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| miércoles abril 15, 2020
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Arabesco y taquigrafía


Mario Satz

Siendo anterior el primero a la segunda, arabesco y taquigrafía se parecen en que anotan con prisas la realidad, renuncian a lo que consideran secundario y estilizan tanto las formas y palabras que finalmente es preciso descifrarlos ante la imposibilidad de simplemente leerlos. El arabesco se acerca a la fórmula, la taquigrafía al morse. El arabesco es hermoso para decorar una columna o estucar una pared, como se ve aún hoy en la Alhambra; la taquigrafía es anterior a la grabación de la voz y no puede soslayar el estilo o la riqueza sintáctica del taquígrafo. Hasta aquí los parecidos y los nexos.

 La diferencia real empieza cuando el que dibuja el arabesco no escucha más voces que la suya y el taquígrafo, por el contrario, está habituado a las voces de los demás, en especial en los parlamentos democráticos. Hace siglos que el arte islámico, estricto y anicónico, vive el manierismo de sus viejas imágenes, repite su caligrafía y mira hacia atrás en un movimiento paralelo a muchos de los nostálgicos que sueñan con Saladino y Harún al Rashid.

En esa constante vuelta sobre sí mismo que representa el arabesco-empleado, por otra parte, en el románico europeo y sobre todo en  Venecia como un elemento más de representación artística y al lado de la figura humana-, en ese retorcerse una y otra vez se percibe el genio árabe a la vez que sus limitaciones cuando se trata de definir claramente sus objetivos. Cierto que el arabesco incluye también formas geométricas, polígonos y triángulos, pero son mínimas al lado de lo frondoso y acaracolado de sus formas. Si a veces tenemos la sensación de que los árabes dicen una cosa hacia fuera y otra hacia adentro, una en inglés para la prensa y otra en árabe para los locales, y al analizar el contenido de ambas versiones nos sorprende hasta qué punto pueden ser antitéticas, habría que atribuirlo a que el arabesco ha contribuido, después de tantos siglos, a soluciones y planteamientos que se muerden la cola. Nunca sabes para qué lado girará el pámpano o hasta qué punto el zarcillo es un grillete. Por descontado que estas analogías sólo son eso, analogías, pero si comparamos el árabe con el hebreo veremos que la escritura cuadrática de éste-en la que ninguna letra puede tocar a otra-ha hecho de los judíos un pueblo de individualistas que respetan al máximo la diferencia entre los seres humanos, ya que, y de otro modo, ¿Cómo, si no, habría tantos partidos grandes y pequeños o se formarían y desmembrarían agrupaciones políticas en Israel sin que eso debilite la democracia? Desde los días del Talmud y en la polémica entre las escuelas de Hillel y Shamai, liberal el primero y estricto el segundo, el mundo judío ha incorporado a su ser el diálogo y la diferencia, en tanto que en el Islam sunnitas y chitas todavía están a la greña por la política de todo o nada.

Irán es un caso claro de mentalidad de arabesco: fuera de su red ideológica no existe nada, ni homosexuales, opositores o gentes que no piensan como los ayatollahs. Seguramente que si le preguntaran al oscuro enanito de ojos mínimos qué cree él que su pueblo piensa de su persona, diría, como Gadafi no hace mucho: ´´My bepol  loves me´´. Hay que tener un estómago a prueba  de las comidas más indigestas para convivir con vecinos así. Y  hay que saber ver, más allá del arabesco o la ausencia de una clara tradición teatral, las dificultades para el diálogo y la claridad en aquellos con quienes finalmente tenemos que hacer la paz. El orgullo ser judío se define precisamente por la dificultad de serlo, tal y como reza el proverbio idish. El orgullo árabe, por no soportar que los demás no quieran ser como ellos.

Difusion: www.porisrael.org

 
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