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| domingo octubre 20, 2019
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Las dos caras de un histórico acuerdo


Ana Jerozolimski

Jerusalem

El Observador. Uruguay

Si todo se concreta tal cual está planeado, mañana martes el soldado israelí Guilad Shalit vuelve a casa. Tras 1.941 días en cautiverio, más de cinco años desde que fue secuestrado por terroristas de Hamas cuando se hallaba en su base, en servicio militar obligatorio, en territorio israelí, sin haber visto ni una vez a un representante de la Cruz Roja Internacional, este joven ya conocido en todo el mundo, retornará al seno de su familia y al abrazo de su país.

Israel lo espera con emoción, como si el hijo de cada uno volviera a casa.

En un ejército como el israelí, imprescindible para la defensa del territorio y su población, se encuentran todas las clases sociales y casi todos los sectores de la población.  El grueso de la sociedad israelí sabe que a los 18 años, sus hijos tienen que hacer el servicio militar. Diferentes capas sociales, el hijo del almacenero y del banquero, el de pocos recursos y el adinerado,  todos se presentan y según las aptitudes de cada uno…pueden también encontrarse en las mismas unidades.

Hace unos años, en la tienda de protesta de la familia Shalit, instalada muy cerca de la residencia oficial del Primer Ministro en Jerusalem, nos acercamos a una mujer que observaba un tanto desde lejos a los padres de Guilad allí sentados, serios, tristes. A la mujer se le caían las lágrimas, en silencio. Nos atrevimos a preguntarle por qué lloraba. “Porque mi hijo tiene la misma edad de Guilad. El podría estar ahora, de hecho, en manos de Hamas”.

Hay otro fenómeno típico de la sociedad israelí, que explica por qué la emoción embarga al país todo. Los israelíes, así como son discutidores y no siempre con buenos modales, también son sumamente solidarios.  Cuando hay catástrofes naturales en diferentes partes del mundo, Israel es de los primeros países del mundo en ofrecer ayuda. La unidad de rescate de las Fuerzas de Defensa de Israel ha estado presente en numerosos sitios alejados de sus fronteras, para rescatar víctimas entre escombros provocados por terremotos u otras tragedias. Es un reflejo automático, mandar ayuda humanitaria.

También en el plano interno. El voluntariado es un fenómeno especialmente desarrollado en Israel. Dondequiera que falla el Estado por no dar suficientes presupuestos o por no organizarse debidamente para atender necesidades en tal o cual situación, llegan las asociaciones voluntarias, las iniciativas particulares, para dar una mano.

Con este trasfondo, era natural ver cómo ciudadanos que no conocían a la familia Shalit más que por televisión, se identificaron a tal punto que se convirtieron en activistas fijos en la campaña por la liberación de Guilad. ¿Por qué? Simplemente porque les importaba, porque les parecía clave estar presentes. O simplemente llegaban desde los puntos más alejados del país, de norte a sur, hasta Jerusalem, para decirles: “los apoyamos”. El ejemplo más claro es Yaara Winkler, una joven que abrazó la causa de Guilad y conoció así a Yoel, el hermano del soldado secuestrado. Se enamoraron y son pareja hace ya unos años. Este martes conocerá al fin, personalmente, al hermano de su novio.

Pero la emoción con la que se espera a Guilad, nada quita al temor. La felicidad por su regreso es común denominador de toda la sociedad. Pero allí termina la unanimidad.

Los servicios de seguridad lo dicen en forma tajante: entre el 50 y 60% de los terroristas liberados, vuelven a cometer atentados. No se trata de especulaciones sobre su posible futuro comportamiento, sino de una estadística ya comprobada varias veces.

“¿Qué diremos a los familiares de los muertos, cuando haya otra familia Foguel?”, nos dijo retóricamente Rami Igra, ex jefe de la División de Prisioneros y Desaparecidos en el Mossad, al explicarnos en una entrevista por qué se opone al acuerdo firmado para la liberación de Shalit. Y nada más categórico que el ejemplo que da, para entender de qué se trata: los Foguel, Udi (36), su esposa Ruti (35) y tres de sus hijos: Yoav de 11 años, Elad de 4 y Hadas de 4 meses, asesinados a cuchilladas hace unos meses en su casa en el asentamiento de Itamar, por un terrorista que al ser apresado tiempo después, aclaró que no se arrepiente.

“Y habrá otra familia Foguel, no tengo duda alguna”, agrega Igra. “Entonces, comprenderemos que cometimos un error imperdonable”.

El hace el análisis práctico, seguro de que la liberación de terroristas responsables de atentados mortales contra civiles, conducirá a nuevas muertes. Pero hay quienes se oponen, ya antes de llegar a ese vaticinio de futuro, al saber quiénes serán excarcelados…al saber que serán puestos en libertad , por ejemplo, el cerebro del  atentado del 9 de agosto del 2001 en la pizzería “Sbarro” de Jerusalem, en el que murieron 15 civiles y más de 130 resultaron heridos, y una de sus piezas claves, la terrorista Ahlam Tamimi que dijo: “yo saldré de la cárcel y al final Israel deberá entender que esto es tierra islámica”.

 Y uno de los organizadores de la así llamada “matanza de Pascua”, el atentado suicida en el hotel Park de Netanya, en el que un terrorista de Hamas mató a 30 civiles que se habían reunido alrededor de la mesa para la cena de Pesaj, la Pascua judía..Y muchos  más.

Por un lado está pues la responsabilidad por un soldado capturado, el deber de devolverlo a casa. Por otro, el deber de preservar la seguridad del resto de los ciudadanos. ¿Es moral arriesgar a tantos para salvar a uno? ¿Es moral dejar a Shalit que muera en manos de Hamas cuando es posible firmar un acuerdo que lo salve?

Las respuestas, contradictorias, chocan entre sí. La verdadera respuesta la darán los hechos, las crónicas de vida o muerte, de los próximos años.

 

Difusion: www.porisrael.org

 
Comentarios

La verdad, es que yo no lo entiendo.
Estoy feliz por el soldado israelita y su familia, pero no en dejar libres a tantos terroristas, con las manos manchadas de sangre de civiles.
Para el mundo palestino y sus amigos, es una victoria, pero no para la seguridad de las personas.

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