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| viernes febrero 27, 2026

La paradoja israelí: superioridad operativa en un entorno estratégicamente inestable

Bryan Acuña Obando para semanariouniversidad.com


El Medio Oriente atraviesa una fase de reconfiguración acelerada. Mientras en el plano diplomático se discuten fórmulas para Gaza, el desarme de Hamás y eventuales entendimientos con Irán, la dinámica real de poder se está redefiniendo sobre el terreno. Israel, más que ningún otro actor, funciona hoy como barómetro de ese cambio.

La caída de Bashar al-Assad alteró de forma sustantiva el equilibrio regional. Siria había sido durante años un componente esencial de la arquitectura de disuasión iraní, profundidad estratégica, corredor terrestre hacia Líbano y plataforma para el despliegue indirecto de capacidades contra Israel. Sin ese eje consolidado, Teherán perdió una pieza clave de su entramado regional.

El resultado inmediato fue una reducción significativa de la presión convencional sobre Israel desde el norte. La libertad de acción aérea israelí en territorio sirio aumentó de manera drástica. Los centenares de ataques preventivos registrados en los meses posteriores a la caída del régimen no solo evidencian intensidad operativa, sino una estrategia deliberada de moldear el vacío de poder antes de que otros lo capitalicen.

Sin embargo, el debilitamiento de la infraestructura iraní en Siria no equivale a la neutralización del desafío estratégico. Irán mantiene activos tres vectores de riesgo, su potencial nuclear, el desarrollo de misiles de largo alcance y la capacidad de articular alianzas tácticas con actores estatales que compartan intereses coyunturales. El problema no desaparece, evoluciona.

En ese contexto, la variable turca adquiere una relevancia inédita. El gobierno de Turquía no opera como proxy, sino como potencia regional con ambición estratégica propia. Siria se ha convertido en un espacio de competencia indirecta entre Ankara y Jerusalén. La posibilidad de que fuerzas turcas consoliden presencia en antiguas instalaciones militares sirias, activa en Israel una lógica preventiva: impedir que un actor estatal con capacidad convencional significativa establezca una infraestructura militar permanente en su periferia ampliada.

La tensión dejó de ser retórica cuando incidentes vinculados a estructuras asociadas a Hamás en Doha en 2025 desencadenaron una escalada diplomática. Ankara elevó su nivel de alerta y congeló relaciones comerciales. Más allá del episodio concreto, lo relevante es el deterioro estructural del vínculo bilateral. El comercio, la cooperación energética y la coordinación directa en ciertos expedientes quedaron subordinados a una lógica de rivalidad abierta.

Aquí emerge la paradoja israelí. En términos tácticos, Israel ha demostrado una eficacia notable; ha degradado severamente a Hamás, ha limitado la capacidad operativa de Hezbolá y ha erosionado la presencia iraní en Siria. No obstante, cada éxito operativo parece generar un reajuste del sistema que produce nuevas fricciones.

La región funciona como un mecanismo de compensación constante. Cuando un actor pierde espacio, otro intenta ocuparlo. La competencia por zonas de influencia en territorios frágiles; Siria hoy, potencialmente Irak o Líbano mañana, transforma la fragmentación en herramienta política. La inestabilidad deja de ser un efecto colateral del conflicto y se convierte en instrumento estratégico.

 

 

El riesgo es estructural. Si múltiples potencias regionales aplican simultáneamente lógicas de contención preventiva, zonas de amortiguamiento y apoyo selectivo a actores locales, el resultado no es estabilización, sino superposición de esferas de influencia en permanente fricción. En ese entorno, la superioridad militar no garantiza seguridad a largo plazo.

La diplomacia estadounidense, impulsada nuevamente por Donald Trump, intenta operar en un plano distinto, acuerdos parciales, arreglos pragmáticos y fórmulas de pacificación. Sin embargo, la competencia real por el diseño del orden regional se desarrolla en paralelo y, en ocasiones, al margen de esos esfuerzos. Los hechos consumados sobre el terreno condicionan cualquier arquitectura negociada posterior.

En el horizonte de los próximos meses, se perfilan tres trayectorias plausibles. La primera es una contención competitiva: Israel y Turquía evitan confrontación directa, pero consolidan posiciones en Siria bajo un equilibrio tenso. La segunda es una escalada limitada, producto de incidentes tácticos mal calibrados que deterioran aún más la relación bilateral. La tercera implicaría un reequilibrio diplomático forzado por presiones externas, probablemente de Washington o actores europeos interesados en evitar una ruptura mayor.

Israel se encuentra, por tanto, en una posición de fortaleza operativa y vulnerabilidad estructural simultánea. Ha demostrado capacidad para neutralizar amenazas inmediatas con precisión y rapidez. No obstante, el sistema regional en el que opera tiende a regenerar rivalidades. La eliminación de un frente no clausura la competencia; la desplaza.

La estabilidad estratégica en Oriente Medio no dependerá exclusivamente de la capacidad de disuasión de un actor, sino de la posibilidad de construir límites aceptados; aunque sea, tácitamente, por las potencias regionales. Mientras la lógica predominante sea la maximización unilateral de influencia en espacios fragmentados, la Hidra seguirá regenerándose.

Israel ha ganado batallas decisivas en el plano táctico. La cuestión pendiente es si podrá convertir esa ventaja en un entorno regional menos proclive a producir nuevas amenazas.

 
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