La historia de Purim trata sobre un imperio persa que intentó destruir a los judíos y fracasó. Este año, esa historia se siente menos como historia y más como un titular.
Este año, mientras los judíos se preparan para celebrar Purim, el antiguo relato de la derrota de Hamán, quien ordenó un decreto para aniquilar al pueblo judío, se siente menos como historia y más como una noticia candente.
El Libro de Ester cuenta la historia del rey Ajashverosh (Asuero) y el ascenso de su principal ministro Hamán, quien utiliza el favor real para emitir un decreto de exterminio contra el pueblo judío. El odio de Hamán tenía sus raíces en una enemistad ancestral entre su pueblo, los amalequitas, y los judíos desde muchos siglos antes.
El decreto se revierte no mediante genialidad militar ni triunfo diplomático, sino a través de algo más difícil de explicar: una serie de acontecimientos aparentemente aleatorios, cada uno insignificante por sí solo, pero que en conjunto solo pueden describirse como un milagro.
Observemos la cadena de eventos. Ester se convierte en reina, no porque buscara poder, sino porque la reina anterior fue depuesta por negarse a obedecer al rey. Mordejai escucha por casualidad un complot para asesinar al rey y lo denuncia, un pequeño acto que queda registrado y luego olvidado. Hamán, consumido por la ira ante la negativa de Mordejai de inclinarse ante él, construye una horca y acude al rey de noche para solicitar la ejecución de Mordejai. Pero esa misma noche el rey no puede dormir y ordena que le lean las crónicas reales. Las abren, al azar, justo en el pasaje sobre cómo Mordejai salvó la vida del rey. Un favor que nunca fue recompensado. A la mañana siguiente, cuando Hamán llega para pedir la muerte de Mordejai, el rey ya está preguntando cómo honrarlo. Hamán termina conduciendo a Mordejai por las calles en celebración real. La horca que había preparado para Mordejai se convierte en el instrumento de su propia ejecución.
Ningún acontecimiento individual parece una salvación. Cada paso pudo haber salido de otra manera. Pero en conjunto forman algo inconfundible.
Esa es la mano oculta a la que apunta la Meguilá. El nombre de Dios no aparece nunca en el Libro de Ester. Pero la arquitectura de la historia hace innegable Su presencia. Lo que parece coincidencia, leído en secuencia, es todo lo contrario. Venahafoj hu, ‘todo se dio vuelta’. Los condenados se convirtieron en vencedores. Todo lo que estaba destinado a destruir a los judíos se convirtió en el mecanismo de su rescate.
La historia antigua se repite hoy
Estamos siendo testigos de un venahafoj hu, de cosas que se están dando vuelta, en este mismo momento.
La República Islámica de Irán ha sido el principal estado patrocinador del terrorismo en el mundo, alimentando guerras de poder, armando grupos terroristas y extendiendo la violencia por Medio Oriente y más allá. Durante casi cuatro décadas, su líder supremo se posicionó como el heredero ideológico del odio exterminador que la tradición judía llama “Amalek”. Él abogó abierta y repetidamente por la destrucción de Israel y la muerte del pueblo judío. Y al igual que Hamán, Khamenei no sobrevivió para ver concretadas esas ambiciones.
Ali Khamenei, líder de este régimen asesino, murió en Shabat Zajor, el sábado inmediatamente anterior a Purim, cuando los judíos de todo el mundo cumplen el mandamiento de la Torá de recordar lo que Amalek hizo al pueblo judío. La coincidencia temporal es algo que ningún novelista se atrevería a inventar. Su fin lleva la inconfundible resonancia del venahafoj hu.
Khamenei pasó décadas declarando la guerra al pueblo judío, a Estados Unidos, a la civilización occidental, y fue derrotado por las mismas fuerzas que buscaba destruir.
El peligro no ha terminado
El colapso del régimen iraní, si continúa, sería uno de los cambios geopolíticos más significativos en una generación. Pero todavía no estamos allí. La situación es frágil y peligrosa. La represalia ya está en marcha. Los aliados del régimen (Hezbolá, Hamás, los hutíes) todavía tienen armas, financiamiento e intención. Un Irán debilitado pero acorralado puede atacar con mayor fuerza antes de caer.
El régimen iraní ha pasado décadas construyendo infraestructura nuclear con un objetivo: un arma capaz de matar a millones de judíos.
El régimen iraní ha pasado décadas construyendo infraestructura nuclear con un objetivo: un arma capaz de matar a millones de judíos. Ha financiado a todas las principales organizaciones terroristas que atacan a Israel y a los intereses estadounidenses en la región. Ha asesinado a sus propios ciudadanos por exigir derechos básicos. Un régimen tan comprometido con la destrucción no se reforma. Debe ser desmantelado. Las medias tintas y las negociaciones han comprado tiempo, pero el tiempo se está agotando. La ventana para actuar, antes de que Irán cruce el umbral nuclear, es estrecha. Israel y Estados Unidos comparten tanto la capacidad como la obligación moral de cerrarla.
El llamado a cada judío
La cercanía de todo esto con Purim exige nuestra atención.
La historia de Ester es, en esencia, una historia sobre lo que sucede cuando las personas se niegan a mirar hacia otro lado. Mordejai podría haber mantenido la cabeza baja. Ester podría haber permanecido en silencio. En cambio, actuaron, y sus acciones se convirtieron en el vehículo a través del cual se movió algo más grande.
Hay Esteres y Mordejais contemporáneos, los disidentes dentro de Irán que arriesgan sus vidas, los oficiales de inteligencia que actuaron en silencio, los líderes que mantuvieron posiciones que otros querían abandonar, los periodistas que se negaron a normalizar el mal. La responsabilidad humana no estuvo oculta en tiempos de Ester, y no lo está ahora.
Ese es el llamado para los judíos hoy, religiosos o no: unirse y rezar.
Pero hay algo más que la historia de Purim exige de los judíos comunes. Antes de que Ester fuera ante el rey, pidió a Mordejai que reuniera a todos los judíos de la ciudad para ayunar y rezar juntos durante tres días. Esa unión comunitaria, ese acto de unidad y plegaria profunda, fue el fundamento sobre el cual descansó todo lo demás.
Ese es el llamado para los judíos de hoy, religiosos o no: unirse y rezar. El acto de presentarse juntos como pueblo, más allá de cualquier diferencia, tiene un peso que la historia de Purim ya ha demostrado.
A lo largo de la historia judía hemos enfrentado a muchos Hamanes y Khameneies. Cada uno creyó estar escribiendo el capítulo final del pueblo judío. Cada uno terminó siendo una nota al pie.
Ahora vemos algo desarrollarse en tiempo real. Cómo terminará aún no está claro. Pero la resonancia con esta época del año es demasiado precisa como para ignorarla.
Este año espero con ilusión Purim, y el día en que Irán sea finalmente libre.



















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