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| sábado junio 13, 2020
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El atroz encanto de Hasán Ruhaní


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Hasán Ruhaní, 11 de abril de 2013:

Todo el pueblo iraní debería sentir que hay justicia. Justicia significa igualdad de oportunidades. Todas las etnias, todas las religiones, incluso las minorías religiosas, deben sentir la justicia. ¡Larga vida a los derechos civiles!

Hashem Shaabani, 11 de junio de 2013:

He intentado defender el derecho legítimo, que toda persona debería tener, a vivir libremente con derechos civiles completos. Con todas estas miserias y tragedias, nunca he usado más arma que la pluma para luchar contra crímenes atroces.

Si el presidente de la República Islámica de Irán y el joven poeta defensor de los derechos humanos árabe-iraní arriba coincidían en lo relativo a la protección de los derechos civiles, entonces ¿por qué el primero firmó una orden de ejecución contra el segundo?

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Esta es una pregunta que deberían hacerse el presidente Barack Obama, la canciller Angela Merkel, la Alta Representante para los Asuntos Exteriores de la Unión Europea –Catherine Ashton– y los demás involucrados en el diálogo con Irán. No plantearla es dar un pase libre a las terribles violaciones a los derechos humanos que acontecen sin pausa en la nación persa.

Hashem Shaabani era un poeta de treinta y dos años, tenía una maestría en ciencia política, enseñaba literatura árabe en escuelas iraníes, organizaba festivales de la paz, publicaba sus poemas online y era fundador del Instituto del Diálogo, con la finalidad de promover la cultura árabe en su país natal. Para el régimen iraní, esparcía la corrupción sobre la Tierra y luchaba contra Dios. Acusado de esos cargos bizarros, fue condenado a muerte y ahorcado en una prisión el mes pasado. «Comencé mi travesía elevando mi pluma contra la tiranía que esclaviza y encarcela mentes y pensamientos colonizando las mentes del pueblo antes de colonizar sus tierras y destruyendo los pensamientos del pueblo antes de destruir su región», escribió desde su celda poco antes de que el régimen de los ayatolás terminara aniquilando su propia vida. «Es importante que las centrifugadoras giren, pero las vidas de las personas debieran andar también», exclamó Ruhaní apenas cuatro días antes de que se hiciese pública la carta de Shaabani. La cita parece no haberlo incluido.

La situación de los derechos humanos en Irán ha sido legendariamente paupérrima, especialmente en estos últimos treinta y cinco años de etapa posrevolucionaria. Irán sólo se ve superada por China en la cantidad de ejecuciones anuales que lleva a cabo, aunque tiene la más alta tasa mundial en términos per cápita. En los rankings de la prestigiosa ONG Freedom House, Irán sistemáticamente califica en las peores posiciones: en el reporte sobre la calidad de la libertad en los países del mundo, Irán está en el nivel 6 en una escala de 1-7, donde 7 es lo más deplorable; sobre 197 países escrutados en materia de libertad de prensa, Irán ocupa el puesto 191; y en lo referido a censura en la internet es evaluado como el más represor en una constelación de sesenta países que incluye a Cuba, Siria y Sudán. La catástrofe humanitaria en la tierra de los ayatolás abarca la persecución a disidentes políticos, periodistas independientes, artistas y miembros de las minorías religiosas, étnicas y sexuales.

Poco ha mejorado, si algo, desde que Hasán Ruhaní fue electo y asumió el poder el año pasado.

En los seis meses que lleva gobernando, alrededor de trescientos iraníes han sido ejecutados, con lo que sigue la pauta previa y alcanzará los seiscientos del último año de su predecesor. En su campaña electoral, Ruhaní prometió liberar a todos los prisioneros políticos, y al mes de asumir funciones puso en libertad a quince conocidos activistas; pero cerca de ochocientos todavía permanecen tras las rejas. Los líderes del Movimiento Verde –Mehdi Karrubi y Hosein Musavi y su esposa, Zahra Rahnavard– están bajo arresto domiciliario. En campaña, Ruhaní prometió mejorar el estatus de la mujer y de las minorías étnicas y religiosas; sin embargo, su gabinete excluyó a las mujeres y los bahais, los sufíes y los cristianos siguen siendo acosados por el régimen. Astutamente, designó a una mujer para un rol muy visible como es el puesto del vocero del Ministerio de Relaciones Exteriores, pero a excepción de ese y otro par de casos, el papel de la mujer en la vida política continúa siendo marginal. Las mujeres en general aún deben lidiar con los custodios de la modestia de la policía local, que les dice de qué manera deben vestirse y cuya presencia en las calles aumentó el mismo mes en que Ruhaní asumió funciones. En tanto que el flamante presidente ha nombrado a figuras nominalmente moderadas a puestos ministeriales, al mismo tiempo ha elegido para el importante cargo de ministro de Justicia a Mostafá Purmohamadi, a quien Human Rights Watch apodó el Ministro de la Muerte por su responsabilidad en las ejecuciones masivas de prisioneros políticos de 1988 y en el asesinato de disidentes ideológicos, dentro y fuera del país, en los años noventa.

Con su sonrisa y sus palabras decorativas, Ruhaní se ha hecho una imagen de moderado en la corte de la opinión pública internacional. Con la vista puesta en las negociaciones nucleares, los líderes de la Unión Europea y los Estados Unidos –que conocen los hechos– deciden mirar para otro lado. Mientras que el destino de las tratativas diplomáticas seguirá siendo incierto, en materia de derechos humanos hay algo bastante claro: nada mejorará para los iraníes oprimidos si el mundo sigue callando.

 
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