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1 Elul 5777 | Miércoles Agosto 23, 2017
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La excepcional vida de Golda Meir, la mujer que cambió Israel para siempre

A 48 años de su llegada al poder, un repaso a la historia de la ex primera ministra y estadista  israelí


 

“Siempre sentía demasiado frío por fuera y demasiado vacío por dentro”. Así describía Golda Meir sus primeros recuerdos cuando ella y su familia vivían en su Kiev natal, entonces parte del Imperio Ruso, y después en Bielorrusia. Sufrieron las persecuciones que a principios del siglo XX recorrían toda Europa, los pogromos antisemitas. A sus ocho años, en 1906, por fin pudieron emigrar y se instalaron en Estados Unidos. Esos primeros años de sufrimiento en Europa la marcaron para siempre: “Si cabe una explicación al rumbo que tomó mi vida, es seguramente mi deseo y determinación que nunca más tuviera un niño judío que vivir semejante experiencia”. Y fue así como se fue forjando la mujer que se convirtió en protagonista esencial de la historia de Israel. La incansable luchadora, conocida en su vida política como la “Dama de hierro”, es un ejemplo único para las generaciones de hoy y las venideras, por sus convicciones y por su fuerza arrolladora.

En estas fechas se cumple el 48 aniversario de su acceso al puesto de primera ministra, algo que ocurrió el 17 de marzo de 1969, cuando parecía que sus mejores años en la política israelí ya habían pasado. Este aniversario siempre es una buena excusa para recordar la figura de una mujer pionera. Y es que en un tiempo en el que las mujeres no lo tenían nada fácil en el terreno público en cualquier parte del mundo, Golda Meir, que ya había tenido puestos de altísima responsabilidad política en anteriores gobiernos de Israel, se convirtió en la primera mujer premier de un Gobierno democrático en el mundo. Un logro que todavía hoy merece un capítulo especial en los libros de Historia, pero que en su caso fue una consecución lógica después de toda una vida trabajando sin descanso por devolver a Israel el orgullo de un pueblo.

Tras una juventud en Estados Unidos en la que se empapa del sionismo y del socialismo, y se moviliza en protesta contra los pogromos, se traslada con su marido, Morris Meyersson, a la Tierra de Israel en 1921, entonces bajo mandato británico. Allí se instalan en el kibutz Merhavia, al norte, donde empieza a entrar en contacto con el sindicalismo. Su posicionamiento político en esos años se centra en dos ejes: la lucha por la mejora de las condiciones de los trabajadores, y especialmente de las mujeres trabajadores, y el auxilio a los refugiados judíos. Eran los tiempos anteriores a la Segunda Guerra Mundial.

En aquella época, en el año 1939, asiste como observadora judía de la Palestina del mandato británico a la conferencia de Evian, convocada por Estados Unidos para auxiliar a las víctimas judías del régimen nazi. Allí dijo: “Sólo hay una cosa que espero ver antes de morir, y es que mi pueblo no necesite de manifestaciones de compasión nunca más”. Meir se desesperaba ante la inacción y la hipocresía de las naciones, y en especial ante la posición británica que ponía trabas a la emigración de los judíos a Israel. Fue precisamente una decisión del Reino Unido la que llevó a Golda Meir a convertirse en mano derecha de Ben Gurion. En 1946 los ingleses detuvieron a la cúpula dirigente del Yissuv, el consejo de pobladores judíos en territorios del mandato. Ben Gurion se encontraba en aquel momento en el extranjero, por lo que no fue detenido, y nombró a Meir virtual canciller del Estado que estaban construyendo.

Ante la guerra entre árabes y judíos que se empezaba a vislumbrar, Meir fue enviada a Estados Unidos para recabar fondos. Obtuvo un éxito total, lo que llevó a Ben Gurion a definir a Golda “como la mujer judía que consiguió el dinero que hizo posible la creación del Estado y que pasaría a los libros de historia”.

Cuando el 14 de mayo de 1948 Ben Gurion declara la Independencia de Israel, Golda Meir fue una de los 25 firmantes: “Después de firmar, lloré […]. Y allí estaba yo, sentada y firmando una declaración de independencia”. Ministra de Trabajo y Seguridad Social desde 1949 y durante siete años, fue artífice de la construcción del estado del bienestar israelí y la integración laboral y social de las masas de inmigrantes. Luego fue ministra de Asuntos Exteriores y trabajó duro para fortalecer las relaciones con los Estados Unidos, así como con los países sudamericanos. Ya en 1965, y como secretaria general de los laboristas israelíes, logró la reunificación de todas las tendencias del laborismo. Pero una grave enfermedad la aportó de la política en 1966.

Inesperadamente, el primer ministro Levi Eshkol falleció en febrero de 1969, y se pensó en Golda Meir para sustituirle. Unos meses después convocó elecciones y su partido obtuvo 56 diputados de los 120 que componen la Knesset. Su popularidad era arrolladora. Sin embargo, buscó un gobierno de coalición para garantizarse el máximo apoyo social a sus políticas, en un periodo en el que el terrorismo palestino era una amenaza constante.

En su gobierno tuvo que hacer frente a hechos como el atentado de las Olimpiadas de Munich de 1972, en el que once miembros del equipo olímpico israelí fueron tomados rehenes y asesinados por una facción de la OLP liderada por Yasser Arafat. Y al año siguiente, en 1973, tuvo lugar la guerra del Yom Kippur, que ganó Israel. A finales de ese año volvió a ganar las elecciones. Pero el 11 de abril de 1974, agotada y desgastada, especialmente por esta contienda, cedió su puesto a Yitzhak Rabin. Moriría cuatro años después, ya retirada de la política.

Una frase suya define su personalidad y su contribución a lo que hoy es Israel: “Nunca he sido partidaria de la inflexibilidad, excepto cuando la cosa atañe a Israel. Si se nos critica por qué no nos doblegamos, porque no somos flexibles en la cuestión de ‘ser o no ser’, es porque hemos decidido que, sea como fuere, somos y seremos”.

 
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