinte de cincuenta y cien de decenas). Uno de cada ocho hombres adultos debía asumir alguna clase de rol de liderazgo.

En el siguiente capítulo, antes de la revelación en el Monte Sinaí, Dios le ordena a Moshé proponer un pacto con los israelitas. En ese momento, Dios articula cuál es en efecto la declaración de misión del pueblo judío:

«Ustedes vieron lo que Yo hice a Egipto, y cómo Yo los llevé sobre alas de águila y los traje a Mí. Y ahora, si escuchan diligentemente Mi voz y guardan Mi pacto, serán para Mí un tesoro de entre todas las naciones, pues Mía es toda la tierra. Pero ustedes serán para Mí un reino de sacerdotes y una nación sagrada» (Éxodo 19:4-6)

Esta es una declaración muy llamativa. Cada nación tenía sus sacerdotes. En el libro de Génesis, encontramos a Malkitzedek, contemporáneo de Abraham, quien es descripto como «un sacerdote del Dios Altísimo» (Génesis 14:18). La historia de Iosef menciona a los sacerdotes egipcios, cuyas tierras no fueron nacionalizadas (Génesis 47:22). Itró era un sacerdote midianita. En el mundo antiguo no había nada distintivo respecto al sacerdocio. Cada nación tenía sus sacerdotes y sus hombres sagrados. Lo que era distintivo respecto a Israel era que se iba a convertir en una nación en la cual cada uno de sus miembros sería un sacerdote, cada uno de sus ciudadanos debía llegar a ser sagrado.

Recuerdo claramente cuando estuve con Rav Adin Steinsaltz en la Asamblea General de las Naciones Unidas en agosto del 2000, en una singular reunión de dos mil líderes religiosos representando a las principales religiones del mundo. Yo señalé que incluso en medio de esa distinguida compañía, nosotros éramos diferentes. Éramos casi los únicos líderes religiosos que vestían trajes. Todos los demás vestían túnicas de oficio. Es un fenómeno casi universal que los sacerdotes y las personas santas usan prendas distintivas para indicar que están apartados (el significado central de la palabra kadosh, «sagrado»). En el judaísmo post bíblico no hubo túnicas de oficio, porque se esperaba que todos fueran sagrados.(2). (Teofrasto, discípulo de Aristóteles, llamó a los judíos «una nación de filósofos», reflejando la misma idea).(3)

¿Pero en qué sentido los judíos son un reino de sacerdotes? Los cohanim son una elite dentro de la nación, miembros de la tribu de Levi, descendientes de Aharón el primer Gran Sacerdote. Nunca hubo una democratización completa del kéter kedushá, la corona del sacerdocio.

Al enfrentar este problema, los comentaristas ofrecen dos soluciones. La palabra cohanim, «sacerdotes», puede significar «príncipes» o «líderes» (Rashi, Rashbam). O puede significar «siervos» (Ibn Ezra, Rambán). Pero este es precisamente el punto. Los israelitas deben ser una nación de siervos-líderes. Es el pueblo que en virtud del pacto, debe aceptar la responsabilidad no sólo por ellos mismos y por sus familias, sino por el estado moral-espiritual de toda la nación. Este es el principio que luego se volvió conocido como la idea de que kol Israel arevin ze ba zé, «todos los israelitas son mutuamente responsables los unos por los otros» (Shavuot 39a). Los judíos fueron el pueblo que no dejó el liderazgo a un solo individuo, sin importar cuán sagrado o exaltado fuera, ni a una elite. En cambio, cada uno de ellos debía convertirse en un príncipe y en un siervo; es decir que cada uno debía ser un líder. Nunca el liderazgo estuvo más profundamente democratizado.

Esto fue lo que históricamente, llevó a que los judíos fueran difíciles de dirigir. Como declaró Jaim Weizmann, el primer presidente de Israel: «Yo lidero una nación con un millón de presidentes».

Dios puede ser nuestro pastor, pero ningún judío fue nunca una oveja. Al mismo tiempo, esto es lo que llevó a que los judíos tengan un impacto en el mundo fuera de proporción con su número. Los judíos constituyen sólo un pequeño fragmento de la población mundial, la quinta parte del uno por ciento. Pero tuvieron un porcentaje extraordinariamente elevado de líderes en todos los campos de emprendimiento humano.

Ser judío es tener la vocación de ser un líder.

Shabat Shalom


NOTAS

  1. Para la ilustración original de esta idea, ver el comentario de Rav Sacks sobre Shifra y Puá en «Las mujeres como líderes», parashat Shemot
  2. Esta idea apareció en el protestantismo cristiano durante la época de los puritanos con la frase «el sacerdocio de todos los creyentes». Ellos fueron los cristianos que tomaron con mayor seriedad los principios de lo que ellos llaman el Viejo Testamento.
  3. Ver Iosefo, Contra Apionem, 1:22
 
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