La Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio de la ONU, del 9 de diciembre de 1948, lo define como aquellos “actos perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal”, que enumera en forma taxativa, no enunciativa. Y es que la Unión Soviética se opuso a que se incluyera la persecución por clase o condición social, por motivos políticos e ideológicos, que hubiera tipificado su conducta ordinaria como delito.
Esta definición se cuela por el filtro socialista de la Carta de la ONU, que cuatro veces proclama la promoción y el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales de todos “sin hacer distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión”. Nunca alude a la clase o condición social, lo que es una autorización implícita a la propaganda contra los burgueses, los terratenientes, los ricos kulaks, todos meticulosamente exterminados.
La Convención lleva el nombre de su creador, Rafael Lemkin, un abogado judío polaco que dedicó toda su vida y esfuerzo a que fuera incluido como tipo en el Derecho Penal Internacional, luego de introducir el término, inventado por él, en la doctrina jurídica en su obra El Poder del Eje en la Europa Ocupada, de 1944, todavía durante la guerra, y mencionarlo en los juicios de Núremberg, donde participó como asesor de la fiscalía, aunque ninguno de los acusados fue condenado bajo este cargo, aún no incorporado en la legislación penal internacional.
Lemkin sufrió los horrores del Holocausto, en el que perdió 49 miembros de su familia, siendo el único sobreviviente. También supo en su juventud del genocidio de los armenios perpetrado por Turquía en la Primera Guerra Mundial, desde 1915 y extendido después hasta 1923, con aproximadamente dos millones de víctimas.
De manera que la motivación de la Convención es completamente obvia: prevenir que crímenes de esta magnitud vuelvan a perpetrarse o al menos no de forma impune. En principio, la intención es proteger a los judíos de otro intento de asesinato masivo, siempre latente; pero, visto que las normas jurídicas siempre tienen la pretensión de generalidad y abstracción, resulta aplicable a cualquier otro grupo nacional, étnico, racial o religioso que se encuentre en situación semejante.
Vale repetirlo, aunque parezca redundante: La norma no es para proteger a los alemanes, turcos, españoles, rusos, árabes o chinos, que no están amenazados, ni nadie pretende exterminarlos, como al contrario, ellos sí que abrigan estas intenciones contra otros, de manera que, en su interpretación correcta, la norma es para protegerse de ellos u otros potenciales genocidas.
Pretender utilizar la Convención como un ariete contra Israel y los judíos en general es violar su espíritu, propósito y razón que es precisamente todo lo contrario. Y aquí no puede evadirse como principio interpretativo de la Convención la intensión del legislador, la cual es proteger a los judíos, no perseguirlos. Aunque ya es harto conocida la vocación que tienen socialistas y comunistas para poner el mundo patas arriba o cabeza abajo, o sea, al revés, según como se prefiera parafrasear a Marx.
Y esta es la parte más difícil de desenredar, porque los genocidistas no se presentan a sí mismos como defensores de Hamas o la Yihad Islámica y pocos, muy pocos, reivindican el 7 de octubre como un día glorioso para la humanidad, nada de eso. Con una voltereta, se presentan como defensores del “pueblo palestino”. Pero, ¿cómo entró aquí el “pueblo palestino”? ¿De dónde lo sacaron?
La Liga Árabe en su cumbre de Rabat de octubre de 1974 declaró a la OLP como única legítima representante del “pueblo palestino”, refrendada por la ONU en Resolución de su asamblea General del mismo mes y año. Ergo, Hamas y la Yihad Islámica no son, ni pueden ser, representantes del “pueblo palestino”. Ellos expulsaron a la OLP de Gaza en 2007 para que fuera a refugiarse ¡en Israel!
Pero entonces, ¿qué queda en Gaza? Un batiburrillo de gente que Hamas y la Yihad Islámica utilizan como escudos humanos, precisamente, para darle algún asidero real a la propaganda que comunistas y socialistas, aliados del Islam, esparcen por el mundo.
Así, una coalición del Congreso Nacional Africano y el Partido Comunista de Sudáfrica, que ejercen una dictadura en ese país desde hace más de treinta años, ha pretendido darle un barniz legal al infundio demandando a Israel en la Corte Internacional de Justicia acusándolo de “genocidio” en Gaza. Por cierto, en 1948 Sudáfrica se ausentó de la sesión aprobatoria de la Convención, en Paris, y no la aprobó sino medio siglo después, en 1998.
La defensa más habitual que se opone para rebatir esta temeridad es subrayar el término “intensión”, queriendo decir que ésta es esencial para la configuración del delito; en ausencia de intensión, pues, no se cumplirían los supuestos del tipo, aunque, claro, esto no excluye la destrucción, lo que constituiría al menos un delito culposo.
Pero la razón por la que la Convención no es aplicable al manido caso de Gaza es mucho más palmaria para quien quiera verla: Cualquier aglomeración de gente no es “un grupo nacional, étnico, racial o religioso”, esto es, no configura el sujeto pasivo del delito.
Gaza no es una nación, ni gazatí una nacionalidad, son tribus, clanes, familias árabes, que a lo sumo serían egipcios, visto que esa zona fue ocupada por Egipto a la salida de los británicos bajo cuyo protectorado se encontraba. Israel lo desalojó en 1967, en la guerra de los seis días, y en los tratados de paz de 1979 Egipto se negó a recibirla de vuelta, quizás por el dominio que allí tienen los Hermanos Musulmanes, archienemigos de los militares nasseristas. No se puede alegar con seriedad que Israel pretenda destruir a la nación árabe o egipcia.
Tampoco se trata de un grupo étnico o racial; sólo a Amnistía Internacional (una organización racista) se le ha ocurrido inventarse una “raza palestina”, para darle algún sustento a su calumnia de que Israel es un Estado de “apartheid”, institución que sólo existe en Sudáfrica, la parte demandante.
Ni hablar de grupo religioso, que serían musulmanes sunitas, que viven miles de millones en todo el mundo, medio oriente, incluso Israel, sin la más leve amenaza de extinción. La Hermandad Musulmana tiene asiento en 70 países, para ellos Gaza es algo irrelevante.
Más que pueblo, raza, terrorista u otra cosa, conviene analizar el adjetivo “palestino”. ¿Qué es? ¿De dónde salió? El Mandato Británico sobre Palestina tuvo una vida efímera entre 1922 y 1948, cuando se declaró la independencia de Israel. Para entonces ya los británicos le habían entregado más del 80% del territorio al Reino Hachemita de Jordania. En ese período, los únicos palestinos que había eran los judíos. Nunca, ninguna nación, reino o colectividad árabe reclamó para sí la denominación “palestino”.
Así que tiene partida de nacimiento, en mayo de 1964. Un hecho curioso es que el primer presidente de la OLP, Ahmad Al-Shukeiri, libanes de origen, nunca creyó ni luchó por un estado nacional, de hecho, fue representante de Siria ante la ONU, igual que de Arabia Saudita, presidente de la Liga Árabe, es un panarabista convencido. El gestor de la OLP, Gamal Abdel Nasser, quería la República Árabe Unida (RAU) y Háfez Al-Ásad, la Gran Siria. Ninguno soñó, jamás, con un Estado Palestino.
El “palestino” actual es un constructo ideológico que sólo existe en la mente del wokismo más delirante, como el de los podemitas españoles. Es la víctima por antonomasia: Nunca ha secuestrado un avión, puesto una bomba, disparado, apuñalado, asesinado; sólo es privado de sus derechos más elementales, sufre hambre, frío, implora, casi siempre es un niño, lo que viene bien a su falta absoluta de responsabilidad por todo lo que le pase.
Su rasgo más característico y definidor es que sólo es víctima de los judíos, nadie más lo oprime o maltrata: puede ser masacrado en Jordania, acribillado en Líbano, echado de Kuwait, rechazado en Egipto; pero la culpa siempre es de Israel.
Desde el 7 de octubre de 2023 en Gaza han muerto cerca de mil soldados israelíes, además de los mil doscientos asesinados y doscientos cincuenta secuestrados, casi todos civiles, víctimas de Hamas, la Yihad Islámica y algunos espontáneos que pasaban por ahí; pero, eso sí, de ningún “palestino”.
El “palestino” es inocente por definición, sólo sirve para graficar el “genocidio”.
Luis Marín
30/07/26




















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