B.H
Éxodo 30:11-34:35
El Pueblo de Israel recibe el mandamiento de contribuir, cada uno, con medio shekel de plata para el Santuario. También son dadas las instrucciones para construir el kior, una gran vasija de agua para el Santuario, junto con el aceite de unción y el incienso. Los artesanos “sabios de corazón” Betzalel y Ahaliav son puestos a cargo de la construcción del Santuario; el pueblo es mandado nuevamente a observar el Shabat.
Cuando Moshé no vuelve en el momento esperado del Monte Sinaí, la gente hace un Becerro de Oro y lo adora. Moshé desciende del monte cargando las Tablas del Testimonio grabadas con los Diez Mandamientos; viendo a la gente bailar alrededor de su ídolo, rompe las Tablas, destruye el Becerro de Oro y manda a matar a los principales líderes de la revuelta contra Di-s. Di-s se propone destruir a la nación errante de Israel, pero Moshé intercede por ellos y dice: “Si no los perdonas, bórrame de Tu libro que has escrito”. Di-s perdona, pero dice que los efectos del pecado serán sentidos por muchas generaciones. Primero, Di-s propone mandar Su ángel junto a la gente para guiarlos, pero Moshé insiste que Di-s Mismo los acompañe hasta la Tierra Prometida. Moshé prepara un nuevo juego de tablas y sube la montaña una vez más, donde Di-s reinscribe el pacto en estas Segundas Tablas. En la montaña, Moshé es agraciado con la visión de los Trece Atributos de Misericordia Divinos. Tan radiante es el rostro de Moshé a su regreso del monte, que debe cubrírselo con un velo, el cual quita sólo cuando habla con Di-s y para enseñarle la ley al pueblo.
ALGO VISIBLE
Hacía muy poco que el pueblo de Israel había presenciado la revelación de Di-s en el Monte Sinaí, hacía muy poco tiempo que habían gritado al unísono “¡Haremos y escucharemos!” y, de pronto… hacían un ídolo y al adorarlo gritaban “¡Estos son tus dioses Israel, que te sacaron de la tierra de Egipto!” ¿Cómo es posible que tras llegar a las alturas a las que habían llegado con la entrega de la Torá, cayeran tan bajo?
Todavía estaban en su carne y en su mente las señales de la esclavitud, todavía tenían mentalidad de esclavos, no estaban preparados, como sí lo estuvo la generación posterior, la que entró a la Tierra de Israel, para aceptar que hay algo más allá de lo meramente material. Y esta es la diferencia entre el esclavo y el hombre libre: el esclavo piensa en el descanso y la comida, nada más, solo satisfacer sus necesidades físicas. El hombre libre puede darse el lujo de soñar, de elevarse, de cultivarse. Esto es lo que ocurrió con el Becerro de Oro. El pueblo era, en definitiva, una masa de esclavos recién liberados, por ende no podían concebir algo más allá de lo físico, de ahí que exigieran dioses materiales a los que pudieran ver y tocar.
Muchas veces se ha dicho que de lo ocurrido con nuestros antepasados debemos extraer enseñanzas para nosotros. Tenemos dos opciones en estos momentos: Seguir siendo esclavos que necesitan adorar al Becerro de Oro de nuestros tiempos (los bienes que nos ofrece la sociedad de consumo, las comodidades físicas, el status social, etc), o transformarnos en hombres libres, elevándonos espiritualmente, hasta convertirnos en una morada para que el Creador resida entre nosotros.
¿Qué es la «vaca roja» ?
La «vaca roja» (Pará Adumá) era uno de los elementos esenciales de purificación en el Templo Sagrado – en el Beit Hamikdash. Este animal es extremadamente raro. Tiene que ser completamente roja e incluso sus pelos deben ser rojos, sin excepción, y no puede haber trabajado en toda su vida. Cuando una vaca como esta era encontrada, era sacrificada en un lugar cercano al Templo, y sus cenizas, mezcladas en agua y otros ingredientes, eran usadas para purificar a las personas que se quedaron ritualmente impuras por haber tenido contacto con algún cadáver o similares. Aquella persona que era salpicada por el agua tendría que pasar por un proceso de purificación y al término del séptimo día estaba nuevamente pura.
El precepto de la «vaca roja» se encuentra en la categoría de «Jukim – decretos», o sea, las leyes que no somos capaces de entender. Existen preceptos que cumpliríamos de cualquier manera por que sean básicas de la civilización humana, u otras que no cumpliríamos solos, pero somos capaces de entender un poquito de su inmenso significado. Sin embargo, la «vaca roja» esta además de nuestra capacidad de comprensión, y a cumplimos por ser la Palabra Divina, que con certeza tiene un significado muy especial.
En la historia del pueblo judío hubo solamente nueve vacas rojas que se utilizaron para purificar al pueblo. La décima vendrá junto al Mashíaj, que esto sea pronto. Ahora bien, cuando el Gran Templo de Jerusalén estaba de pie, el pueblo traía la ofrenda de Pesaj, para lo que era requisito estar ritualmente puro. Esa es la razón por la que leemos la sección de la vaca roja en la Torá antes de Pesaj. De alguna manera, cada persona debe «purificarse» a si misma, limpiando su cabeza de ciertos pensamientos y midiendo más sus acciones. (www.es.chabad.org)
La muerte no es el final
Por Naftali Silberberg
Cuando Di-s le enseñó a Moshé las leyes de pureza espiritual, Él le dijo tanto la manera como cada tipo de contaminación es contraída, cómo es su único y exclusivo proceso de purificación. Cuando Di-s retransmitió las leyes de la persona que se vuelve impura por medio del contacto con un cuerpo muerto, el rostro de Moshé empalideció. “¡Dueño del Universo!” exclamó, “Si uno se contamina de esta forma, ¿Cómo puede purificarse?” (Midrash)
Este Shabat leemos sobre el proceso de purificación de la Vaca Roja. Hay muchas formas de impureza espiritual, variando en gravedad. El tipo más severo de impureza se contrae a través del contacto con un cuerpo muerto. En los tiempos de antes, para poder permitirse el acceso al Templo Sagrado, alguien que contraía esta impureza debía ser purificado por medio del salpicado de agua mezclada con las cenizas de una vaca roja. Leemos esta porción ahora, como preparación al ayuno que precede a la festividad de Pesaj; nos recuerda la necesidad de adquirir pureza espiritual que nos garantice la entrada al Templo durante la festividad próxima. Cuando Di-s le enseñó a Moshé las leyes de pureza espiritual, Él le dijo tanto la manera como cada tipo de contaminación es contraída, cómo es su único y exclusivo proceso de purificación. Cuando Di-s retransmitió las leyes de la persona que se vuelve impura por medio del contacto con un cuerpo muerto, el rostro de Moshé empalideció. “¡Dueño del Universo!” exclamó, “Si uno se contamina de esta forma, ¿Cómo puede purificarse?” (Midrash)
La Torá es eterna. A pesar de que ciertas mitzvot, como ser todos los mandamientos relacionados con el Templo, están restringidas a tiempos y condiciones específicas, todos contienen un mensaje que es aplicable para todos en todos los tiempos. En Pesaj, la “Temporada de nuestra Liberación”, buscamos redención personal. Buscamos dirigir lo espiritual y llenar nuestras vidas; liberarnos de nuestro “Faraón interno” que intenta bloquear nuestro camino hacia el Monte Sinaí y nuestro recibimiento de la Torá. Nuestras preparaciones para esta redención comienzan con el servicio espiritual de la Vaca Roja.
Moshé tenía un profundo entendimiento sobre la naturaleza de la muerte, un entendimiento que lo llevó a su asombro frente al prospecto de cualquier tipo de purificación para una impureza que se contrae por un cuerpo. “Pero tú que te adhieres al Señor tu Di-s estás vivo, todos ustedes, este día”. Di-s es la fuente de toda vida; por lo tanto, todo el que está conectado con Él está vivo. Por eso, es que nuestros Sabios nos dicen “Gente justa, incluso luego de su fallecimiento, son considerados vivos. Gente malvada, incluso cuando están “vivos” son considerados muertos”.
La impureza que se contrae a través de la asociación de un cuerpo es tan grave, ya que es una metáfora para uno que se ha cortado completamente de su línea de vida, una persona cuya vida está totalmente desprovista de propósito Divino. ¡Incluso Moshé no podía imaginar un proceso de purificación que pueda contrarrestar tan grave impureza! Pero, como Di-s gentilmente le explicó a Moshé, la vida luego de la muerte sí existe. Al seguir el procedimiento de la Vaca Roja, la persona inanimada espiritualmente puede comenzar a disfrutar de una vida plena, rica en propósito y sentido. La exclusividad de la Vaca Roja, su cualidad que permite imbuir vida dentro de una carcasa espiritual, es su absurdo: es una Mitzvá que no tiene ningún sentido. Cuando el Rey Salomón, el hombre más sabio de todos, reflexionó sobre esta Mitzvá, exclamó; “Yo dije “me convertiré en sabio”, pero esto va más allá de mi”. Muchas Mitzvot son difíciles de comprender, pero está realmente se lleva la torta. Uno que está totalmente separado de su fuente Divina sólo puede restablecer la conexión a través de su total entrega a Di-s. Esta entrega incluye seguir a Di-s rigurosamente, ya sea si es conveniente, cómodo, sensible o no. El intelecto finito humano ciertamente no es un vehículo con el cual uno pueda conectarse con el Di-s infinito.
La redención de Pesaj es accesible para todos. Sin embargo, primero uno debe volver a conectarse con nuestra fuente de vida a través de internalizar la enseñanza de la Vaca Roja. (www.es.chabad.org)
Cómo caen los líderes
Rav Jonathan Sacks
Como vimos tanto en la parashá Vaietzé como en Vaerá, el liderazgo está marcado por el fracaso. Recuperarse de esa caída es lo que marca la verdadera medida de un líder. Los líderes pueden caer por dos razones. La primera es externa. Puede que no sea el momento correcto. Las condiciones pueden ser desfavorables. Puede que del otro lado no haya nadie con quien hablar. Maquiavelo llamó a esto «fortuna»: el poder que tiene la mala suerte para vencer incluso a los individuos mas elevados. A veces fracasamos a pesar de nuestros mejores esfuerzos. Así es la vida.
La segunda clase de fracaso es interna. Un líder simplemente puede carecer del coraje para liderar. A veces los líderes tienen que oponerse a la multitud. Tienen que decir «no» cuando todo el mundo grita «sí». Eso puede ser aterrador. Las multitudes tienen una voluntad y su propio impulso. Decir que no puede poner en riesgo su carrera, incluso su vida. Allí es donde hace falta el coraje, y no manifestarlo puede constituir un fracaso moral de la peor calaña.
El ejemplo clásico es el Rey Saúl, quien falló en cumplir las instrucciones del profeta Samuel en su batalla contra los amalequitas. A Saúl le dijeron que no debía dejar nada ni nadie con vida. Esto es lo que ocurrió:
Cuando Samuel llegó a él, Saúl le dijo: «¡Que el Eterno te bendiga! He cumplido con lo que Dios ordenó hacer».
Pero Samuel le dijo: «Entonces, ¿qué son esos balidos de ovejas y esos bramidos de vacas que llegan a mis oídos?»
Saúl le respondió: «Esos animales fueron traídos de Amalek. El pueblo dejó con vida a las mejores ovejas y vacas, para sacrificarlas a Dios. Todo lo demás fue destruido».
Pero Samuel dijo: «¡Suficiente! Escucha bien lo que Dios me dijo durante la noche».
«Te escucho», le respondió Saúl.
Samuel dijo: «A pesar de que tú mismo te consideres insignificante, ¿no eres el jefe de las tribus de Israel? Dios te ungió como rey sobre Israel. Y Él te dio una misión, cuando te dijo: ‘Ve y destruye por completo a ese pueblo malvado, a los amalequitas. Combátelos, hasta acabar con todos ellos’. Entonces, ¿por qué no has obedecido lo que Dios te ordenó, sino que has traído contigo lo que le quitaste a tus enemigos y has actuado mal a los ojos de Dios?»
Saúl le respondió: «Pero yo cumplí con lo que me ordenó el Eterno. Cumplí con la misión que me encargaron. Destruí por completo a los amalequitas, y como prueba he traído a Agag, su rey. Los soldados tomaron lo mejor de las ovejas y las vacas para ofrecer sacrificios al Eterno, tu Dios, en Guilgal». (Samuel I 15:13-21)
Saúl inventó excusas. No era su fracaso, era culpa de sus soldados. Además, tanto él como sus soldados tenían las mejores intenciones. Las ovejas y vacas habían sido cuidados para ofrecerlos como sacrificios. Saúl no mató al rey Agag sino que lo tomó prisionero. Samuel no se conmovió. Le dijo: «Dado que rechazaste la palabra del Eterno, Él te ha rechazado como Rey» (Samuel I, 15:23). Sólo entonces Saúl admitió: «He pecado» (15:24). Pero en ese momento ya era demasiado tarde. Él había demostrado que no era digno de dar comienzo a la línea dinástica de Israel.
Hay una cita apócrifa atribuida a diversos políticos: «Claro que sigo al partido. A fin de cuentas, soy su líder».(1) Hay líderes que siguen en lugar de liderar. Rav Israel Salanter los comparó con un perro que pasea con su dueño. El perro corre adelante, pero todo el tiempo gira la cabeza para ver si va en la dirección correcta. El perro puede pensar que está liderando el camino, pero en verdad está siguiendo a su amo.
En una lectura superficial, podemos entender que eso fue lo que ocurrió con Aharón en la parashá de esta semana. Moshé ya llevaba cuarenta días en la montaña. El pueblo estaba asustado. ¿Acaso había muerto? ¿En dónde estaba? Sin Moshé se sentían perdidos. Él era su punto de contacto con Dios. Él efectuó los milagros, partió el mar, les dio agua para beber y alimento para comer. Así describe la Torá lo que ocurrió a continuación:
El pueblo vio que Moshé se había demorado en descender de la montaña, y se congregó alrededor de Aharón y le dijeron: «Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque no sabemos qué ha sido de este hombre Moshé que nos sacó de Egipto». Aharón les dijo: «Despréndanse d ellos zarcillos de oro que están en las orejas de sus mujeres, de sus hijos y de sus hijas, y tráiganmelos». Entonces todo el pueblo se desprendió de los zarcillos de oro que tenían en sus orejas y los llevaron a Aharón. Él los tomó de sus manos, le dio forma con un buril e hizo un becerro de fundición. Ellos dijeron: «¡Este es tu dios, Israel, que te hizo salir de la tierra de Egipto!» (Éxodo 32:1:4)
Dios se enojó. Moshé le suplica que perdone al pueblo. Luego Moshé desciende de la montaña, ve lo que ha ocurrido y quiebra las Tablas de la Ley que bajó con él; quema el ídolo, lo pulveriza, lo mezcla con agua y hace que los israelitas beban esa agua. Luego le pregunta a su hermano Aharón: «¿Qué has hecho?».
Aharón le respondió: «No se encienda la ira de mi señor. Tú conoces al pueblo, que tiende al mal. Ellos me dijeron: ‘haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque no sabemos qué ha sido de este hombre Moshé que nos sacó de Egipto’. Entonces yo les dije: ‘¿Quién tiene oro?’ Ellos se desprendieron del oro y me lo dieron, yo lo arrojé al fuego y salió este becerro» (Éxodo 32:22-24)
Aharón culpa al pueblo. Ellos fueron quienes llegaron con el pedido ilegítimo. Él niega la responsabilidad por hacer el becerro. Simplemente ocurrió. «Yo lo arrojé al fuego y salió este becerro». Es la misma clase de negación de responsabilidad que encontramos en la historia de Adam y Javá. El hombre dijo: «Fue la mujer». La mujer dijo: «Fue la serpiente». Ocurrió. No fui yo. Yo fui la víctima, no el perpetrador. En cualquier persona, esta evasión es una falla moral; en un líder como Saúl el Rey de Israel y Aharón el Gran Sacerdote, era mucho más grave.
Lo extraño es que Aharón no fue castigado de inmediato. De acuerdo con la Torá, él fue condenado por otro pecado cuando años más tarde, él y Moshé hablaron con enojo contra el pueblo cuando se quejaron porque no tenían agua: «Aharón será recogido a su pueblo. Él no entrará a la tierra que Yo he entregado a los hijos de Israel, por cuanto ustedes se rebelaron contra Mi palabra en las aguas de Meribá» (Números 20:24).
Sólo más tarde, en el último mes de vida de Moshé, Moshé le dijo al pueblo algo que había mantenido callado hasta ese momento: «Pues temía de la ira y la cólera de Dios, porque Él se había enfurecido con ustedes y quería exterminarlos. Y Él me escuchó también en aquella ocasión. Y Dios se enfureció mucho con Aharón, para aniquilarlo, así que también recé por Aharón en ese momento» (Deuteronomio 9:19-20). De acuerdo con las palabras de Moshé, Dios estaba tan enojado con Aharón por el pecado del becerro de oro que estuvo a punto de matarlo, y lo hubiera hecho de no ser por la plegaria de Moshé.
Es fácil criticar a las personas que fallan en la prueba del liderazgo cuando se trata de oponerse a la multitud, desafiar el consenso, bloquear el camino que la mayoría intenta tomar. La verdad es que es difícil oponerse a la masa. Pueden ignorarte, quitarte del medio, incluso asesinarte. Cuando una multitud se sale de control no hay una solución elegante. Incluso Moshé fue impotente ante las demandas del pueblo durante el episodio de los espías (Números 14:5).
Tampoco para Moshé fue sencillo restaurar el orden. Ahora tuvo que dar un paso dramático: quebrar las Tablas y pulverizar el becerro. Luego pidió ayuda y la recibió por parte de los levitas. Ellos tomaron represalias contra la multitud, y ese día mataron a tres mil personas. La historia juzga a Moshé como un héroe, pero bien podría haber sido visto por sus contemporáneos como un autócrata brutal. Gracias a la Torá, nosotros sabemos lo que pasó entre Dios y Moshé en ese momento. Los israelitas que esperaban al pie de la montaña no sabían nada respecto a lo cerca que estuvieron de ser destruidos por completo.
La tradición trata con amabilidad a Aharón. Se lo presenta como un hombre de paz. Quizás por eso fue elegido como Gran Sacerdote. Hay más de una clase de liderazgo, y el sacerdocio implica seguir reglas, no tomar posición ni influir sobre la masa. El hecho de que Aharón no fuera un líder en el mismo molde que Moshé no significa que fuera un fracaso. Significa que estaba hecho para cumplir un papel diferente. Hay momentos en los que necesitas a alguien con el coraje para enfrentarse a la multitud y otros en los que hace falta alguien que sea un pacificador. Moshé y Aharón eran diferentes. Aharón fracasó cuando tuvo que tomar un rol como el de Moshé, pero se convirtió en un gran líder por derecho propio en una capacidad diferente. Y como dos líderes diferentes trabajando juntos, Aharón y Moshé se complementaban mutuamente. Ninguna persona puede hacerlo todo.
La verdad es que cuando una multitud se sale de control, no hay una respuesta sencilla. Por eso, todo el judaísmo es un largo seminario sobre la responsabilidad individual y colectiva. Los judíos no deben transformarse en multitudes. Cuando lo hacen, hace falta que llegue un Moshé para restaurar el orden. Pero otras veces, hace falta que llegue un Aharón para mantener la paz. Aishlatino.com
NOTAS
- Esta frase fue atribuida a Benjamín Disraeli, Stanley Baldwin y Alexandre Auguste Ledru-Rollin



















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