Cuando la compasión se convierte en complicidad.
Hace unas cuantas semanas, el régimen iraní masacró a decenas de miles de sus propios ciudadanos en las calles. Hombres, mujeres y niños fueron asesinados por las IRGC por el simple hecho de protestar contra un gobierno que los ha oprimido durante más de cuatro décadas. Fuerzas de seguridad dispararon a manifestantes con rifles de asalto. Francotiradores apostados en techos abrieron fuego contra multitudes desarmadas. Según diversas fuentes, entre 7.000 y 36.000 personas fueron asesinadas en cuestión de días.
Y sin embargo, cuando Estados Unidos e Israel decidieron actuar militarmente contra ese mismo régimen, miles de ciudadanos estadounidenses salieron a las calles de Nueva York, Los Ángeles, Chicago y otras ciudades a marchar en defensa de Irán.
¿Cómo es posible?
La paradoja
Detengámonos un instante en los hechos.
En enero de 2026, millones de iraníes salieron a las calles pidiendo libertad. El régimen respondió con una brutalidad sin precedentes. Funcionarios de salud locales reportaron cifras de muertos que oscilan entre 7.000 y 36.000 personas (dependiendo la fuente) en solo dos días. Hospitales desbordados. Disparos a quemarropa. Internet cortado para que el mundo no viera. Mujeres que luchaban por el derecho a no cubrir su cabello fueron silenciadas con balas.
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados contra Irán, eliminando al Líder Supremo Ali Khamenei y desmantelando gran parte de su infraestructura militar y nuclear. Las razones: el programa nuclear iraní, el apoyo del régimen a grupos terroristas como Hamás y Hezbolá, y la masacre de sus propios ciudadanos.
¿Y cuál fue la respuesta de ciertos sectores en Occidente?
Manifestaciones masivas en Times Square con retratos de Khamenei. Marchas organizadas por coaliciones de grupos de extrema izquierda exigiendo «manos fuera de Irán». La actriz Jane Fonda uniéndose a manifestantes pro-iraníes en Los Ángeles. Carteles antisemitas en Washington. Manifestantes en la Ciudad de México golpeando una piñata con la cara de Netanyahu mientras ondeaban banderas del régimen iraní y de Hezbolá.
Mientras tanto, los propios iraníes, los que realmente viven bajo la bota de la teocracia, celebraban en las calles. En Isfahán, en Shiraz, en Teherán, ciudadanos iraníes derribaban monumentos dedicados al régimen. La diáspora iraní en Nashville, en Toronto, en Múnich, organizaba celebraciones multitudinarias. Más de 350.000 iraníes marcharon en Toronto expresando su alegría.
La contradicción es escandalosa. Los iraníes celebran. Los activistas occidentales lloran por el régimen que los oprimía.
El diagnóstico: empatía suicida
El psicólogo evolutivo Gad Saad, un judío libanés que huyó de la guerra civil en su país cuando era niño, acuñó un término que describe este fenómeno con precisión quirúrgica: empatía suicida.
Saad, profesor de la Universidad de Concordia en Montreal y autor del bestseller internacional La mente parasitaria, define la empatía suicida como una forma de altruismo irracional y maladaptativo que secuestra el sistema emocional de una persona, impidiéndole tomar decisiones óptimas. Es la incapacidad de priorizar el sentido común y la autopreservación porque la empatía excesiva se coloca por encima de todo, incluso cuando esa empatía se dirige hacia los objetivos equivocados.
Pensemos en esto por un instante. La empatía es una virtud extraordinaria. Es una de las fuerzas más poderosas que poseemos como seres humanos. La capacidad de sentir el dolor del otro es lo que nos convierte en seres morales. Pero como toda fuerza, cuando se despliega sin discernimiento, se transforma en su opuesto.
Es como un medicamento que en la dosis correcta salva vidas y en dosis excesiva mata al paciente.
La empatía suicida se manifiesta cuando una sociedad decide sentir compasión por el victimario en lugar de la víctima. Cuando el opresor se presenta como oprimido y los bien intencionados caen en la trampa.
¿Por qué ocurre esto?
¿Cómo es posible que personas racionales y educadas terminen defendiendo a un régimen teocrático que contradice absolutamente todo lo que supuestamente defienden?
La respuesta de Saad es que estas personas han sido infectadas por lo que él llama «patógenos ideológicos», ideas parásitas que secuestran el pensamiento crítico y lo reemplazan con un marco simplista: el poderoso siempre es malvado y el débil siempre es víctima.
En este marco, Estados Unidos e Israel son «poderosos» y por lo tanto son los agresores. Irán es «débil» y por lo tanto es la víctima. No importa que Irán sea una teocracia brutal. No importa que el régimen haya masacrado a miles de sus ciudadanos semanas antes. No importa que los propios iraníes celebren la caída del régimen. El marco ideológico prevalece sobre la realidad.
Este patrón no es nuevo. Lo vimos después del 7 de octubre de 2023, cuando sectores de la izquierda occidental justificaron la masacre de más de 1.200 israelíes perpetrada por Hamás. Lo estamos viendo ahora con Irán. Y el mecanismo es siempre el mismo, una empatía hiperactivada, desplegada hacia los objetivos equivocados, que termina convirtiéndose en complicidad con el mal.
La lección
Existe una enseñanza profunda en el Midrash que me parece relevante en este contexto: «Aquel que es compasivo con los crueles terminará siendo cruel con los compasivos» (Midrash Tanjumá, Metzorá 1; Yalkut Shimoni, Samuel I, 121)
Esta idea, formulada hace casi dos mil años, anticipa con sorprendente precisión lo que Gad Saad describe hoy como empatía suicida. La compasión mal dirigida no es virtud, es negligencia moral. Cuando decidimos sentir empatía por el verdugo, inevitablemente le damos la espalda a la víctima.
Los iraníes que fueron masacrados en enero merecen nuestra empatía. Las mujeres obligadas a vivir bajo una teocracia medieval merecen nuestra empatía. Los disidentes ejecutados merecen nuestra empatía. Los israelíes que viven bajo la amenaza constante de misiles merecen nuestra empatía.
Pero esa empatía legítima requiere discernimiento. Requiere la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, entre el opresor y el oprimido. Requiere no dejarse seducir por un marco ideológico que invierte las categorías morales y termina defendiendo aquello que debería ser condenado.
La empatía, como toda fuerza poderosa, necesita dirección. Sin ella, se convierte en su opuesto. Se transforma en complicidad. Y cuando una sociedad pierde la capacidad de dirigir su empatía correctamente, como bien advierte Saad, está eligiendo activamente su propia destrucción.


















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