Francesca Albanese Foto captura de youtube
La destitución del controvertido relator especial no solucionaría los problemas del organismo mundial, pero demostraría que la institución aún conserva una conciencia moral.
La controversia actual en torno a la relatora especial de la ONU, Francesca Albanese, no se limita a una sola funcionaria. Se trata de las Naciones Unidas en sí mismas, y de si las instituciones creadas después de la Segunda Guerra Mundial para defender la democracia aún reconocen su propósito.
Francia y Alemania ya han dado señales de que la retórica antiisraelí de Albanese ha mermado su credibilidad. Sin embargo, este problema no es aislado. Refleja una hostilidad más profunda y arraigada dentro del sistema internacional hacia el Estado judío: un país pequeño, democrático y constantemente señalado.
Los datos hablan por sí solos. Entre 2015 y 2024, la Asamblea General de la ONU aprobó 173 resoluciones condenando a Israel y solo 80 contra el resto del mundo en conjunto. En los primeros 15 años del Consejo de Derechos Humanos, se emitieron 90 condenas contra Israel y solo 10 contra Irán. Las cifras por sí solas revelan una obsesión política, no un compromiso con los derechos humanos.
Tras la masacre perpetrada por Hamás el 7 de octubre de 2023, este patrón se intensificó. En lugar de claridad moral, altos cargos de la ONU argumentaron que el ataque «no se produjo en el vacío», desviando la atención hacia la supuesta culpabilidad israelí.
Mientras aún se identificaban víctimas en los kibutzim, la institución priorizó las resoluciones de alto el fuego que criticaban a Israel. Pronto siguieron las acusaciones de crímenes de guerra y genocidio, repetidas por Albanese en un lenguaje que mezclaba ideología, conspiración y deslegitimación.
Incluso después de las sanciones estadounidenses contra Albanese, altos funcionarios de la ONU la defendieron. Sin embargo, paralelamente, la organización ofreció cortesías diplomáticas al régimen iraní y elevó a Teherán en el seno de sus comités, justo en el momento en que sus líderes pedían abiertamente la destrucción de Israel.
Destituir a Albanese no reformará las Naciones Unidas de la noche a la mañana. Pero sería una señal: que el derecho internacional no puede servir como arma contra una democracia mientras se justifica el terrorismo y el autoritarismo.
En un mundo cada vez más fragmentado, un gesto así es importante. Les diría a las generaciones más jóvenes que las instituciones internacionales aún distinguen entre justicia y propaganda, y que todavía existe un horizonte más allá del lema «Del río al mar».
Las Naciones Unidas siguen siendo la cuna de este repugnante antisemitismo, y no solo de este sesgo antiisraelí.
El 23 de febrero, los Estados miembros de la ONU decidirán si renuevan el mandato de Albanese, lo que equivaldrá a respaldar o rechazar su trayectoria. La votación no es un mero trámite; es una cuestión moral.
Un voto en contra de Albanese podría indicar un momento de crisis, una admisión de fracaso, pero no equivaldría a una reforma de una institución profundamente comprometida.



















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