Por Israel
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| martes abril 14, 2020
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El León De Dios


ARIK-SHARON

Ariel Sharon fue considerado el mejor comandante de campo en la Historia de Israel, y uno de sus más grandes estrategas militares. Le llamaban El león de Dios. En tiempos como los nuestros, tan relativistas y mediocres, las categorías fuertes asustan y hemos olvidado las guerras que han hecho falta para conseguir la paz. La criminalización de los ejércitos y el desprecio con que tratamos a los militares son una demostración de nuestra lamentable debilidad. Un comandante brillante es el poeta, el abogado, el filósofo, el arquitecto más extraordinario. El cuerpo militar es el más respetado y venerado en un país civilizado. El profundo agradecimiento es el sentimiento que tiene siempre que prevalecer a la hora tratar a soldados y oficiales.

Sharon fue pieza fundamental en la creación de la Unidad 101, para las operaciones de represalia en respuesta de los constantes ataques terroristas de los fedayines. Fue igualmente memorable su participación en la Guerra del Sinaí, la Guerra de los Seis Días, la Guerra de Desgaste y la Guerra de Yom Kippur. Como primer ministro planificó y construyó La Barrera de Defensa, una alambrada que en un diez por ciento de su extensión se convierte en muro. Protege a Israel de la mayor parte de los territorios palestinos de Cisjordania, y propició una drástica disminución de las víctimas de atentados suicidas.

Ser valiente en la guerra no le impidió ser generoso en la paz, y en su épico intento de construir un futuro con dos Estados que convivieran en paz, se retiró unilateralmente de la Franja de Gaza. Tuvo que crear su propio partido político, el Kadima, porque el Likud, su partido de siempre, no estuvo a la altura de las circunstancias y no supo comprenderle. Tampoco ayudó demasiado un pueblo palestino que siempre se ha sentido más cómodo en el odio y en el terrorismo que en el esfuerzo y el compromiso para construirse un devenir posible y próspero.

Sharon tuvo siempre una visión heroica del hombre y de la vida, y a pesar de sus brillantes victorias militares y de sus logros como político, su gran triunfo fue su manera de vivir, su íntimo y cotidiano concepto de la gloria, su posición moral ante los retos y las dificultades, su gran dedicación, su sentido del honor y el amor que puso en cada cosa que hizo. Sharon tuvo siempre «la verdadera cultura espiritual» de la que habla el arquitecto Coderch en su Manifiesto, y que define al hombre e inspira empeño y buena voluntad a los otros hombres.

No pudo acabar su trabajo porque en enero de 2006 sufrió una grave hemorragia cerebral mientras descansaba en su residencia del desierto del Neguev. Permanece en coma profundo y en virtual estado vegetativo desde entonces. Su estado de salud ha empeorado drásticamente estos días como consecuencia de una complicación renal y los médicos han dicho que no le queda mucho.

Antes de que cuando fallezca las secciones de Internacional de los periódicos españoles den rienda suelta a su vieja locura antisemita y se llenen sus páginas del odio más atroz, del terrible complejo de inferioridad, y de la imposible comprensión del precio que hemos pagado por La Civilización y lo que nos cuesta mantenerla; antes de que la peor España, la más retorcida y siniestra, la más supersticiosa y retrasada convierta su muerte en el enésimo pretexto para dejar constancia de su irreversible bajeza y maldad, me gustaría rendir mi más sentido homenaje a un hombre que, sabiendo que su vida era efímera, hizo que sus días fueran inmortales. Un hombre que luchó con las armas y sin ellas -pero siempre con valentía e inteligencia- en favor de la supervivencia de Israel, que es exacta y minuciosamente lo mismo que luchar por la supervivencia de la Humanidad.

Tu ejemplo no lo vamos a olvidar. Cuando mi hija crezca te conocerá. Vivir ha de tener sentido y por eso ganaste más allá del resultado. Por hombres como tú, Dios todavía recuerda, cuando nos mira, que nos hizo a su semejanza.

 
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