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| jueves octubre 15, 2026

Pedro Kofmansky. Manual Para El Elector Israelí

Pedro Kofmansky para Porisraelorg


Señoras y señores, ciudadanos del Estado de Israel, sobrevivientes de campañas electorales, consumidores compulsivos de encuestas y contribuyentes que todavía creen que sus impuestos sirven para algo útil: ¡Bienvenidos!

 

Se acercan las elecciones y vuelve la gran fiesta de la democracia israelí. Esa maravillosa ceremonia en la que millones de ciudadanos concurren a las urnas para elegir a sus representantes y, unas horas después, descubren que los representantes elegidos necesitan ponerse de acuerdo con otros representantes que representan cosas que los primeros representantes habían prometido no representar jamás.

¡Israel, señores! El único país donde formar gobierno puede resultar más complicado que formar el Estado.

Por eso, pensando en el sufrido elector, he decidido preparar este pequeño manual de supervivencia electoral. No garantiza un buen gobierno, pero puede ayudar a evitar que usted termine votando con la misma lógica con la que compra un electrodoméstico: porque el vendedor habla lindo y porque el anterior ya echaba humo.

 

### Capítulo I: Antes de votar, consulte con su conciencia. Si está ocupada, pruebe con el sentido común.

Primera regla: no vote porque el candidato le cae simpático.

¡Por favor! Estamos eligiendo al jefe de gobierno, no al señor que nos atiende en la verdulería y nos regala dos tomates porque somos clientes de toda la vida.

Un político puede ser simpatiquísimo, abrazar ancianos, besar bebés, visitar soldados, caminar por los mercados y comerse un falafel frente a las cámaras. Pero una cosa es saber comer falafel sin mancharse la corbata y otra muy distinta es gobernar un país.El elector debe preguntarse tres cosas: qué hizo, qué propone y quién le va a pagar la cuenta.

Porque prometer es gratis. En Israel, lo caro viene después de las elecciones.

 

### Capítulo II: El candidato que ya conocemos

Aquí aparece el primer gran dilema nacional: ¿votar por la continuidad o apostar al cambio?

El candidato que gobierna tiene una ventaja extraordinaria: puede mostrar lo que hizo. Y una desventaja igualmente extraordinaria: también puede mostrarlo.

Si el país está mejor, se atribuye el mérito. Si está peor, la culpa es de los gobiernos anteriores, de los jueces, de los medios, de la burocracia, de los funcionarios que no obedecieron y, si hace falta, de la humedad.

¡Qué fenómeno la humedad israelí! Entra por las ventanas y termina provocando una crisis ministerial.

El elector debe recordar que la experiencia es importante, pero no constituye un certificado de infalibilidad. Haber gobernado durante años demuestra que uno sabe gobernar; no demuestra que todas las decisiones hayan sido acertadas.

Y si el candidato lleva tanto tiempo en el cargo que ya conoce hasta el número de serie de la silla, tal vez convenga preguntarse si el país necesita continuidad o una renovación.

Pero cuidado: cambiar al conductor no garantiza que el nuevo sepa manejar. A veces uno se baja de un autobús que va en dirección equivocada para subirse a otro que todavía no sabe adónde va.

 

### Capítulo III: La oposición, esa maravillosa asociación de futuros primeros ministros

La oposición tiene una tarea relativamente sencilla: criticar al gobierno.

Para eso no necesita presupuesto, mayoría parlamentaria ni siquiera ponerse de acuerdo. Basta con un micrófono y una cámara encendida.

El problema comienza cuando le preguntan qué piensa hacer.

Ahí aparecen las dificultades técnicas.

Uno quiere ser primer ministro. Otro también. Un tercero acepta ser primer ministro, siempre que el primero no lo sea. Un cuarto propone una rotación. Un quinto acepta la rotación, pero exige que su período comience antes de que termine el del otro.

¡Esto no es una coalición, señores! ¡Es una agencia matrimonial donde todos quieren casarse con el poder y nadie quiere lavar los platos!

El elector debe exigir a los opositores algo más que una declaración de amor a la democracia y una declaración de odio a Netanyahu.

Que expliquen qué harán con la seguridad, la economía, el servicio militar, la relación entre religión y Estado, el sistema judicial y las responsabilidades políticas por los fracasos nacionales.

Porque estar unidos para sacar a alguien del gobierno no es lo mismo que estar unidos para gobernar.

Y el día después de las elecciones, cuando se apaguen las cámaras, habrá que descubrir si detrás de los eslóganes existe un programa o solamente una fotografía de familia en la que nadie se habla.

 

### Capítulo IV: Las encuestas, esa ciencia exacta que se equivoca con decimales

¡Ah, las encuestas!

En Israel, una encuesta electoral es como el pronóstico meteorológico: todos la miran, todos la discuten y nadie cancela el paraguas.

Un instituto anuncia que un partido sube tres escaños. Otro informa que baja dos. Un tercero descubre que el país entero cambió de opinión entre el desayuno y el almuerzo.

Y el pobre elector comienza a preguntarse si debe votar al partido que prefiere o al que, según el encuestador, tiene más posibilidades de ganar.

¡Magnífico! Hemos convertido el voto en una apuesta hípica.

Las encuestas publicadas el 12 de octubre muestran precisamente el tipo de incertidumbre que exige prudencia: un sondeo de Canal 12 situó a Yashar, de Gadi Eisenkot, en 23 escaños y al Likud en 20; otros promedios y sondeos dibujan una competencia distinta, sin una mayoría asegurada para ninguno de los dos grandes bloques.

Por eso, elector querido, no se enamore de los números.

Una encuesta es una fotografía tomada en un momento determinado. No es una profecía bíblica, aunque algunos candidatos la lean con la solemnidad de quien acaba de recibir las Tablas de la Ley.

Y recuerde: un partido que aparece cerca del umbral electoral puede terminar dentro de la Knéset o quedarse afuera. En ese caso, sus votos pueden no traducirse en representación parlamentaria.

 

Una tragedia matemática! Usted quería elegir un diputado y terminó financiando estadísticamente la alegría de otro.

 

### Capítulo V: Los partidos pequeños y el milagro de los tres coma veinticinco

El umbral electoral israelí es ese pequeño porcentaje que puede convertir a un político en estadista o en comentarista de televisión.

El partido obtiene tres por ciento y pico, se queda corto y desaparece del reparto de escaños. Su dirigente explica que el resultado es una victoria moral. La victoria moral es una institución maravillosa: no ocupa ministerios, no necesita presupuesto y no paga alquiler en la Knéset.

El elector tiene que hacerse una pregunta muy sencilla: ¿quiero apoyar una idea aunque corra el riesgo de que mi voto no obtenga representación, o prefiero respaldar una lista con posibilidades más sólidas?

No existe una respuesta universal. Depende de las convicciones de cada uno y de los riesgos que esté dispuesto a asumir.

Pero no se deje seducir por el argumento de que un partido pequeño puede convertirse en el árbitro de la próxima coalición. Puede ocurrir, sí. También puede quedarse por debajo del umbral y convertirse en el árbitro de su propia frustración.

¡En política, la diferencia entre ser la llave del gobierno y quedarse afuera con la llave en la mano es, a veces, una décima porcentual!

 

###Capítulo VI : El elector no compra un eslogan. Compra consecuencias.

Cada partido tiene su especialidad publicitaria.

Unos prometen seguridad. Otros prometen justicia. Otros prometen bajar los impuestos, mejorar los servicios públicos, reformar las instituciones, fortalecer la economía y terminar con las divisiones sociales.

Si les damos un par de días más, también prometen que el verano será menos caluroso y que encontrar estacionamiento en Tel Aviv será un derecho constitucional.

Pero un eslogan no es un programa de gobierno.

Si un candidato promete más seguridad, pregúntele cómo piensa conseguirla.

Si promete reducir impuestos, pregúntele qué gastos reducirá o qué ingresos aumentará.

Si promete reformar el sistema judicial, pregúntele cuáles serán los límites de la reforma.

Si promete igualdad en las obligaciones nacionales, pregúntele cómo piensa aplicarla.

Y si promete acabar con la división social, pregúntele cómo piensa hacerlo cuando su propia campaña consiste en explicarle al país que la mitad de sus habitantes son unos irresponsables.

No vote por la promesa. Vote por la combinación de experiencia, propuestas viables, responsabilidad y capacidad de ejecución.

El político que se enfada cuando le hacen preguntas merece todavía más preguntas.

 

### Capítulo VII: La seguridad, la memoria y las responsabilidades

En Israel, la seguridad no es un capítulo más del programa electoral. Es una preocupación cotidiana, una experiencia colectiva y una cuestión de vida o muerte.

Por eso, el elector debe evaluar las decisiones de seguridad, los resultados obtenidos y la capacidad de aprender de los errores.

El 7 de octubre de 2023 no puede transformarse en una consigna que cada partido utiliza exclusivamente para atacar al adversario o defender al propio. Las responsabilidades deben investigarse con rigor, con pruebas y sin privilegios políticos.

Quien gobernaba debe responder por sus decisiones. Quien ocupaba cargos de responsabilidad debe explicar las suyas. Y quien aspira a gobernar debe demostrar qué haría para evitar que una catástrofe semejante vuelva a ocurrir.

Exigir responsabilidades no significa negar los logros de un gobierno. Reconocer los logros no significa absolverlo de sus errores.

¡Qué concepto tan revolucionario! La misma persona puede haber hecho cosas bien y cosas mal. Una idea que, en algunos círculos políticos, todavía necesita aprobación parlamentaria por unanimidad.

Y una última advertencia: no confunda una campaña electoral con una investigación judicial. Las acusaciones requieren pruebas, y las conclusiones deben surgir de procedimientos serios, no de un concurso de gritos televisivos.

 

### Capítulo VIII: La religión, la identidad y el país que compartimos

Israel es una sociedad compleja, con ciudadanos religiosos y laicos, judíos y árabes, liberales y conservadores, personas que viven su identidad de maneras muy diferentes.

El elector debe desconfiar de quien le explica que solo existe una forma legítima de ser israelí.

La democracia no consiste en que todos pensemos igual. Consiste en que podamos pensar distinto sin dejar de reconocernos como ciudadanos del mismo Estado.

Los derechos deben respetarse. Las obligaciones deben discutirse con seriedad y distribuirse de manera justa. Y las diferencias no deberían convertirse en una licencia para despreciar al vecino.

Porque si cada sector considera que el país le pertenece exclusivamente, terminaremos con una nación de propietarios absolutos y un pequeño inconveniente: no quedará nadie dispuesto a compartirla.

¡Una maravilla inmobiliaria! Todos dueños de Israel y nadie responsable del mantenimiento.

 

### Capítulo IX: El día después

Este es el capítulo que casi ningún candidato quiere escribir.

El día después de las elecciones, los ganadores deberán formar una mayoría, negociar con partidos que ayer criticaban y explicar a sus votantes por qué ciertas promesas han quedado archivadas en el cajón de los buenos propósitos.

Los perdedores deberán decidir si hacen una oposición responsable o si consideran que su nueva función consiste en impedir que el gobierno pueda respirar.

Y los ciudadanos tendremos que recordar una regla fundamental: el gobierno elegido democráticamente merece reconocimiento institucional, pero eso no significa que quede exento de crítica, control ni exigencia de responsabilidades.

Si gana el candidato que usted quería, no le entregue un cheque en blanco.

Si gana el candidato que usted rechazaba, no declare muerto al país.

La democracia no termina cuando se cuentan los votos. Allí empieza el trabajo de verdad.

 

### Capítulo X: El examen final del elector

Antes de introducir la papeleta en el sobre, hágase estas cinco preguntas:

¿Evalué los hechos y no solamente los discursos?

¿Conozco las propuestas concretas del partido que quiero votar?

¿Consideré quiénes podrían integrar su coalición y qué precio exigirían?

¿Estoy dispuesto a reconocer los aciertos y los errores de mi candidato?

¿Mi voto refleja mis convicciones o solamente mi rechazo a otro político?

0 de 5 preguntas consideradas.

No hace falta que responda afirmativamente a todas. Pero conviene haberlas pensado antes de votar y no después, cuando ya sea demasiado tarde y el candidato esté explicando por televisión que usted interpretó mal sus promesas.

 

### Epílogo: ¡Votar, señores, votar!

El elector israelí tiene una tarea complicada. Debe elegir entre candidatos que se presentan como indispensables, partidos que se consideran imprescindibles y coaliciones que, antes de existir, ya parecen necesitar terapia familiar.

Tiene que escuchar a los medios sin creer que todos son infalibles, leer las encuestas sin confundirlas con resultados, exigir pruebas sin aceptar rumores y evaluar a los políticos sin convertirlos en santos ni en demonios.

Y, sobre todo, debe recordar que el voto es suyo.

No del dirigente que grita más fuerte. No del comentarista que parece saberlo todo. No del encuestador que presenta un gráfico con muchos colores. No del amigo que amenaza con dejar de hablarle si vota mal.

¡Suyo!

Porque el verdadero problema de la democracia no es que existan malos candidatos. Es que el elector renuncie a pensar y les permita elegir por él.

Así que, ciudadano israelí, vaya a votar. Vote con memoria, con criterio, con responsabilidad y, si es posible, con sentido del humor.

Porque en este país podemos discutir sobre seguridad, religión, economía, jueces, generales, ministros y primeros ministros durante horas.

Podemos organizar manifestaciones multitudinarias, publicar miles de encuestas y formar coaliciones que duren menos que una oferta de supermercado.

Pero hay una sola cosa que no deberíamos hacer jamás: confundir la lealtad a un político con la lealtad al país.

Y si después de todo usted sigue sin saber a quién votar, no se preocupe.

En Israel eso no significa que usted no entienda la política.

¡Significa que todavía está prestando atención!

 
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