A Hamás le quedan apenas unos 8.000 combatientes experimentados y otros aproximadamente 12.000 reclutados apresuradamente. No dispone de drones guiados por fibra óptica, tiene dificultades para imponer su autoridad y su reconstrucción militar no avanza con rapidez. Las FDI tienen opciones militares para enfrentarlo, pero bajo la superficie de Gaza está funcionando una bomba no menos peligrosa que Hamás. Panorama de situación tras una recorrida por la Franja de Gaza.
Desde lo alto del terraplén y de las demás fortificaciones que rodean el puesto militar, en estos días de primavera se tiene una excelente vista de Al-Mawasi, en el sur de la Franja de Gaza, a lo largo de toda su extensión. En la zona donde alguna vez florecieron los invernaderos de Gush Katif, hoy se hacinan unos 400.000 palestinos en tiendas de campaña, refugios de nylon y chapa, y principalmente dentro de edificios semidestruidos.
“Hamás también está allí, intentando mezclarse entre los desplazados para utilizarlos como escudos humanos”, me dice un alto oficial del Comando Sur. “Por ahora se dedican principalmente a recopilar inteligencia e intentan, de vez en cuando, llevar a cabo ataques con armas de fuego o colocar explosivos”.
No había estado en la Franja durante los últimos meses y me sorprendió precisamente lo que vi en la zona controlada por las FDI. El puesto militar que bullía de actividad debajo de nosotros no se parecía a ninguna posición defensiva israelí que hubiera conocido anteriormente; ni durante la Guerra de Desgaste en el Canal de Suez y el Valle del Jordán en los años setenta, ni en la zona de seguridad del Líbano en los años ochenta y noventa.
Por razones de seguridad no se pueden dar detalles, pero no había allí enormes búnkeres diseñados para resistir artillería pesada o bombardeos aéreos. En cambio, había estructuras de hormigón que proporcionan buena protección contra fuego directo y fuego parabólico. Están disponibles de manera que se puede buscar refugio en cuestión de segundos y también pueden trasladarse rápidamente si se desea cambiar la ubicación del puesto.
Más que nada, el puesto se parecía a los complejos fortificados que los estadounidenses construyeron en Irak y Afganistán para proteger a sus tropas de ataques guerrilleros: un recinto donde permanece una fuerza relativamente grande con abundantes medios, cuyos integrantes pueden pasar de la rutina al combate en cuestión de minutos.
Las FDI han construido 40 puestos de este tipo en la Franja. Todos están destinados a albergar equipos de combate combinados de distintos tamaños, integrando blindados, infantería e ingenieros. La mayoría ya están terminados, especialmente en el norte de Gaza, y algunos aún se encuentran en construcción. El costo de cada puesto ronda los cinco millones de shékels. Entre ellos existe apoyo mutuo en observación y fuego.
Quedan 20.000 combatientes
El puesto que visité domina las ruinas y lo que queda de los edificios de la aldea de Bani Suheila. A unos 600 o 700 metros al sur y algo al este se podía observar el muro de tierra de otro puesto, también ubicado en una posición dominante con capacidad de observación y fuego hasta el mar.
Los puestos no están situados exactamente sobre la llamada “línea amarilla”, sino varios cientos de metros dentro del área controlada por las FDI. El objetivo es impedir un asalto directo desde las zonas controladas por Hamás o desde túneles, y reducir su vulnerabilidad al fuego directo de corto alcance.
Desde el puesto era fácil distinguir que la “línea amarilla” sigue el trazado de la carretera Salah al-Din, en el centro de la Franja. En el pasado, esta carretera conectaba el norte y el sur de Gaza; hoy sólo quedan algunos tramos de asfalto y separadores destruidos, aunque todavía puede identificarse tanto de día como de noche.
Los soldados del puesto saben que cualquier persona que cruce esta línea debe ser detenida o abatida.
En la zona intermedia, de varios cientos de metros de ancho, las FDI están estableciendo un cinturón de alerta y seguridad. A lo largo de él se excava actualmente una zanja destinada a impedir incursiones rápidas con motocicletas, camionetas y otros vehículos hacia las áreas controladas por Israel e incluso hacia las comunidades cercanas a Gaza.
Además, las FDI realizan perforaciones para localizar túneles existentes desde antes del 7 de octubre o excavados recientemente por Hamás. El objetivo es evitar sorpresas tanto para las tropas apostadas como para aquellas que se desplazan por el terreno.
Hasta ahora, desde la masacre del 7 de octubre, las FDI han descubierto y destruido aproximadamente 450 kilómetros de túneles. Algunos fueron volados y otros rellenados con hormigón. Los comandantes sobre el terreno aseguran que ya no son operativos en toda su extensión.
Según información actualizada, el ala militar de Hamás cuenta actualmente con unos 20.000 integrantes en toda la Franja, de los cuales aproximadamente 8.000 son combatientes experimentados, en su mayoría miembros de la fuerza Nukhba. El resto son jóvenes y adolescentes reclutados apresuradamente, que recibieron entrenamiento básico y armas ligeras, incluidos lanzacohetes RPG.
Hamás se niega a desarmarse y continúa intentando mantener una guerra de guerrillas. Todavía fabrica explosivos, recopila inteligencia y envía adultos y especialmente adolescentes para observar cómo reaccionan las fuerzas israelíes.
Un vacío de gobernanza
Sin embargo, Hamás está seriamente golpeado. En los últimos días apenas realiza acciones más allá de recopilar inteligencia, para no provocar una respuesta masiva de las FDI.
Otro factor que perjudica a Hamás son los clanes armados cuyos miembros viven en zonas controladas por Israel y desafían constantemente su autoridad. Parece que el apoyo popular a la organización disminuye progresivamente.
Aun así, Hamás no ha sido destruido completamente. Su brazo militar está muy debilitado, pero no se está reconstruyendo a un ritmo alarmante, como a veces se afirma en los medios.
La gobernanza civil de Hamás también es limitada. La eliminación sistemática de policías de Hamás, encargados de imponer la autoridad del gobierno y recaudar impuestos, ha reducido su presencia a mercados y cruces principales donde consideran improbable un ataque israelí.
Mientras tanto, los ciudadanos que no pertenecen a Hamás tienen acceso a alimentos, agua y medicamentos gracias a la ayuda humanitaria que entra a Gaza con apoyo estadounidense, egipcio y financiación de Emiratos Árabes Unidos y otros países.
Sin embargo, Hamás continúa apropiándose de una parte importante de esa ayuda y la vende para financiar nuevos reclutamientos.
El problema más preocupante es que, en ausencia de una aplicación efectiva de la ley y el orden, reina un vacío de gobernanza en aproximadamente el 40% del territorio de Gaza. No sólo grupos criminales aprovechan la situación; también ciudadanos comunes. Existen numerosos informes de agresiones contra mujeres, robos y disputas vecinales que terminan en asesinatos.
En estas condiciones, las estructuras tribales y familiares son las que impiden el colapso total de la sociedad palestina.
Las opciones de las FDI
La forma en que las FDI están desplegadas y operan actualmente en la Franja neutraliza casi por completo la capacidad de Hamás para realizar acciones de una escala superior a una célula de entre dos y seis combatientes.
En términos simples, Hamás ya no es un ejército terrorista; ha vuelto a ser una organización guerrillera.
Sus integrantes todavía pueden atacar ocasionalmente un puesto militar o colocar explosivos en las rutas de acceso y abastecimiento entre la frontera y la llamada “línea amarilla”, pero la amenaza contra las comunidades del sur de Israel ha sido prácticamente eliminada, al menos mientras las FDI mantengan el actual despliegue.
Más aún, las FDI disponen de capacidades eficaces para impedir que Hamás reconstruya sus capacidades militares y de gobierno en Gaza, incluso si la organización se niega a desarmarse voluntariamente y su dirigencia rechaza rendirse o exiliarse.
El comandante del Comando Sur y otros oficiales sobre el terreno están convencidos de que la conquista de las áreas todavía controladas por Hamás, incluida la ciudad de Gaza, no requeriría más que unas pocas semanas. Los planes ya existen y sólo falta la autorización del liderazgo político para ejecutarlos.
Sin embargo, el primer ministro Benjamín Netanyahu no se apresura. No sólo porque teme la reacción de Donald Trump ni porque las FDI deban conservar la capacidad de actuar rápidamente en el frente libanés.
La razón principal es que una operación decisiva en Gaza exigiría concentrar una fuerza al menos dos veces mayor que la desplegada actualmente en la Franja.
Una operación de este tipo también provocaría bajas entre las tropas israelíes y podrían pasar meses, o incluso más de un año, antes de que el ejército lograra desarmar completamente a Hamás y detener o eliminar a los comandantes y miembros de la fuerza Nukhba que aún permanecen en el terreno.
También es razonable suponer que una nueva ofensiva terrestre israelí en Gaza generaría una fuerte oposición internacional, posiblemente incluso por parte del presidente de Estados Unidos.
Una alternativa más económica
No obstante, una operación para desarmar a Hamás no es la única opción.
Existe una alternativa defensiva y ofensiva que requiere menos recursos humanos, menos bajas y menos medios materiales. Además, desafiaría menos la legitimidad internacional de las acciones israelíes.
Esta estrategia, que según parece las FDI ya presentaron al liderazgo político, propone continuar e intensificar el actual modelo operativo hasta alcanzar los objetivos deseados.
En el plano defensivo, el plan contempla seguir protegiendo las comunidades del sur de Israel y los puestos militares mediante obstáculos, sistemas de inteligencia y mecanismos de alerta temprana.
Sin embargo, el componente ofensivo sería el principal.
Las FDI y el Shin Bet utilizarían la amplia inteligencia humana y tecnológica que poseen actualmente, junto con drones y vehículos aéreos no tripulados que operan masivamente sobre la Franja, para desgastar sistemáticamente a Hamás e impedir que vuelva a gobernar o a reconstruirse.
Todo ello continuaría hasta que llegue el momento de poner fin a su dominio en Gaza mediante medios militares o políticos.
El peligro que acecha en Gaza
Estas dos opciones militares existen y son viables. Sin embargo, la decisión sobre cuál aplicar dependerá de lo que ocurra —o deje de ocurrir— en el ámbito civil. Porque, en las condiciones actuales, la verdadera bomba de tiempo y la principal amenaza a largo plazo en Gaza no es Hamás luchando por sobrevivir.
Son los aproximadamente 2,1 millones de habitantes de Gaza, que permanecen retenidos por Hamás en condiciones inhumanas. La población está concentrada en apenas 120 kilómetros cuadrados, equivalentes aproximadamente al tamaño municipal de Beer Sheva o del área metropolitana de Jerusalén, aunque allí vive más del doble de personas.
¿Qué ocurrirá si estalla una epidemia? ¿Qué sucederá si una bomba se desvía accidentalmente de su trayectoria?
Y más preocupante aún: miles de niños están creciendo en un entorno donde se les educa para odiar a Israel y sacrificarse para dañar a los judíos.
Por ello, sostiene el autor, es un interés estratégico israelí proporcionar una solución que permita a la población de Gaza vivir en condiciones razonables, preferentemente antes de que ocurra una catástrofe que el mundo termine atribuyendo a Israel.
Además, una población que tenga perspectivas de reconstrucción y esperanza tendrá menos incentivos para enviar a sus hijos a unirse a Hamás a cambio de unos pocos dólares.
El problema de la reconstrucción
El problema es que actualmente parecen escasas las posibilidades de poner en marcha, o incluso iniciar, el plan de 21 puntos impulsado por Trump.
Hamás sigue negándose a desarmarse.
La fuerza internacional de estabilización que debería desplegarse en Gaza para garantizar el gobierno de una administración tecnocrática todavía no existe.
Además, el denominado “Consejo de la Paz” creado por Trump no ha logrado recaudar ni siquiera un tercio de los fondos prometidos por sus miembros.
Las monarquías del Golfo también han sufrido importantes daños financieros debido al cierre del Estrecho de Ormuz y no parecen dispuestas a aportar las decenas de miles de millones de dólares necesarias para limpiar los escombros y reconstruir Gaza.
En consecuencia, los planes elaborados por Steve Witkoff y Jared Kushner para la reconstrucción de la Franja probablemente permanezcan durante mucho tiempo —quizás para siempre— sobre el papel.
Conclusión
Si Israel decide ocupar completamente Gaza para desarmar a Hamás, es probable que las FDI tengan que establecer una administración militar.
En ese escenario, el Estado de Israel sería responsable del bienestar y la seguridad de millones de habitantes de Gaza y tendría que involucrarse directamente en la reconstrucción del territorio.
Por ello, concluye Ron Ben-Yishai, dadas las circunstancias actuales, sería preferible que Israel no se apresure a conquistar toda la Franja.
En cambio, debería continuar con una estrategia de desgaste lento, basada en inteligencia precisa, para impedir la recuperación militar de Hamás.
Esta política debería mantenerse hasta que Trump, la comunidad internacional o un futuro gobierno israelí más pragmático logren formular un plan realista y financiado que ofrezca una solución gradual y de largo plazo para la población de Gaza sin poner en peligro la seguridad de Israel.
Sólo entonces llegará también el final del gobierno de Hamás.




















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