Por Israel
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27 Tishri 5778 | martes octubre 17, 2017
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MATOT-MASEI


Moshé enseña las leyes que gobiernan la anulación de promesas a los líderes de las tribus de Israel. Se lucha una guerra contra Midián por su rol en la destrucción moral de Israel, y la Torá da un recuento detallado del botín de la guerra y cómo fue distribuido entre la gente, los guerreros, los Levitas y el Sumo Sacerdote.

Las tribus de Reubén y Gad (más tarde acompañados por media tribu de Menashé) piden las tierras del este del Jordán como su porción de la Tierra Prometida, siendo estas tierras aptas para la cría de ganado. Moshé inicialmente se enoja con este pedido, pero más tarde concuerda con la condición de que ellos primero se unan y lideren a Israel en la conquista de las tierras al oeste del Jordán.

Los cuarenta y dos viajes y campamentos de Israel a través del desierto son listados, desde el Éxodo de Egipto hasta el establecimiento en las planicies de Moab, al otro lado del río, frente a la Tierra de Cnaan. Los límites de la Tierra Prometida son enumerados y las ciudades de refugio designadas como lugares de exilio para asesinos involuntarios. Las hijas de Tzlafjád se casan dentro de su propia tribu de Menashé, de manera de que las propiedades que correspondían a su padre no pasen por herencia a otra tribu.

 

¿POR QUÉ LA MEDIA TRIBU DE MENASHÉ?

 

Si repasamos el episodio en que Reubén y Gad piden las tierras al otro lado del Jordán, vemos que la tribu de Menashé no aparece entre los peticionantes. Sin mebargo esdtá escrito que esa tierra fue dada a las tribus de Reubén, Gad… ¡¡¡Y MEDIA TRIBU DE MENASHÉ!!! ¿Por qué?

La respuesta la tenemos en la parashá de la semana pasada, cuando las hijas de Tzelofjad piden la heredad de su padre. El amor de Iosef (quien pidió que cuando los Hijos de Israel fueran liberados de Egipto llevaran sus restos con él) y sus descendientes por la Tierra de Israel era tan grande que, al agregar Moshé media tribu de Menashé a las otras dos tribus, garantizaría que así se mantendría el vínculo entre éstas y las otras 9 tribus y media y con la Tierra de Israel.

 

Viajando por la vida

Por Mordejai Wollenberg

La Torá habla en detalle sobre los viajes de los Hijos de Israel a través de los años en el desierto. La Torá especifica cada uno de los cuarenta y dos viajes que hicieron. La Torá no nos cuenta cosas sin razón. Siempre hay en ella una enseñanza que podemos tomar para nuestras vidas. Todos nosotros hemos emprendido muchos viajes a lo largo de nuestras vidas, tanto físicos como espirituales. Hacemos muchas paradas en el camino. Estas paradas son importantes, son etapas hacia nuestro destino. Todo es muy fácil, una vez que llegamos y nos olvidamos de lo que pasamos. A veces, nos olvidamos de las personas que nos ayudaron durante el recorrido.

La Torá nos recuerda que a pesar de que hayamos llegado a nuestro destino, siempre debemos ser conscientes del camino que nos llevó y no dar por sentado sobre lo que nos han alentado y guiado a través de nuestros “viajes”. Esas etapas previas pueden parecer como “piedras” en el camino una vez que llegamos a la meta, pero son importantes. En su momento, representaron un paso más cerca hacia nuestro destino. Siguen siendo importantes ahora, porque sin ellos no estaríamos donde nos encontramos.

Un joven estaba viajando desde Jerusalem hasta Galilea. Llegó a un cruce de caminos de cuatro vías y vio que el cartel se había caído. Ahora no tenía forma de saber qué camino tomar. ¿Qué iba a hacer? La respuesta fue simple. Sabía de donde venía, Jerusalem. Arreglando las señales de tal forma que Jerusalem quedara apuntado el camino en el que venía, pudo darse cuenta de qué camino tomar. Cuando sabemos de dónde venimos, podemos saber hacia dónde nos dirigimos. Esta porción de la Torá nos recuerda esto. Que todos podemos luchar y, finalmente, llegar a nuestro destino. (www.es.chabad.org)

 

El peligro de la adulación

“Y no impurificarán (tajanifú) la tierra en la que están, pues la sangre impurifica (yajnif) la tierra y la tierra no expiará la sangre que se derramó en ella…” (Bamidbar 35:33).

Pese a que estos versículos se refieren literalmente a la prohibición de aceptar un soborno de aquella persona que mató accidentalmente para así evitar que reciba las consecuencias que la Torá establece para él, los sabios1 aprenden de aquí la prohibición de adular a alguien.2

No confundamos adular con halagar. Halagar a alguien es positivo: no tiene nada de malo elogiar las características positivas de aquellos que nos rodean y que merecen esos elogios. La prohibición de adular (janifut) se refiere a halagar interesadamente a una persona que no merece esos elogios. Más aún, la adulación está prohibida cuando uno elogia a una persona malvada o a alguien cuyos actos son contrarios a la Torá y uno desea quedar bien con él y por eso lo halaga.

La razón detrás de esta prohibición de adular a una persona malvada es clara: cuando uno la adula con la intención de buscar sus favores, uno termina aceptando sus malos actos e incorpora dentro de sí mismo esos valores que la persona malvada profesa.

En otras palabras, no sólo le da legitimidad a aquellos actos que la persona malvada lleva a cabo, sino que además la adulación provoca que sus actos le parezcan menos graves de lo que son y de esa manera se abre la posibilidad a que él también los lleve a cabo en el futuro. La adulación te lleva a imitar a aquella persona a quien adulas. Mientras más trato de quedar bien con alguien, más tiendo a imitar sus actos.

En la sociedad contemporánea prevalecen valores y costumbres que moralmente dejan mucho que desear. Si en nuestra interacción social es inevitable tener contacto con personas cuya forma de vida es moralmente cuestionable, debemos ser precavidos en no adularlos para así evitar dejarnos influenciar por ellos. (www.aishlatino.com)

 

El suspiro que uno emite a causa del dolor que sufre su prójimo quiebra todas las barreras impenetrables de los “acusadores” celestiales. Y cuando una persona se regocija por la alegría de su prójimo y lo bendice, Di-s lo valora y lo acepta como si fuera la plegaria de Rabí Ishmael, el Sumo Sacerdote, el Santo de Santos. (Baal Shem Tov)

 

 
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