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| sábado septiembre 21, 2019
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Caza al terrorista


Marta González Isidoro

Infomedio.org

Mayo de 2011

Un sentimiento de alegría no contenida y alivio recorre el mundo democrático desde el lunes a primera hora de la mañana. Calificado como un avance crucial, según la ONU, el terrorista más buscado, Osama Bin Laden, era por fin encontrado y abatido por Estados Unidos. El presidente norteamericano, Barak Obama, anunciaba, sereno y orgulloso, alrededor de las once y media de la noche del domingo – cinco y media de la madrugada del lunes, hora española – que fuerzas especiales del Ejército mejor preparado del mundo habían encontrado y matado al líder del terrorismo yihadista internacional muy cerca de la base militar de Abbottabad, en Pakistán. La llamada “Operación Jerónimo” cerraba, diez años después, las heridas que los atentados del 11-S contra las Torres Gemelas de Nueva York habían infligido contra el corazón mismo de la primera gran potencia internacional.

La muerte del líder de Al-Qaeda, más allá de las cuestiones anecdóticas del fondo y la forma en la que se desencadenaron los hechos, abre, sin duda, una nueva etapa en la manera en la que Estados Unidos pretende volver a abordar los asuntos relativos a la Seguridad Internacional, en sus relaciones con la inteligencia internacional, en la elección y confianza de nuevos socios estratégicos y en la percepción de un Nuevo Orden en Oriente Medio que permita una apertura política y económica lo suficientemente consensuada con la población local como para alejar – al  menos, aislar – el fantasma del terrorismo. Por otro lado, la acción militar unilateral es una clara advertencia a los movimientos insurgentes y contestatarios que se vienen produciendo en el Magreb y en el Mundo Árabe desde el mes de febrero para que eviten alianzas no deseadas que pongan en riesgo, no ya los intereses occidentales en la región, sino la concepción occidental de libertad y justicia. En definitiva, desaparecido el banderín de enganche de una ideología totalitaria con intenciones globales, el aislamiento – y segura eliminación – de los posibles sucesores en la red Al-Qaeda se plantea como la opción más viable para amortiguar la influencia que los movimientos islamistas radicales vienen teniendo en el seno de unas sociedades radicalmente desiguales, desestructuradas por la corrupción y la violencia política, la asfixia de los ciudadanos como individuos y el personalismo político.

No obstante, la muerte de Bin Laden no significa necesariamente el fin del terrorismo. De hecho, la amenaza terrorista residual de grupos más o menos organizados pero que actúen bajo la marca de Al-Qaeda es aún más evidente. La Comunidad Internacional, y la Unión Europea en particular, no parecen estar preparadas para asumir el liderazgo en la lucha conjunta contra este tipo de acciones de terror indiscriminado que ponen en tela de juicio la vigencia de nuestros sistemas jurídicos, extremadamente garantistas con quienes reniegan de la democracia y los valores de libertad anexos a ella. Por el contrario, en guerra contra el terrorismo internacional y unidos por la determinación de proteger su nación, los norteamericanos – republicanos y demócratas – coinciden en justificar el asesinato selectivo como un mal necesario para la salvaguarda de la libertad. La suya, pero también la nuestra. Derecho de Injerencia que se justifica plenamente en las dudas razonables que plantea la alianza de socios estratégicos necesarios pero no determinados a compartir información confidencial fiable y a darle buen uso.

Es necesaria y urgente una reorientación del Derecho Internacional que se ajuste de una manera más real y pragmática a los nuevos retos que la Seguridad Internacional viene planteando desde hace más de una década. Sobran Organizaciones Internacionales ineficaces y falta iniciativa y voluntad política. El futuro de nuestra identidad pende de un hilo. Al-Qaeda inició una guerra abierta contra la libertad. Nuestras formas de vida y nuestros principios son admirados y odiados al mismo tiempo. Pero las nuevas clases emergentes en los países árabes temen por igual el oscurantismo que representa el islamismo más radical. Sería deseable aprovechar el creciente aislamiento en el que se encuentra Al-Qaeda para matar definitivamente a la serpiente y lanzar un mensaje contundente: tolerancia cero con los intolerantes. En sus fronteras y en las nuestras. Quizá entonces no sea una entelequia hablar de Alianza de Civilizaciones.

 
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