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| lunes enero 26, 2026

La disrupción de las alianzas en África, Asia y el Mediterráneo

Por Bryan Acuña Obando - Máster en Diplomacia, profesor universitario y analista internacional./elmundo.cr


La competencia estratégica en el espacio que conecta el Mediterráneo Oriental, el Mar Rojo, el Golfo de Adén, el Cuerno de África y el Océano Índico ha adquirido una centralidad comparable a la del Golfo Pérsico durante el siglo XX. En este corredor coinciden rutas críticas para el comercio marítimo, la energía y la conectividad digital, así como disputas por infraestructura portuaria, acuerdos de seguridad marítima y marcos de cooperación tecnológica.

En este contexto emergen dos arquitecturas de alineamiento parcialmente contrapuestas: el acercamiento funcional entre Arabia Saudita y Turquía (eje Riad – Ankara), y la cooperación estratégica entre Israel y Emiratos Árabes Unidos (eje Jerusalén – Abu Dabi), con proyección hacia Asia y África Occidental.

De esa manera es importante plantearse ¿en qué medida estas configuraciones constituyen alianzas capaces de estructurar el orden regional, y cuáles son sus límites en términos de poder duro, interdependencia económica y gobernanza multilateral? Esto se sostendría en la idea de que no se trata de bloques rígidos, sino de coaliciones por necesidad. Arabia Saudita y Turquía operan como un arreglo flexible orientado a seguridad marítima y balance regional, mientras Israel y Emiratos consolida una red de conectividad económico-tecnológica con efectos geoestratégicos trans regionales.

Para esto, el análisis se puede apoyar en dos elementos teóricos complementarios que vienen del marco de las Relaciones Internacionales. En primer lugar, el realismo defensivo y ofensivo planteado por autores como Kenneth Waltz y John Mearsheimer, quienes sugieren que parte de la anarquía internacional y del dilema de seguridad para explicar por qué los Estados buscan contrapesos ante percepciones de amenaza. Desde esta perspectiva, la expansión de capacidades navales, la cooperación militar y el acceso a puertos estratégicos son respuestas racionales a la incertidumbre sistémica.

Por otro lado, se encuentra la teoría de la interdependencia compleja de Robert Keohane y Joseph Nye que permite analizar cómo redes de comercio, energía, logística y tecnología generan poder estructural sin necesidad de control territorial directo. A través de este enfoque se logra comprender la proyección de Israel y Emiratos a través de acuerdos comerciales, cooperación tecnológica y marcos multilaterales flexibles (Acuerdos de Abraham, por ejemplo).

Para contextualizar lo anterior, se pueden plantear dos tendencias que podrían ser centrales, la densificación de la cooperación de seguridad en el Mediterráneo Oriental a través de la conformación de la alianza trilateral entre Grecia, Chipre e Israel y por el otro lado, la expansión de la conectividad entre Emiratos e India y Emiratos en África Occidental, que refuerzan la competencia por corredores marítimos y nodos logísticos. Estas dinámicas configuran un entorno donde seguridad y economía se entrelazan de forma creciente.

Así, se presentan tres factores estructurales que ordenan la competencia. En primer lugar, la geografía de cuellos de botella como ocurre en las zonas del Canal de Suez y el estrecho de Bab el-Mandeb, lo cual condiciona costos de transporte y seguros, incentivando políticas de seguridad marítima. En segundo lugar, se encuentra la segmentación funcional de teatros de acción donde se distingue un Mediterráneo Oriental regido por la disuasión interestatal y un Mar Rojo y Cuerno de África caracterizado por competencia por puertos y arreglos subestatales. Mientras que, en tercer lugar, se ubica la interdependencia económica l acual amplía el poder de quienes controlan flujos comerciales, energéticos y tecnológicos, incluso sin presencia militar directa.

A partir de lo anterior se puede plantear actores clave e intereses, como es el caso de Arabia Saudita – Turquía con Pakistán como socio parcial. En este punto, el gobierno de Riad busca reducir posibles vulnerabilidades marítimas y diversificar socios de defensa; mientras que Ankara procura evitar el aislamiento en el Mediterráneo Oriental y proyectar su industria militar, apoyada en su doctrina marítima (Mavi Vatan) como elemento primordial a través de su política exterior. Mientras que, por su parte, Islamabad aporta capital humano militar y experiencia doctrinal, pero prioriza el sur de Asia, lo que limita su rol a expedientes específicos.

Del otro sector del análisis se encuentra el nodo Jerusalem – Abu Dabi, donde el gobierno israelí persigue la disuasión regional y acceso a redes tecnológicas; mientras que Emiratos prioriza la conectividad global mediante comercio y estrategias de softpower económico y logístico, así como energía e inversión. La proyección hacia India y África Occidental refuerza esta arquitectura como red trans regional de interdependencia más que como alianza militar formal.

Las dinámicas difieren en cada uno de los modelos porque, mientras Israel y los Emiratos Árabes privilegian diplomacia, reglas y proyectos por medio de acuerdos comerciales, energía, tecnología, el eje turco saudita enfatiza presencia y seguridad en corredores marítimos. Por otro lado, la cooperación entre Grecia, Israel y Chipre actúa como factor de contrapeso en el Mediterráneo Oriental, incentivando a Turquía a profundizar arreglos flexibles con Arabia Saudita, para no perder lo implementado en su proyecto de Zona Económica Exclusiva ampliada en las regiones de Libia. Esta competencia refleja una tensión entre modelos de Estado y de red, con implicaciones para la soberanía y la gobernanza en Estados frágiles.

La densificación de la cooperación de seguridad en el Mediterráneo Oriental con ejercicios conjuntos, capacidades de respuesta contra drones y ciber ataques, evidencia una lógica realista de disuasión. En paralelo, la proyección de Emiratos hacia el Índico mediante acuerdos energéticos y comerciales con India, y su profundización económica en Nigeria, muestra cómo la interdependencia compleja puede traducirse en poder estructural sin compromisos de defensa mutua. Un analista buscaría evidencia empírica en flujos comerciales, inversión extranjera directa y patrones de cooperación militar para evaluar estos efectos.

En este punto, el realismo explica adecuadamente la lógica de contrapeso y la sensibilidad a la seguridad marítima, pero subestima el rol de la economía política. La interdependencia compleja captura mejor la arquitectura de la alianza entre Israel y Emiratos, aunque tiende a minimizar el impacto de shocks de seguridad, porque la alianza inicialmente ha sido en materia económica, de infraestructura y avances tecnológicos. El caso de esta alianza demuestra que se genera una simbiosis entre el poder duro y el poder estructural.

Mientras tanto, se puede analizar que ambas arquitecturas son funcionales pero limitadas. Mientras Arabia Saudita y Turquía tienen mayor tracción en seguridad marítima, enfrentan divergencias de prioridades regionales. Por su lado, Israel y Emiratos muestran mayor resiliencia económica y tecnológica, así como firme y aplomada la alianza, aunque depende de terceros para la provisión de seguridad dura. En escenarios plausibles se incluyen continuidad competitiva con mini lateralismos, endurecimiento ante crisis marítimas o acomodos parciales mediante marcos multilaterales flexibles. Las implicaciones afectan la estabilidad de corredores estratégicos y la competencia por estándares tecnológicos.

Así pues, el análisis demuestra que la región no evoluciona hacia bloques rígidos, sino hacia coaliciones por expediente y temas coyunturales específicos donde para algunas cosas podrían aprovechar las alianzas conformadas y para otros formar distintos bloques multilaterales o pertenecer inclusive a organizaciones con enfoques diferentes en algunos temas. La agenda actual combina seguridad e interdependencia. El eje Riad – Ankara constituye un arreglo pragmático de defensa y posicionamiento marítimo; mientras que el eje Jerusalén – Abu Dabi, como una red de conectividad económico – tecnológica con proyecciones trans regionales. De esta manera, la anarquía internacional de que no exista una potencia que controle todo o un “super hegemón” impulsa a que el poder se deba ejercer tanto mediante capacidades militares como mediante la organización de flujos y reglas.

 
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